Los secretos de la Mansión Marceau
© inepub.com
Capítulo I
Las casas son como las personas: si permanecen demasiado tiempo en silencio, sus secretos se convierten en susurrantes espectros.
Carlos Ruiz Zafón
L a luz de la mañana se filtraba suavemente en la habitación de Élodie, proyectando reflejos dorados y azulados que danzaban sobre las paredes.
Al igual que el resto de la casa, la habitación de Élodie parecía haberse quedado atrás cuando el mundo siguió avanzando.
Los muebles antiguos, la cama de nogal con dosel demasiado grande para quien la habitaba y la colcha bordada con flores que simulaban un jardín encantado, componían un espacio suspendido en otro tiempo.
Sobre las estanterías, muñecas y peluches permanecían inmóviles, vestigios de una infancia que su dueña ya había dejado atrás, aunque la estancia aún pareciera no aceptarlo.
Élodie siempre había sentido que aquella habitación guardaba algo más que recuerdos. No sabía qué era, ni por qué, pero cada vez que regresaba tenía la impresión de que algo la esperaba, paciente, sin urgencia.
En un rincón, apoyado junto a la ventana, descansaba su objeto más preciado: el violonchelo.
Con casi un siglo de antigüedad, formaba parte de un legado familiar. Era un Stradivari que su abuela Margueritte le había entregado cuando apenas tenía siete años.
—Mi niña, ahora es tuyo —le dijo entonces, colocándolo con cuidado entre sus manos—. Perteneció a tu tía Isabelle.
Se detuvo un instante antes de continuar.
—Te pareces tanto a ella… Tocaba como los ángeles.
Al pronunciar aquellas palabras, los ojos de Margueritte se empañaron con la sombra de la tristeza. Fue solo un instante. Luego, recuperó la compostura y añadió con voz grave:
—Espero que cuides de él.
Aquel ruego seguía resonando en la mente de Élodie cada vez que abrazaba el instrumento.
Le había puesto el nombre de Isabelle, en honor a su legítima dueña, y siempre que lo tocaba tenía la sensación de que el tiempo se detenía.
Las notas surgían de sus dedos con una naturalidad casi viva, llenando el aire de una emoción que no necesitaba palabras.
Había regresado el día anterior desde París, justo a tiempo para los preparativos del Baile de la Cosecha. Tras un curso exigente en el Conservatorio, necesitaba el silencio del valle, la cercanía de los viñedos y el refugio de la casa familiar.
La Mansión Marceau se alzaba sobre una colina del Valle del Loira, rodeada de viñedos que se extendían como un tapiz dorado hasta donde alcanzaba la vista. No era solo una propiedad: era un símbolo. El apellido Marceau se había convertido en parte del paisaje, tan arraigado como las propias vides.
Eran más de las doce del mediodía, pero Élodie continuaba acurrucada entre las mullidas almohadas. Dejaba pasar las horas sin prisa. Después de más de tres meses fuera, quería exprimir cada segundo de aquella calma recién recuperada.
El sonido del móvil la sacó de su ensimismamiento.
—Debe de ser Juliette —murmuró mientras se despojaba de la colcha—. Allô! —dijo, acercándose el teléfono al oído.
—¿Aún sigues en la cama? —La voz animada de su amiga estalló al otro lado.
Más que una pregunta, era una certeza. Juliette conocía a Élodie desde hacía muchos años.
—Claro que no —respondió Élodie, poco convincente.
—Lo que tú digas —replicó Juliette con un deje burlón antes de centrarse en lo que realmente le importaba—. ¿Ya estás preparada para el sábado?
Élodie suspiró.
Aunque las vides aún lucían el verde tierno de junio, ese sábado por la noche, los Marceau celebraban su tradicional Baile de la Cosecha, una costumbre que se remontaba a generaciones atrás, cuando la finca apenas era una bodega modesta en el corazón del valle.
Originalmente había comenzado como un ritual en el que los campesinos encendían hogueras y cantaban alrededor del fuego, rogando por una buena cosecha.
Hoy en día, se había convertido en todo un acontecimiento social en la región, al que, además de la flor y nata, acudía todo el pueblo como muestra de agradecimiento por la hospitalidad de los Marceau.
—Venga, levántate, perezosa, que tenemos muchas cosas que hacer —ordenó Juliette con su habitual energía.
Élodie no dijo nada, simplemente puso los ojos en blanco y dejó que su amiga continuara con lo suyo. Sabía cuán insistente era y que sería imposible evitar lo que se había propuesto, fuera lo que fuera.
Juliette residía en la ciudad de Tours, a pocos kilómetros de la mansión Marceau.
Hija de un eminente médico, Juliette Lefèvre era una muchacha extrovertida y sociable, el perfecto contrapunto para Élodie.
Ambas habían compartido su infancia en las aulas de primaria, secundaria y después llegó el bachillerato.
Años más tarde, cuando partieron a la universidad, lo hicieron juntas de nuevo, aunque tomaron caminos distintos.
—En una hora paso a recogerte. Tenemos que comprarnos los vestidos más fantásticos para la fiesta —continuó Juliette, sin dejar espacio a las objeciones.
—No puedo, tengo… —intentó replicar Élodie, pero Juliette la interrumpió.
—Está decidido —zanjó antes de colgar la comunicación.
Alrededor de las ocho de la tarde, Élodie y Juliette regresaron a la Mansión tras haber pasado todo el día recorriendo las calles de Tours.
Élodie estaba exhausta. Después de comer en una acogedora cafetería del centro, su amiga, literalmente, la arrastró de tienda en tienda en busca del vestido perfecto.
La energía de Juliette parecía inagotable y, finalmente, tras horas de búsqueda, encontraron el modelito ideal para Élodie en una pequeña tienda vintage escondida en una callejuela.
—Es perfecto para ti —afirmó Juliette con una sonrisa triunfal.
Juliette, siempre más atrevida, había elegido un look más llamativo, compuesto por un minivestido ajustado en tonos verdes que resaltaba el color de sus ojos, unos altísimos zapatos de plataforma y un coqueto clutch de pedrería que brillaba con cada movimiento.
—Con esto arrasaré en la fiesta —bromeó admirándose desde todos los ángulos mientras giraba frente al espejo.
Élodie se despidió de su amiga con una sonrisa y quedaron en verse al día siguiente, antes de que Juliette pisara el acelerador de su pequeño utilitario y se alejara colina abajo.
Mientras Élodie se acercaba a la entrada, le sorprendió la presencia de un vehículo desconocido estacionado frente a la Mansión.
Cuando abrió la puerta, el sonido de voces provenientes del salón la alertó de que había más personas en la casa. Con cautela, intentó deslizarse en silencio con la esperanza de pasar desapercibida, pero algo la detuvo.
Las voces, primero un murmullo, crecieron hasta parecer una discusión.
La creciente curiosidad de Élodie despertó al instante y, a pesar de su reticencia inicial a evitar el salón, no pudo resistirse a acercarse, esforzándose por captar algo de la conversación.
Pegó la oreja contra la madera, tratando de distinguir palabras entre las frases apresuradas, pero las voces se entremezclaban y el contenido seguía siendo un misterio.
Permaneció unos segundos en esa posición, con el corazón latiendo con fuerza mientras intentaba captar algún detalle.
Finalmente, decidió retirarse y dirigirse a su habitación antes de ser descubierta.
Sin embargo, al girar, tropezó con una silla colocada junto a la pared, y el estrépito del golpe fue imposible de ignorar.
El ruido resonó en el vestíbulo y, en cuestión de segundos, la voz de su madre quebró el silencio:
—¿Eres tú, Élodie?
La joven cerró los ojos un instante, resignada. Había sido descubierta. Con una mueca de desagrado imposible de ocultar, no le quedó más remedio que encaminarse hacia el salón, donde la esperaban.
—Buenas tardes —saludó con una sonrisa forzada, que se desvaneció al instante cuando reconoció un rostro familiar.
—¿No vas a darle un abrazo a tu abuela? —preguntó la anciana, esbozando un gesto cálido mientras abría los brazos hacia su nieta.
La sorpresa inicial de Élodie se transformó en alegría. Había pasado sus años más felices junto a su abuela, pero, cuando la salud de Margueritte comenzó a deteriorarse, la mujer se trasladó a Le Jardin des Lys, una residencia exclusiva situada en Évian-les-Bains, a orillas del lago Lemán.
Pese a sus ochenta y cuatro años, Margueritte seguía conservando un porte elegante.
Su cabello, completamente blanco, estaba recogido en la nuca, dejando al descubierto su piel traslúcida, y su mirada, que alguna vez brilló con un azul intenso, ahora estaba opacada por el paso del tiempo, aunque no había perdido su calidez.
Durante unos segundos, Élodie y Margueritte se fundieron en un sentido abrazo. Nadie en la habitación osó interrumpir ese precioso instante hasta que la voz de Aurore irrumpió en el salón:
—En unos minutos la cena estará lista. Cuando lo deseen, pueden pasar al comedor.
Cuando Élodie se separó de su abuela, descubrió a su padre sentado en una esquina junto a una mujer menuda que no reconoció. Margueritte fue la encargada de presentarla:
—Élodie, te presento a Geneviève Martin. Es mi enfermera y mujer de confianza. No sé qué haría sin ella.
Geneviève saludó a Élodie con una sonrisa tímida, al tiempo que se acercaba y le estrechaba la mano. Era una mujer diminuta y discreta, que acompañaba a Margueritte a todas partes. «Es mi acompañante silenciosa», solía decir la anciana, riendo con una chispa de complicidad.
Élodie, finalmente, se acercó a su padre.
—¡Papá! —exclamó mientras le plantaba un sonoro beso en la mejilla.
Víctor había estado allí todo el tiempo, pero no se atrevió a interrumpir el encuentro de su hija con su anciana madre.
Adoraba a Élodie, «la niña de sus ojos», como solía llamarla en tono cariñoso.
Sin embargo, al verla ahora no pudo evitar lamentar cómo el tiempo había transformado a su pequeña en toda una mujer.
—¿Cuándo llegaste? —preguntó el hombre con interés.
—Anoche. Juliette y yo no queríamos quedarnos ni un minuto más en París, así que cogimos el último tren.