CAPÍTULO 9º - EN LA RECTA FINAL
La tarde empieza su recorrido, el sol está en un momento álgido.
Seis todo terreno con la mitad de los hombres de James, Eric, Carol y material de demolición, abandonan los apartamentos y se dirigen al cementerio, una vez en él, serpentean por las estrechas y polvorientas callejuelas hasta llegar a la ruinosa torre.
—Descargad los explosivos, empecemos a llevarlos al interior del túnel, los iremos colocando a lo largo de todo el recorrido.
—Carol, ¿quieres hacer los honores? Solo tienes que apretar el botón.
La arqueóloga no se lo piensa mucho, coge el detonador y…
Se produce una explosión sorda, debido a la profundidad de la galería, casi no hace ruido, tampoco causa ninguna deformación en superficie, sí, se aprecia un ligero temblor que provoca la caída de algunas piedras de la vieja torre.
Cuando se disipa todo el polvo que ha salido por la apertura del túnel, comprueban que el corredor ha sido totalmente tapiado.
—Bueno, una cosa hecha.
De pronto, del suelo se levanta una polvareda negra, espesa, que inunda el ambiente con un fuerte olor a azufre. Tiene un movimiento que parece una bandada de estorninos, recorre parte del cementerio, toma la forma de un tornado, se aleja y desaparece.
—¿Qué ha sido esto?
—No lo sé, pero nada bueno. Vamos a descansar.
A las diez de la mañana dos todo terrenos se detienen frente al Museo, Carol, Eric, James y dos miembros de la seguridad, bajan del coche y se dirigen al interior del edificio, al verlos la recepcionista, les saluda y los acompaña al despacho del doctor Rastra.
Allí la arqueóloga y el magnate son presentados.
—He reunido a los máximos expertos en el campo del esoterismo: el tarotista Khafra, la astróloga y médium Aya y el profesor Tarek, de la Universidad de El Cairo, el mayor experto en libros satánicos, grimorios y magia negra.
Conoce libros en latín de la Edad Media, como el «Ars Goética», u otros más antiguos, como la «Clavícula de Salomón».
Con los textos de este libro, el rey Salomón doblegó a 72 demonios para que le ayudaran a gobernar.
—Doctora Wells, cuando ha entrado, he notado que su presencia es algo especial. Como médium, percibo sensaciones que otros no sienten; diría que sus conexiones con seres ancestrales son muy fuertes. Será un placer ayudarla.
—Gracias.
—¿Me permite usar las cartas del Tarot egipcio?
—Sí.
—Me salen dos cartas, El Sol, que indica que la persona posee gran fuerza y energía y La Rueda de la Fortuna, que nos avisa que tendrá un cambio en su vida, enterrará lo oculto y tendrá un nuevo renacer.
—Al parecer, es usted la indicada para vencer al diablo.
Tengo que consultar los grimorios y quizás también el «Libro de los Muertos» para encontrar la fórmula precisa con la que realizar el encantamiento que devuelva a Lucifer al inframundo.
La demolición de la tumba no hace más que retrasar la reaparición de los luciferinos.
Hasta que no encerremos a su jefe, no estará segura.
—¿Quieren que les cuente todo desde el principio?
—Esto nos ayudaría mucho.
Carol cuenta con detalle casi todo, pues lo que concierne a su expedición a las Salas Amenti, su encuentro con el inmortal y detalles como el mendigo no aparecen en su relato.
—Lo último ha sido que, cuando se ha disipado la polvareda de la explosión en el camposanto, del suelo se ha levantado una nube negra y densa que olía a azufre. Ha recorrido el cielo de la necrópolis hasta desaparecer —comenta la médium.
—Esto era el espíritu de Lucifer. Debe estar muy contrariado. Debes protegerte de su ira; ahora vengo.
La espiritista abandona la reunión y se dirige a su coche, recoge una pequeña bolsa del maletero y regresa a la reunión con los demás.
—Carol, permíteme ungirte con el aceite sagrado de los querubines y, por favor, cuelga de tu cuello este fragmento de la Cruz de Cristo. Esto te protegerá de los ataques del demonio.
Aya hace el signo de la cruz con el aceite en la frente de la arqueóloga y coloca en su cuello una cadena de oro con el pedacito de madera de la Santa Cruz.
—Necesito unos días para repasar textos y encontrar la fórmula para abrir el agujero cósmico.
—Yo tengo que decirte, querido Tarek, que, para que tus conjuros den resultado, tienen que asociarse a determinada posición o alineación de los astros. También necesito unos días para averiguarlo.
—Pues cuando sepáis todo nos volveremos a reunir.
—Tengan en cuenta que no tenemos mucho tiempo.
Pasan unos días durante los cuales el equipo de Wells se dedica a preparar la presentación ante sus colegas, hasta que una mañana suena el teléfono: es el doctor Rastra.
—Carol, ya tenemos el plan para enfrentarnos a Lucifer. ¿Te parece que nos reunamos en mi despacho hoy a las 10:00 horas?
—Allí estaré.
La doctora Wells, rodeada de su equipo de seguridad, entra en el edificio del Museo de El Cairo e inmediatamente es acompañada hasta la oficina del doctor Rastra. Allí encuentra reunidos a Khafra, Aya y al doctor Tarek. Rastra toma la palabra:
—Carol, creo que hemos dado con el procedimiento.
—He consultado el Tarot en varias ocasiones, siempre con el mismo resultado, eres la persona idónea para vencer al mal.
—Yo he estado estudiando los astros, al parecer en cinco días cuando sea luna llena, los planetas Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno se alinearan y producirán un eclipse lunar, un fenómeno que ocurre cada quinientos años y no es visible desde la tierra, solo lo he averiguado calculando su posición mediante el Astrolabios.
También he consultado a las almas iluminadas que me han confirmado tus conexiones astrales.
—Yo he buscado el conjuro en los textos antiguos.
Al final, lo he encontrado en el «Ars Goética», un grimorio de la Edad Media escrito en latín medieval, usado en ocasiones por la Inquisición española y considerado el libro más poderoso contra los demonios.
El conjuro debe ser pronunciado por una persona especial y con el demonio paralizado.
El texto es el siguiente: «Divina lux ínferos aperiat el Luciferum eiusque sectatores in aeternum illaqueet».
Traducido sería: «Que la luz divina abra el inframundo, atrape a Lucifer y a sus seguidores para toda la eternidad».
—¿Estáis seguros de que yo soy esta persona especial?
—Totalmente.
—Tarek, dices que el sortilegio debe pronunciarse con el demonio paralizado. Dos preguntas: ¿cómo lograremos que venga a nosotros y, una vez lo tengamos enfrente, cómo lo paralizaremos? ¿Cómo consigues todo esto?
—Como médium lo puedo invocar, necesitaré un Pentáculo que es un talismán mágico en forma de disco con una estrella de cinco puntas grabada en su interior y rodeada de un círculo y un violinista.
—¿Un violinista?
—Sí, a los demonios les gusta la música de violín. Tranquila, yo me ocupo.
—Los demonios quedan paralizados en contacto con el agua y la sal benditas.
Aquí, en Egipto, en la localidad de Ras Sedr, hay una fuente de siete caños; de ella emana un agua sagrada y curativa: Las Termas de Moisés.
Uno de los chorros es de agua salada; los demás son de agua dulce.
Tenemos que ir a buscarla y llevarla a bendecir por el Patriarca Teodoro II de la Iglesia Copta.
—¿Estáis seguros de que esto será suficiente?
—Sí, llenaremos un bidón, lo llevaremos a bendecir y pondremos el agua en fumigadores con los que mojaremos al maléfico en cuanto aparezca.
—¿Dónde están estas aguas?
—Al sur de la península del Sinaí, a unos doscientos cincuenta kilómetros de aquí, cruzando el Golfo de Suez. Cuando tengamos el agua iremos a bendecirla, conozco al Patriarca. Yo te acompañaré.
—Bien, voy a hablar con James para que organice el viaje.
El sol ya despunta cuando un Helicóptero despega del aeródromo de Sphinx cerca de El Cairo, en él van James, tres de sus hombres, el profesor Tarek y Carol.
Dos horas más tarde, el aparato toma tierra en una planicie cerca del oasis donde está ubicada la fuente.
Un círculo de piedras enmarca una pared rocosa de la que salen siete caños que emanan agua.
El del centro, algo más corto que los otros, es de agua salada; en este llenan un bidón y regresan a El Cairo, concretamente a la Catedral Ortodoxa Copta de San Marcos, en el distrito de Abbacera, donde reside el Patriarca Teodoro II.
Mientras el helicóptero regresa a la capital:
—Ya he hablado con Teodoro; nos recibirá tan pronto lleguemos.
Pasadas dos horas, el helicóptero toma tierra en la explanada frente a la Catedral, acordonada por la policía egipcia.
El Papa copto sale de su sede y se desplaza hasta el aparato; allí saluda y bendice a los asistentes y, con una locución predeterminada por las sagradas escrituras, consagra el agua.
“Concédenos, Señor, por medio de tu misericordia, que el agua viva nos sirva de salvación, para que podamos acercarnos a ti con un corazón limpio y evitemos todo mal de alma y cuerpo, por Cristo. Amén.”
Una vez terminada la ceremonia, Teodoro II regresa a sus aposentos y el helicóptero toma rumbo al aeródromo de Sphinx.
El sol ha decaído en la planicie de Guiza cuando Carol, acompañada de James y sus muchachos, llega a su residencia.
Eric sale a recibirlos.
—¿Qué tal?
—Bien, ya tenemos el agua bendecida. Mañana nos reuniremos con Tarek y Aya para decidir dónde atraemos a Lucifer y lo enviamos para siempre al inframundo. Quedan tres días para que se produzcan las condiciones idóneas para acabar con esta pesadilla.
—Yo voy a ocuparme de la custodia del bidón.
Otra vez están reunidos con el profesor Rastra.
—Tengo que anunciaros que ya tengo el Pentáculo y el violinista, lo primero lo encontré en una tienda de antigüedades del viejo Cairo de un amigo, el músico en el conservatorio, no he explicado exactamente de que se trata, pero lo hará.
—Nosotros ya tenemos el agua y los aparatos fumigadores, nos faltan los voluntarios.
—Pues entonces solo falta el lugar exacto donde celebrar la ceremonia del exorcismo.
—¿Conocéis el monasterio copto con la iglesia de la cueva de San Simón? Es un lugar apartado cerca del cementerio, rodeado de montañas de basura, por lo que es poco visitado. Tiene rincones en la cueva a modo de capillas que podrían servirnos para llevar a cabo el rito.
—Mañana vamos a verlo. Quedan dos días para que se cumplan las condiciones; ensayamos lo que tenemos que hacer y pasado mañana temprano realizamos el acto.
—La hora de la alineación planetaria es de 07:30 a 07:36 horas; durará unos seis minutos. En este tiempo hay que completar el rito.
Todos asienten con la cabeza.