CAPÍTULO 10º - EL DESENLACE FINAL
Entran en el recinto donde está la iglesia.
En un rincón de la cueva hay una capilla con un altar de piedra sin asignar a ningún santo.
Colocan el Pentáculo en el suelo, en el espacio que hay entre unos bancos y el altar.
Frente a él están, de pie, Aya y Carol; a cierta distancia se sitúa el músico.
Los voluntarios, con las fumigadoras ya cargadas de agua bendecida, se sientan en un banco.
Detrás del altar, en otro banco, están James, custodiando el bidón, Tarek y Khafra. Aya dirige el rito:
El grupo asiente con la cabeza. Aya hace un gesto al violinista, que empieza a tocar la melodía -Sonata del Trino del diablo- de Giuseppe de Tartini.
Cuando las primeras notas musicales abandonan la iglesia, paulatinamente el cielo se oscurece y, de pronto, una masa gelatinosa negra se deposita encima del Pentáculo, que se transforma lentamente en un ser rojizo con anatomía casi humana, pero con pequeños cuernos en las sienes, unas alas que surgen de sus espaldas y un rabo.
Cuando ya se ha formado, levanta sus brazos.
Aya, que ha estado muy atenta, grita «¡AHORA!
», momento en que los voluntarios se levantan y ponen en marcha las fumigadoras, pero se produce un momento sorpresivo: de las máquinas no sale agua.
Afortunadamente, James, que seguía con mucha atención el proceso, en un acto reflejo levanta el bidón de agua bendita y lo arroja encima de Lucifer, que queda inmediatamente paralizado.
—Carol, el conjuro.
La arqueóloga que estaba absorta contemplando la escena reacciona.
—Divina lux ínferos aperiat el Luciferum eiusque sectatores in aeternum illaqueet.
Un punto luminoso aparece en el centro del espacio, aumenta de tamaño, se convierte en un agujero cósmico y, de pronto, una fuerte corriente succionadora engulle a Lucifer, llevándolo al inframundo para siempre.
Todo queda en calma y silencio, solo siguen oyéndose las notas del violín. Son las 07:35 horas. El eclipse lunar empieza a desaparecer.
La espiritista suspira y…
—Parece que todo ha terminado.
El júbilo se desata entre los asistentes, que regresan a su residencia. Los que habían permanecido en ella tenían como misión preparar una cena para celebrar la victoria. La celebración se alarga hasta la madrugada.
Carol está sumergida en un sueño profundo. Una imagen se forma en su mente: es Thoth.
—Los Hijos de la Luz me han informado de tu éxito. Gracias. Que sepas que puedes contar con nosotros si algún día nos necesitas.
Es casi mediodía cuando van apareciendo en el comedor los integrantes del equipo, el tarotista, la médium, el profesor Tarek y su colega Rastra, que se había unido a la fiesta al conocer la noticia.
Después de desayunar, el grupo se disuelve para seguir con sus trabajos, con la promesa de acudir a la presentación de Carol sobre su expedición.
Carol y su marido terminan de tomar sus infusiones en la azotea, tumbados en una hamaca y a la sombra de un toldo que ondea ligeramente a causa del aire procedente del desierto.
—Parece que has triunfado una vez más.
—Sí, pero nada de eso sería posible sin tu ayuda. No obstante, no me siento satisfecha: gran parte de lo que descubrimos es tan importante que no podemos anunciarlo a la humanidad; creo, y tú también, que el planeta no está preparado para conocer ciertas cosas.
—Algún día podrás hacerlo.
—Pienso que cuando llegue este día ya no estaremos.
—Ya tienes preparada tu conferencia, «El subterráneo secreto de Kefrén».
—Sí, pero faltaría añadir al título «La gran mentira».
—Mentir a veces es necesario y es beneficioso.
—Si tú lo dices, pensaremos que sí.
La Al Fostat Street está muy concurrida.
Numerosas personas se han enterado por la prensa del acontecimiento arqueológico que tendrá lugar.
La presencia de muchas personalidades atrae la curiosidad de la gente, que se agolpa en los accesos.
El coche de Carol y Eric se detiene frente a la entrada del Museo de la Civilización Egipcia.
Cuando la arqueóloga desciende del vehículo, es recibida por el doctor Rastra, que la acompaña hasta el Aula Magna de la institución, donde la reciben con aplausos y la presentan a la comunidad científica.
La atención es máxima durante la presentación; al final se repiten los aplausos.
Ha quedado claro que debajo de Kefrén hay estructuras arquitectónicas, pero sin relevancia: espacios vacíos.
Varios de los presentes se acercan para felicitarla personalmente.
Uno de los asistentes la coge del brazo con suavidad y la aparta del grupo.
—Doctora, usted, que es católica, debe saber que mentir es pecado.
—¿Por qué lo dice?
—Sabe bien lo que digo, yo estuve allí hace unos años.
El extraño personaje sonríe y se despide. Carol no reacciona.
Al terminar la exposición el equipo regresa a su residencia. Una cena de despedida culmina la expedición.
Cuando el matrimonio está de nuevo en la terraza tomando la última copa, Carol explica a Eric lo sucedido con el asistente desconocido.
—¿No sabes quién es?
—No.
—Si es importante, ya se pondrá en contacto.
Dos días más tarde el avión de los Williams regresa a Londres con todos los miembros del equipo. Allí se despiden pues cada uno regresa a sus actividades y residencias habituales.
Sofía, la periodista, al día siguiente entra en el periódico El Corriere. Inmediatamente es recibida en el despacho del director.
—Bienvenida, Sofía. Supongo que sabes que estoy esperando varios artículos tuyos con grandes titulares.
—No solo tendrás un artículo, creo que también escribiré un libro, dame tiempo.
Un año más tarde, la prensa italiana da la noticia: «La periodista y escritora novel Sofía Lonus gana el Premio Campiello de libros de ficción por su relato de “El misterio de Kefrén”».