Los Salones Amenti: El secreto bajo la pirámide de Kefrén CAPÍTULO 7º - EL ATAQUE DE LOS LUCIFERINOS
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CAPÍTULO 7º - EL ATAQUE DE LOS LUCIFERINOS

El día se levanta un tanto gris, no llueve, pero el calor es sofocante a pesar de que el sol no brilla como de costumbre; poco a poco van apareciendo en el comedor, donde normalmente desayunan los miembros del equipo. La pregunta es recurrente.

—Sofía, ¿cómo estás?

—Bien, pero menos mal que James y sus muchachos estaban conmigo; si no, no sé dónde estaría ahora.

—Bueno, yo voy a reunirme con James; vosotros, con Carol, seguid trabajando en la presentación.

Cuando se reúnen James y Eric, éste manifiesta su preocupación por lo ocurrido.

—Creo que los miembros de esta secta no son aficionados, están bien coordinados, mi idea es extremar las precauciones, lo han intentado una vez y seguramente lo volverán a probar, hoy iré a reunirme con el comisario jefe, le explicaré lo que sucedió y pediré su colaboración.

—De acuerdo, nos vemos más tarde.

James con unos de sus subordinados se dirige a la Central de Policía de El Cairo.

Una vez en el lugar es recibido por el comandante en jefe y por el ministro del interior, ambos están al corriente de lo acontecido, le comunican a James que conocen perfectamente la secta, pero desconocen quien es el cabecilla y quienes forman parte de ella.

—¿No tienen información fidedigna?

—No, pero estamos muy interesados en proteger a la doctora Wells y a su equipo, por lo que cuente con toda nuestra colaboración; no nos interesa dar una imagen de inseguridad en nuestro país.

—Necesito que me garanticen un cordón de seguridad alrededor de nuestra residencia y protección policial en los desplazamientos.

Tengo medios para averiguar quién está al frente de todo esto.

Necesito unos días; cuando sepa algo, compartiré la información con ustedes y actuaremos juntos si es necesario. ¿Les parece bien?

—Nos parece perfecto, nosotros también intentaremos averiguar todo lo que podamos de los luciferinos.

Los dos guardaespaldas regresan a los apartamentos.

—Hola, Eric, necesito hablar con Carol.

—Está con el equipo, ¿qué te han dicho?

—Tenemos todo su apoyo, nos pondrán vigilancia aquí y cuando salgamos.

—Mira ahí viene Carol.

—Hola, Carol, quiero preguntarte una cosa.

—Dime.

—Tú podrías contactar con Thoth y averiguar más sobre los luciferinos, quién es su cabecilla, algunos nombres de sus partidarios o con los Seres de Luz de los que me hablasteis, si saben algo.

—Lo puedo intentar. Tengo tres formas de comunicarme: la meditación, el sueño lúcido o la canalización, que es la comunicación consciente. Al atardecer lo haré, a ver qué sucede.

Cuando el sol empieza a desaparecer por el horizonte del desierto, la arqueóloga sube a la azotea del edificio.

Sola, bañada por la luz del atardecer, se sienta encima de una alfombra de oración o Sejjada, en posición de Loto o Padmasana, una postura de yoga ideal para el pensamiento. Empieza el proceso.

A medida que la luz va declinando y la oscuridad se apodera del ambiente, la arqueóloga entra en una meditación profunda, su cerebro deja de tener los pensamientos habituales y entra en una fase de pasividad manifiesta, sus ojos se dirigen al cielo, un espacio cuajado de estrellas, es entonces cuando se forma en su mente una imagen de Thoth.

No hay palabras entre Carol y el inmortal, la telepatía es el medio de comunicación.

«Hemos sido atacados por los luciferinos; necesitamos saber quién está al frente de la secta o que nos señales a alguno de sus miembros».

«Un Ser de Luz se te manifestará; síguelo. Él te llevará a la guarida de la secta; entonces, tú actúa según tus pensamientos».

Carol recupera totalmente la conciencia, se levanta y regresa a su habitación.

Allí entra en un sueño profundo. A la mañana siguiente, al despertar, se da cuenta de que recuerda con exactitud la visión de un ser vaporoso, como los que conoció cuando estuvo en las profundidades de la Sala Amenti.

También recuerda las palabras que resonaban en su cerebro: «Sigue al mendigo».

Cuando se reúne con los demás en el desayuno, se sienta al lado de Eric y James.

—¿Podemos hablar en privado? —pregunta Eric.

—¿Qué te pasa?

—Ayer durante la meditación contacte con Thoth, le pedí ayuda y esta noche cuando dormía he tenido un sueño, se me ha aparecido un Ser de Luz, me ha dicho que siguiera a un mendigo, él me llevaría al lugar donde se reúne la secta y que tomara la decisión oportuna.

—¿Dónde está el mendigo?

—No lo sé.

—Pero si lo vieras, ¿lo reconocerías?

—No creo, en mis sueños no lo he visto.

—Saldremos a dar una vuelta con el coche. Posiblemente esté por los alrededores; quizás sea él quien te haga una señal. ¿Qué te parece?

—Podemos probar.

James y Carol salen del edificio con uno de los todoterrenos y dan vueltas por las inmediaciones, pensando que a lo mejor hay suerte.

Después de pasar varias horas buscando, ninguno de los muchos indigentes con los que se han cruzado parecía ser el elegido. Regresan a casa. Carol cena y se acuesta.

Muy entrada la noche, James se despierta; parece que le cuesta dormir por el sofocante calor.

Algo parecido les sucede a varios miembros del equipo.

La propia Carol se levanta de la cama y observa el exterior desde la ventana.

De pronto, le parece ver una sombra que cruza una parte del jardín.

Alertada e intrigada, sale de su cuarto y avisa a James, a quien también le ha parecido observar ciertos movimientos.

Todo el equipo de seguridad se pone en alerta.

De pronto, una bomba de humo entra en el edificio rompiendo el cristal de una de las ventanas.

—Protegeros con ropa cubriendo la cara, todos al suelo y disparad cuando veáis el blanco claro, siempre desde el suelo, no os levantéis.

Pero la cantidad de atacantes es tal que obliga a los del interior de la vivienda a retroceder.

De repente, una nebulosa invade las habitaciones y del interior de la misma sale gran cantidad de esferas de luz que se distribuyen por los alrededores impactando a los atacantes, que son eliminados sin dejar rastro.

—¿Qué ha sido esto?

—Al parecer la ayuda de los Seres de Luz.

Todos salen del edificio y observan que no hay ningún cadáver en los alrededores. Solo Carol fija su mirada en la entrada del jardín y…

—James, Eric, fijaos: en la entrada hay un mendigo.

—¿Dónde? No veo a nadie.

—Yo tampoco. ¿Dónde está?

—Estaba en la entrada, miraba hacia nosotros.

—¿Lo reconocerías si lo vieras otra vez?

—Sí, era un hombre no muy alto, extremadamente delgado, de tez oscura, con poco pelo, desaliñado y vestido con harapos. Lo que más llamaba la atención era que tenía un parche negro en uno de sus ojos. Pero ha desaparecido.

James regresa de su recorrido por el exterior.

—Teníamos dos coches patrulla, uno frente al edificio y otro en la parte posterior. Sus ocupantes han sido eliminados. Voy a llamar a la policía.

Cuando llegan más agentes, con ellos llega el jefe de la policía.

—James, ¿estáis bien?

—Sí, siento lo de tus hombres.

—Iniciaremos las pesquisas para eliminar esta secta. Por cierto, ¿dónde están los cadáveres de los agresores?

—He descubierto que las balas no les hacen nada; solo los eliminan las esferas luminosas de los hijos de la luz. Cuando mueren, se esfuman; seguramente son seres procedentes del inframundo. Creo que tenemos una pista; te mantendré informado; según cómo, te pediré ayuda.

—Cuenta con ella.

La calma ha regresado al recinto y los primeros rayos de sol iluminan el paisaje.

Como cada mañana, están todos reunidos desayunando. Eric y James hablan con Carol.

—Tendríamos que intentar localizar al mendigo.

Otra cosa: ayer observé que los disparos no les afectan.

Cuando nos atacaron, no paraban de avanzar a pesar de nuestro contundente fuego; sin embargo, con las esferas luminosas desaparecieron en un instante.

Habrá que pensar en algo distinto de las armas convencionales.

—Hablaremos con Alberto y Marcos. Respecto al mendigo, creo que no es posible encontrarlo; sinceramente, pienso que aparecerá cuando él quiera.

—Bien, pues esperaremos. Voy a hablar con Alberto y Marcos, a ver si se les ocurre algo parecido a las esferas luminosas.

El día transcurre con normalidad: cada uno a su labor, preparando la conferencia, repasando las imágenes y el texto entregado por el Regente del Universo. Los dos técnicos intentan desarrollar un arma eléctrica.

En un momento de descanso, Carol se asoma y observa el paisaje que tiene enfrente.

Al fondo destacan las pirámides sobre un horizonte de arena; la Esfinge, más pequeña pero más cercana, llama su atención.

De pronto, se fija en un detalle, sale a una de las terrazas del edificio con unos prismáticos, observa con atención la base del monumento y allí lo ve: el mendigo.

—James, Eric venid.

Cuando están a su lado:

—Mirad.

Cuando su mirada se fija a través de los binoculares en la peana de la Esfinge:

—¿Es el mendigo?

—Si.

—Vamos, cojamos un auto y nos acercamos a la Esfinge.

El 4x4 sale del edificio y toma la Al Syahi Street, que los lleva directamente a la zona de las pirámides. Aparcan justo al lado de la Esfinge, bajan del coche y se dirigen a la parte frontal de la plataforma del monumento.

—Aquí no hay nadie.

—Busquemos por los alrededores.

Los tres se desplazan andando por las inmediaciones, dan toda la vuelta a la escultura, pero no hay ni rastro del mendigo.

—¿Qué hacemos, regresamos?

—Espera, sentémonos aquí en el suelo, a la sombra.

Los tres se sientan apoyando sus espaldas en una de las patas de la escultura, pasa más de una hora, cuando de repente, frente a ellos se forma una nebulosa que se transforma hasta convertirse en el mendigo.

James y Eric pierden la conciencia, solo Carol sigue consciente y se percata de la presencia del supuesto indigente.

—Soy Imhotep, gran sacerdote de Heliópolis, visir del faraón Necherjet Dyeser, de la dinastía III, médico, arquitecto, ingeniero, ahora Ser de Luz, Thoth me ha designado para que os ayude, tú Carol, serás la única que podrás percibirme y con la que me comunicaré telepáticamente de forma permanente.

Regresad a vuestra morada, mañana empezará el baile.

—¿Qué ha pasado?

—Os habéis quedado traspuestos. Ha estado aquí el mendigo, pero solo yo puedo verlo y comunicarme con él, regresemos.

—¿Qué te ha dicho?

—De momento nada.

La noche de la arqueóloga transcurre con tranquilidad, su sueño es placentero, pero de madrugada se despierta. La razón: Imhotep se comunica con ella…

«Los luciferinos tienen su lugar de reunión en la Ciudad de los Muertos, aquí, en El Cairo. Es donde existe el portal que comunica con el inframundo. Te guiaré hasta ellos».

Carol se levanta, se viste, llama a Eric y a James, les explica la información recibida, enseguida el jefe de seguridad organiza a sus hombres.

Marcos aparece con un Taser modificado, sin cables y sin necesidad de contacto, dispara chispas de alto voltaje a 1.

200 voltios, tiene un efecto parecido a las esferas.

—Los he modificado todos, espero que funcionen. —James comenta—

—Perfecto. Igualmente, llevaremos nuestras armas, pues algunos de los sectarios son humanos.

También necesitamos un conocedor del lugar.

La Ciudad de los Muertos es un extenso cementerio plagado de tumbas y mausoleos; tiene una extensión de más de seis kilómetros y en él habitan más de un millón de seres vivos que cohabitan con los muertos. Puede ser complicado.

—Eric, llama al jefe de policía, ponle al corriente y que nos proporcione un guía.

—De acuerdo Eric, te mando un guía y nos vemos en la entrada del cementerio, envío varios patrulleros.

Cuando los preparativos del equipo de seguridad están casi listos, aparece un joven en la casa.

—Hola, soy Amin. Me manda el comisario jefe. Soy guía turístico; les puede parecer extraño, pero la Ciudad de los Muertos es un destino turístico, Patrimonio de la Humanidad.

—Bueno pues vámonos.

Una caravana de seis todoterrenos sale del edificio con los guardas de seguridad fuertemente armados, el guía y Carol; el equipo de arqueólogos se queda en la residencia.

Toman rumbo al sureste de El Cairo y siguen las indicaciones de Amin.

Cruzar toda la ciudad a media mañana es realmente complicado; el tráfico es caótico, pero por fin llegan a la entrada del cementerio y se reúnen con las fuerzas policiales.

—Buenos días, soy James, jefe de la seguridad privada.

—Yo soy el comandante Zaid, de las fuerzas especiales. Dígame, ¿qué hacemos?