CAPÍTULO 6º - LA LUCHA POR EL PODER
Los siete Seres de Luz recorren los salones hasta llegar al otro extremo, donde en ocasiones se transforma en gelatina, pero ellos cruzan sin dificultad la pared que separa la sala en la que están del recinto donde desembocan los pozos; se sitúan frente a ellos y esperan.
Mientras, Thoth se sienta frente a un atril, que se encuentra en la base de la gran estatua, que resulta ser su propia escultura que se halla presidiendo el Gran Salón debajo del rosetón.
Empieza a usar un teclado y de repente un zumbido resuena por todo el espacio, los expedicionarios se percatan que el ruido proviene de los pozos, allí alcanza muchos decibelios provocando el aturdimiento de los intrusos que se hallaban en su interior, por lo que la mayoría de ellos se precipitan al vacío, los que logran llegar hasta el final y salir son neutralizados por las esferas luminosas de los Seres de luz y se transforman en humo.
—¿Las helicoides de las columnas son un arma?
—No, son fuentes de energía, la captan y propagan por el Universo, pero si las llevamos a un elevado potencial emiten un estridente pitido o un campo eléctrico y se convierten en un arma.
—¿Entonces ya está?
—No creo. Esto ha sido un primer intento; seguro que tendremos más. Acompañadme.
Los expedicionarios siguen a Thoth, que se desplaza hasta una habitación situada a la derecha de donde estaban. Es un lugar lleno de pantallas, teclados, grabadoras de voz, aparatos para registrar y modificar vídeos, un sinfín de tecnología al servicio del regente del Universo.
—¿Estáis en contacto con otras civilizaciones extraterrestres?
—Por supuesto. Cuando con tu equipo, Carol, descubristeis la Estructura de Richat en el Sahara y en ella la colonia subterránea de los Annunakis, decidisteis no revelar el hallazgo.
El Consejo de Azurita comunicó tu decisión a los Annunakis; ellos y nosotros quedamos complacidos.
Cuando descubristeis Agartha y los ayudasteis luchando contra los reptilianos, tampoco revelasteis su existencia.
Eso es lo que os ha permitido llegar hasta nosotros y no ser destruidos.
—Gracias, somos curiosos de la historia, pero también tremendamente respetuosos con la evolución de la raza humana.
—Me comunican que está entrando una nueva oleada de intrusos bajo la pirámide.
—¿Qué vas a hacer?
—Las helicoides transportan energía. Si aumento su potencia al máximo, ya no hacen el pitido de antes: se forma un campo eléctrico que electrocuta cualquier forma de vida que se halle en su interior.
Lo podemos dejar activo todo el tiempo que queramos; ya no entrará nadie.
Los Seres de Luz se desplazarán al exterior, localizarán a los intrusos y acabarán con ellos allí donde estén —comenta Eric.
—Thoth, hemos cartografiado los túneles, los pozos y los salones, pero te dejaremos aquí el resultado del láser; tampoco revelaremos vuestra existencia.
—Esperaba que así lo hicierais, por lo que os he preparado una cartografía de túneles sin interés y un estudio en el que queda claro que bajo las pirámides no hay nada de valor. Eso os dará prestigio, pues tendréis una evidencia de haber hallado algo que no se sabía.
—Pero no podemos regresar por donde hemos venido; el campo eléctrico de los túneles sigue activo.
—Tenéis que seguir por este pasillo. Encontraréis una cápsula; acomodaos en ella.
Desde aquí programaré vuestra salida al exterior mediante una técnica de teletransporte.
Os depositaré lejos, en la base del templo de Hatshepsut.
Una vez allí, buscad la salida y pedid que vuestro cuerpo de seguridad os vaya a buscar.
Estad atentos: pueden atacaros e intentar saber dónde habéis estado y qué habéis encontrado.
Yo alertaré a los Seres de Luz de la superficie para que os protejan.
Carol, si alguna vez quieres contactar conmigo, puedes hacerlo mediante la meditación profunda; si yo quiero contactar contigo, lo haré mediante los sueños lúcidos. Id en paz.
—Gracias, Thoth.
El grupo se adentra en el túnel, unos metros más adelante encuentran un cilindro de cristal iluminado abren una puerta y se sientan en su interior, instantes después una niebla espesa se esparce por su interior, al poco tiempo se disipa, los expedicionarios se encuentran sentados a oscuras en el suelo arenoso de una habitación, encienden sus lámparas de casco.
—¿Dónde creéis que estamos?
—Creo que es el interior de una tumba. A ver si puedo interpretar los jeroglíficos de las paredes.
Carol ilumina con la linterna de mano las escrituras.
—Aquí dice que este sepulcro pertenece a Ahmose-Meritanon, esposa de Amenhotep I, de la XVIII dinastía. Esta reina fue enterrada aquí la primera; más tarde se enterró encima otra reina. Debemos encontrar la conexión, la salida a otra tumba. Todos recorren el espacio. De pronto, Sofía…
—Aquí hay un agujero que conecta a otro espacio.
Efectivamente, todos suben al otro enterramiento. En las paredes, Carol halla el nombre de la momia que está dentro del sarcófago.
—Se trata de Nany, de la dinastía XXI, hija de Pinedjem I. Encima se construyó el Templo de Hatshesut. Hay que encontrar otro pozo y saldremos al exterior.
Otra vez es Sofía quien encuentra la salida, todos suben por el tubo, que es corto y se encuentran en una estancia pequeña presidida por una estatua de Hatshesut, recorren un pasillo y salen al exterior del templo.
Todos se tumban en el suelo, necesitan descansar, recuperar fuerzas y sentir el calor del sol.
—Alberto, veamos si todo funciona. Llama a James, que venga a buscarnos.
El contacto es inmediato.
—James, soy Eric. Estamos en el Templo de Hatshesut, cerca de Luxor. Ven a buscarnos.
—Jefe, hay más de seiscientos kilómetros. Alquilaré un helicóptero; en unas tres horas estaremos aquí.
El equipo se sitúa en una de las terrazas del templo, en una zona de sol y sombra, allí tumbados…
—Que paz.
—Teniendo en cuenta lo que ha explicado Thoth, tendremos que vigilar; la secta puede ser peligrosa.
—Le contaremos a James lo que sabemos con detalles. Yo no quiero irme aún de El Cairo; quiero explicar a la comunidad arqueológica lo que hemos hallado, versión Regente, y así zanjar versiones y rumores.
—Estoy de acuerdo.
Pasadas tres horas, un helicóptero levanta una enorme polvareda al tomar tierra en una de las planicies frente al templo. De él descienden varios hombres del equipo de seguridad con James al frente.
Los expedicionarios suben al aparato y, tres horas más tarde, toma tierra en el aeropuerto Cairo Sphinx. Después, una caravana de cuatro automóviles se desplaza con los arqueólogos hasta sus apartamentos.
El sol ha tomado posición en la llanura de Guiza, cuando los miembros de la expedición van apareciendo en la terraza de su residencia, donde una mesa bien surtida de pitanzas les está esperando.
—Buenos días, ¿habéis descansado bien?
Casi al unísono… —Siiii—
—Pues, cuando terminemos este exquisito desayuno, reunión para planificar medidas de seguridad que haremos con James y preparar la presentación de la expedición a la comunidad arqueológica.
La reunión con James es corta pues él ya es conocedor del peligro que puede representar la Secta Luciferina.
—A partir de ahora, nadie saldrá solo a la calle, el que tenga que ir algún lugar irá con tres de mis hombres, si es considerado desplazamiento de riesgo irán cuatro hombres y dos coches.
Haré venir refuerzos de Londres para asegurar una guardia permanente día y noche en el complejo donde vivimos, os recomiendo que llevéis encima siempre el Taser, todos tenéis uno, nos puede servir para sacarnos de un apuro.
Al día siguiente llegan los refuerzos, los ha traído Júlia desde Londres.
Los demás días, Carol y Elisabeth preparan la conferencia; Alberto y Marcos redactan las especificaciones científicas de la aparatología usada; Eric coordina todo y monta la presentación.
Sofía, como periodista, se cuidará de hablar con las autoridades arqueológicas, las académicas, editoriales científicas y con los periódicos.
Una mañana Sofía habla con James; necesita ir a la ciudad, a varios lugares, para coordinar publicaciones, permisos y asegurar un local en el Museo de la Civilización Egipcia, en el barrio de Fustat, en El Cairo.
—Necesito que me hagas una lista exacta de dónde debemos ir. Estudiaremos el recorrido y prepararé los recursos que necesitamos. ¿Mañana te va bien?
—Sí, perfecto, pero quizás tengamos que ir más de una vez.
—No hay problema.
Después de desayunar con los demás y concretar con Carol y Eric los últimos detalles, se reúne con James.
—Sofía, iremos con dos automóviles. En el primero iremos dos de mis hombres delante, tú y yo detrás; en el otro coche, dos más de apoyo.
Cuando tengamos que entrar en algún edificio, entraré contigo y con un compañero; fuera quedará uno en el primer vehículo y otro en el segundo auto; el tercero saldrá y controlará la acera.
Tú no te separes de nosotros y ten el Taser a mano.
—El primer lugar será el Museo de la Civilización Egipcia, donde está la Sociedad de Arqueología Egipcia, para poner en su conocimiento la conferencia y que nos den permisos, día y hora para celebrarla.
—Bien, en marcha.
Los dos vehículos enfilan una callejuela que sale de su edificio y poco después se incorporan a una avenida, la Ring Road, hasta girar por Alkhyala Street. Cuando llegan al cruce con Fustat Street, aparcan frente al edificio del Museo de la Civilización Egipcia.
—Bien, hemos llegado.
James, Sofía y uno de los guardaespaldas bajan del coche y entran a la recepción del inmueble. La periodista se dirige a una señorita que está en un mostrador. Los guardas se mantienen detrás de ella a cierta distancia.
—Buenos días, tengo una cita con el director del Museo. Soy Sofía Lonus.
—Bienvenida, señorita. El director la está esperando en su despacho, primer piso, la puerta frente a la escalera.
—Gracias.
Los tres suben la escalinata, frente a la puerta.
—Creo que no es necesario que entréis conmigo.
—Entraremos, revisaremos el espacio y, una vez asegurado, te dejaremos sola con el director. Déjame hablar a mí primero.
James llama a la puerta y cuando recibe el permiso entra y se presenta.
—Buenos días, soy el jefe de seguridad de los miembros del equipo de la arqueóloga Carol Wells. Necesitamos asegurar el espacio; será un momento.
El director un tanto sorprendido accede.
Una vez comprobado que ni hay más personal y que solo hay una puerta de acceso, la periodista entra y se presenta, James abandona la estancia y la deja sola, empieza la reunión.
Los dos acompañantes permanecen frente a la puerta.
Cuando finaliza la reunión Sofía sale del despacho y los tres bajan las escaleras, salen a la calle y se dirigen a los coches.
—¿Qué tal?
—Bien, ya tenemos fecha, hora y lugar para la conferencia.
Cuando están cerca de los automóviles, se acercan dos hombres, pistola en mano.
Uno dispara al guarda que vigilaba en la acera y seguidamente al acompañante de James; el otro agarra con fuerza a Sofía e intenta llevársela.
Ella lo toca con el Taser de su bolso, mientras James desenfunda su arma y dispara al agresor que forcejeaba con ella.
Desde el interior del automóvil disparan al otro.
Ambos atacantes caen muertos; los guardias de seguridad se recuperan, pues llevaban chalecos antibalas debajo de sus trajes.
—Entrad en los vehículos.
Justo al cerrar las puertas, por su lado pasa una berlina con las ventanillas bajadas que les dispara una ráfaga de ametralladora.
—Tranquilos, estos coches son de mi empresa, están blindados. Seguidlos.
Las calles de El Cairo, normalmente abarrotadas, dificultan la persecución, pero la superior potencia de sus vehículos y la profesionalidad de los conductores de James logran provocar un accidente a los atacantes.
Su auto da varias vueltas de campana en medio de la calle; uno de ellos sale tambaleándose y cae muerto.
Los otros dos han muerto dentro del coche.
Cuando la policía se presenta, James es el único que habla: explica los hechos y enseña los permisos que le permiten llevar a cabo su trabajo.
—Mañana pasaré por la comisaría central. Quiero hablar con el jefe superior de policía.
—Bien, señor.
—Regresemos a casa. ¿Estás bien, Sofía?
—Sí, pero un poco asustada.
Cuando llegan a sus apartamentos, el jefe se reúne con todos y explica lo sucedido.