Los Salones Amenti: El secreto bajo la pirámide de Kefrén CAPÍTULO 3º - DE LA INVESTIGACIÓN AL ARTÍCULO
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CAPÍTULO 3º - DE LA INVESTIGACIÓN AL ARTÍCULO

Los días siguientes Sofía acude cada día a la comisaría, donde se ha habilitado un despacho para que pueda estudiar todos los documentos hallados, cuando sus obligaciones se lo permiten o si ella pide ayuda, Nacario colabora con la periodista.

Después de tres semanas, el artículo está casi acabado; evidentemente, falta perfilar los últimos detalles, cosa que hace ya en su mesa de la redacción del periódico. Para ello cuenta también con Miquello.

Por fin, una mañana temprano, la reportera sale de su casa.

El día es gris, una suave y persistente lluvia moja las calles, pero Sofía va andando con tranquilidad hasta El Corriere.

Es un largo paseo, pero necesita relajarse.

Una vez en el edificio, sube hasta su mesa en la redacción, deja su gabardina y el paraguas y coge los papeles que contienen su trabajo de los últimos días.

Con decisión, se dirige al despacho del jefe de redacción.

—Buenos días, señor Rossi. Terminé mi artículo «Una ciudad bajo las pirámides: ¿realidad o ficción?». Quisiera su opinión.

—Buenos días, Sofía. Déjamelo aquí, quiero leerlo con calma; después te llamo.

Ella abandona el despacho y va a buscar a su amigo.

—Hola, Miquello, ¿me acompañas a desayunar? Ya entregué el artículo al jefe, a ver qué le parece.

—Cuando me lo dejaste leer, me pareció un buen trabajo, tranquila.

Cuando regresan a la redacción, Sofía pregunta a su compañera:

—¿Me ha mandado llamar el director?

—No.

Pasa la mañana sin que pueda concentrarse en otros trabajos. Continuamente mira el reloj; en una ocasión no puede evitar llamar a la secretaria del jefe por si sabía algo.

Casi al final de la jornada, suena el teléfono de su mesa, ella contesta con presteza.

—Dígame.

—Hola, soy Nacario. ¿Ya te han dicho algo del artículo?

—No, esta mañana a primera hora se lo he entregado al director. Me ha dicho que ya me dirá algo; no sé nada más.

—Se lo tomará en serio. Puedo hacer algo por ti.

—Ya que lo mencionas, hoy aceptaría la invitación para ir a cenar. Necesito distraerme.

—Hecho, a las 8:00 h paso por el periódico a buscarte.

La cena y el resto de la noche coinciden con los deseos expresados.

Sin duda, el inspector, fuera de su trabajo, es un excelente acompañante.

Ella se olvida por completo de la evaluación de su trabajo.

Ya casi de madrugada, se despiden en la puerta de su casa.

Cuando sube a su apartamento, queda profundamente dormida.

La luz del sol ya traspasa las cortinas de su habitación cuando despierta. Su cuerpo manifiesta un cierto dolor de cabeza. Piensa que los excesos se pagan.

Se levanta, ducha rápida y se dirige al periódico, no sin antes pasar por el bar donde cada mañana desayuna. Curiosamente, está casi vacío.

—Paolo, ¿qué pasa hoy, que hay tan poca gente?

—Señorita, pasa que ya es mediodía; todos ya han desayunado.

—Si voy tarde.

Cuando sube a la redacción, una de sus compañeras la recibe:

—¿Qué noche movidita? —Ella se limita a sonreír.

—El director, que vayas a su despacho.

—¿Hace rato que ha llamado?

—Sí, a primera hora.

—Voy.

Con seguridad sus nudillos golpean la puerta del despacho medio abierto.

—Pasa, Sofía. He leído varias veces tu trabajo; me parece excelente.

Empiezas presentando las diferentes creencias o leyendas que aseguran que existen estructuras bajo las pirámides de Guiza y la Esfinge: pasadizos, huecos de diferentes tamaños de uso desconocido, salas enormes como la Sala de los Registros, que se supone que guarda secretos de los Atlantes; todo ello refrendado por antiguos escritos como la Tabla esmeralda y el Libro de Thoth, el Libro de los muertos de la mitología Egipcia, textos aceptados, pero que no han tenido confirmación, pues nunca se ha descubierto ninguna de estas construcciones.

Sigues presentando las diferentes técnicas que han usado los arqueólogos para descubrirlas, como el bombardeo con muones o las Ecografías Doppler, para presentar al final lo más reciente y lo que ha creado una gran controversia: el Radar SAR combinado con la EcoDoppler, que mide microvibraciones en superficie, construyendo con ello imágenes topográficas del interior y del subsuelo de las pirámides.

Al parecer, sí han descubierto unas edificaciones en forma de pozos verticales gigantes con columnas en su interior que llegarían a más de mil metros de profundidad y terminarían en grandes salas, posiblemente las Salas Amenti, donde, según los textos sagrados, los Hijos de la Luz guardarían las almas y donde se habría desarrollado el Huevo de la Vida.

Terminas el escrito hablando de los detractores y del fallecimiento del descubridor, el ingeniero Bondia, pero sin explicar su muerte, ya que extenderse en ese campo podría molestar a la policía que está investigando.

—¿Entonces lo publicará?

—Por supuesto, has encontrado el equilibrio entre la información veraz, interesante para el lector del periódico, y la ciencia aburrida para el gran público. Te felicito.

—Gracias, señor.

Cuando la periodista abandona el despacho, dos pensamientos invaden su cerebro: explicárselo a su compañero Miquello y a su amigo Nacario.

Cuando un par de días más tarde el artículo es publicado, ella, sentada en su mesa de la redacción, lo contempla y lo lee.

Ya no es una periodista novata, por lo que no es su primer artículo en ver la luz, pero, por algún motivo que aún no ha descubierto, este en particular le produce una sensación de agrado muy especial.

El teléfono de su mesa suena.

—Dígame.

—Hola, soy Nacario. He encontrado a una pariente de Bondia: una hija.

La llamé y le comuniqué la muerte de su padre.

Ha venido a Milán y la tengo en mi despacho, pues quiere recoger sus pertenencias.

El ingeniero vivía aquí, en la ciudad, y su hija me ha ofrecido ir al apartamento del padre para ver si encuentro algo que pueda ayudar en la investigación. ¿Quieres venir?

—Sí, podemos echar un vistazo. ¿Ella vivía con él?

—No, Elena vive en Roma, es pediatra. Entonces paso a buscarte por el periódico.

—Vale.

Cuando llegan al piso del ingeniero, su hija abre la puerta y les invita a entrar.

Se trata de un apartamento moderno, ideal para dos personas.

Tiene dos habitaciones: una donde dormía y otra convertida en un despacho repleto de libros, escritos y estudios, todos básicamente sobre el mismo tema, arqueología egipcia y física aplicada.

—Elena, tu padre estuvo en Egipto cuando realizó el descubrimiento, sabes cuando y donde estuvo y si escribió notas de su trabajo de campo.

—No lo sé, no nos relacionábamos mucho. Él estaba totalmente absorto en su trabajo, pero, si no estaba en la fábrica, debe de estar aquí.

—¿Nos permites mirar y remover papeles?

—Por supuesto, y si me explicáis qué buscáis, os ayudo.

Los tres se ponen a buscar, pero, la verdad, no saben exactamente qué.

Pasadas unas horas, la noche ha invadido las calles y ellos siguen buscando.

—¿Sabes si tu padre tenía un escondite, algún lugar especial donde guardaba cosas muy importantes para él?

—No recuerdo, vivíamos en otra casa, pero el escritorio era el mismo. Le tenía mucho aprecio. Una vez, ahora que pienso, vi que guardaba algo en el cajón del centro.

—Esta mesa tiene dos columnas de cajones en los laterales; en el centro no tiene nada.

—Esperad, el grosor de la madera no puede ser este y la madera del frontal es demasiado ancha.

Elena recorre todos los bajos del tablero sin hallar nada que resalte.

Observa una cenefa de adorno que recorre todo el borde del plafón superior; de repente, una de las esquinas cede y sale propulsado un cajón justo en la parte central del escritorio.

El espacio contiene fotos, escrituras de propiedad, cartas y un libro de notas.

—Mirad, estas imágenes son de mi madre y mías de pequeña. Las cartas —las ojea— son la correspondencia que tuvo con mi madre, son sus cartas de amor.

Al ver todo aquel material guardado durante años por Federico, no puede evitar que unas lágrimas se deslicen por sus mejillas.

—Este bloc de notas debe ser lo que buscáis.

Al abrirlo, ya se dan cuenta de que es el relato de su viaje a Egipto: dónde, cuándo y cómo realizó la exploración.

También cuenta que buscó y encontró la posible entrada a las edificaciones descubiertas.

Una nota aparte dice que en una próxima expedición se adentrará en el nuevo mundo que acaba de descubrir.

—Sofía, puedes quedarte el bloc, a mí no me sirve de nada. Tú le sacarás provecho, quizás para un nuevo artículo, quién sabe.

—Gracias, Elena. Te tendré al corriente de mis acciones.

Nacario acompaña a la hija a su hotel y después a la periodista a su casa.

—Cuando haya leído el cuadernillo, te explicaré lo que contiene. Tú verás si te sirve para esclarecer el caso.

—De acuerdo.

La vida de Sofía vuelve a la normalidad y a la monotonía de siempre. Cada noche, gozando de la tranquilidad de su casa, lee las notas, pero se le hace difícil comprender algunos tecnicismos y visualizar algún paraje.

Por las mañanas, desayuna en el bar de Paolo; en el periódico, reunión de trabajo para ver qué noticias se asignan a cada uno de los redactores, y a trabajar.

Pero un día a media mañana, el teléfono de su mesa suena.

—Dígame.

—Buenos días, ¿es usted Sofía Lonus?

—Si.

—Soy Carol Wells, mi marido es Eric Williams, somos arqueólogos, hemos leído su artículo en El Corriere, nos interesa mucho su historia, podría venir a Londres, seguro que usted sabe más cosas de las que ha escrito, estaríamos pensando en una expedición a ese mundo por descubrir.

—Señora Wells, será un placer hablar con usted.

—En cuarenta y ocho horas, vaya al aeropuerto Milán Linate. Es para jets privados. Allí la estará esperando nuestro avión, que la traerá a Londres.

—De acuerdo, allí estaré.

Sofía cuelga el teléfono y durante unos momentos permanece pensativa.

Duda si la llamada ha sido real o un sueño.

En el ordenador busca el nombre de la persona con la que ha hablado; los resultados son espectaculares.

Queda anonadada, pero rápidamente reacciona, coge sus cosas y sube al despacho de Rossi.

—Perdón, jefe, necesito un permiso para ausentarme unos días. Me ha llegado una invitación para profundizar la información en el caso del ingeniero Bondia.

—¿De qué se trata?

—Carol Wells, la famosa arqueóloga, me ha invitado a su casa de Londres. Leyó mi artículo y quiere conocerme.

—Tómese los días que necesite, pero manténgame informado.

—Gracias, jefe.

Después de despedirse de Miquello, abandona el periódico y regresa a su casa. De camino, pasa por la comisaría y se despide también de Nacario.

Ya en su vivienda, pasa todo el día organizando la bolsa de viaje: pasaporte, dinero y, por encima de todo, las notas de Bondia.

Es temprano cuando la periodista llega en taxi al Milán Linate. Entra en la terminal y se acerca al mostrador de información.

—Buenos días, soy Sofía Lonus. Tengo un vuelo privado a Londres.

—Así es, señorita. Entre a la Sala Vips y la vendrán a buscar; mientras espera, le sellarán el pasaporte.

—Gracias.

Lo que le llama más la atención es el lujo que rezuma por doquier. Se sienta en un butacón; instantes después, una funcionaria de aduanas se presenta y realiza los trámites.

Unos minutos más tarde, una auxiliar de vuelo se presenta acompañada de un joven maletero.

—Buenos días, soy Alice. Acompáñeme, por favor; su equipaje se lo llevará mi ayudante.

Sofía sigue a la azafata, salen por una puerta de cristal a la pista donde un coche les está esperando para llevarlas al avión, una vez allí, suben por la escalerilla y entran en el jet, Júlia, la piloto de los Williams la saluda.

—Bienvenida a bordo, señorita Sofía. Siéntese donde quiera; si necesita algo, pídaselo a Alice. En unas dos horas estaremos en Londres.

La llegada a destino es en el aeródromo de Farnborough. La nave es conducida hasta un hangar; allí está esperando el Rolls- Royce. Cuando la reportera baja del avión, el chófer le abre la puerta del coche.

—Bienvenida a Londres, señorita.

El coche emprende el viaje al centro de la ciudad, al rato se detiene frente a una mansión en los jardines del Palacio de Kensington.

El conductor le abre la puerta y la acompaña hasta la puerta de entrada del edificio, donde la espera una sirvienta uniformada que la conduce hasta una estancia ricamente decorada, con un estilo más bien clásico.

—Espere unos momentos, señorita; los señores vendrán enseguida.

Pasados unos minutos, Carol y Eric entran en la estancia y saludan a la reportera.

—Es un placer tenerla aquí, Sofía. ¿Ha tenido buen viaje?

—Sí.

—La señora Amelia la acompañará a su habitación, donde ya tiene su equipaje. Instálese; después comeremos y por la tarde le presentaremos al equipo y empezaremos a hablar del proyecto.