CAPÍTULO 2º - INVESTIGANDO
La pantalla digital del despertador de la mesita de noche de Sofía marca las cinco de la mañana.
Cansada de dar vueltas en la cama, se levanta; casi sin pensárselo, se ducha.
Ha pasado una mala noche, se ha despertado en numerosas ocasiones; su único pensamiento, lo que la ha desvelado, ha sido presenciar la muerte del ingeniero.
No lo conocía, pero le ha afectado mucho.
Después de vestirse, toma un café y, mientras esto sucede, se dedica a buscar en su ordenador temas relacionados con la arqueología en Egipto. Busca a alguien que tenga suficientes conocimientos y le pueda orientar en la comprensión de lo que está ocurriendo.
Cuando llega a su destino, un edificio moderno construido para su concreta función, entra y se cruza con un uniformado que controla el acceso.
—Perdone, ¿el inspector Nacario?
—En el primer piso.
Sube las escaleras y llega a una sala abierta con varias mesas; en ellas, la actividad es frenética: teléfonos sonando, hombres y mujeres de un lado para otro intercambiando papeles e información.
—Hola, veo que has llegado, aunque un poco tarde. ¿Cómo estás?
—La verdad es que no muy bien, me afectó mucho vivir en directo la muerte de aquel hombre y sobre todo el desconocimiento de cómo se produjo, pienso que pueden matar a cualquiera de nosotros si alguien se lo propone.
—La verdad es que sí, pero no pienses en esto. Ayer estuve hasta bien entrada la noche en la sala de autopsias. Al igual que en las víctimas de la fábrica, no hay proyectil, pero el cerebro estaba absolutamente dañado.
—Tú viste la esfera luminosa igual que yo, ¿verdad?
—Sí, el agujero que hizo en el cristal de la ventana es igual que lo que hace una bala. El calor y la velocidad derriten el cristal, que se agujerea, pero no se rompe.
—¿Oíste las palabras que pronunció antes de morir?
—Sí: «Seres de Luz».
—¿Tienes idea de a qué se refería?
—No.
—Estoy pensando que hace un tiempo escribí unos artículos sobre fenómenos paranormales, conocí al profesor Sergio Bossi, un antropólogo/parapsicólogo, que conoce muy bien el mundo de lo paranormal y esotérico, algo difícil de entender para gente no introducida.
—¿Dónde podemos hablar con él?
—Lo llamo. Trabaja en la Universidad de Milán, tiene su propio estudio. Me debe un favor.
Minutos más tarde:
—Ya he hablado con Sergio; nos espera en su facultad de la universidad.
Cuando se encuentran la periodista y el inspector con el experto en su despacho, se presentan y explican todo lo acontecido, remarcando las últimas palabras del asesinado.
El antropólogo los mira, se toma un tiempo de reflexión y comenta…
—Los Seres de Luz existen. Según los expertos en este campo, se definen como entidades espirituales ubicadas en los planos superiores de la conciencia, fuera de la dimensión física de los humanos.
Emiten una energía luminosa que pueden manipular; además, vibran en altas frecuencias, lo que les permite comunicarse en ocasiones con nosotros e incluso interactuar en la vida de los humanos.
Esta esfera luminosa que visteis quizás era un desprendimiento de su energía luminosa.
Pero me extraña porque, en principio, su misión es proteger y guiar a los humanos, no destruirlos.
—¿Algo puede haber cambiado esto?
—No creo, a no ser que el ente del que hablamos no sea un ser de luz, sino el espíritu de un fallecido con otras intenciones debido a actos acontecidos durante su vida entre nosotros.
—¿Cómo podría averiguarse la verdad?
—Con una sesión de espiritismo y con una güija para comunicarnos, pero no podemos garantizar nada.
—¿Conoces alguna persona con garantías que pueda hacer esto?
—Sí, hay una vidente, Cora. He tenido ocasión de trabajar con ella varias veces, es muy buena. Tened en cuenta que en este mundo oscuro hay muchos estafadores.
—¿Podríamos tener una sesión con esta persona?
—Contactaré con ella. Venid esta tarde.
Cuando salen de la universidad, Nacario, algo indignado, comenta:
—¿De verdad te crees todo esto?
—¿Tienes alguna pista?
—No.
—Pues entonces vamos a ver qué nos cuentan los espíritus.
A media tarde se reúnen en una habitación contigua al despacho del profesor.
Está totalmente vacía, excepto por una mesa y cuatro sillas en el centro.
Se colocan a su alrededor Sergio, Nacario, Sofía y Cora, una mujer vestida con una túnica y un velo blancos que le cubre la cara.
En el centro del mueble, una vela encendida proporciona toda la iluminación de la estancia, que sin ella quedaría en completa oscuridad. La médium habla:
—Cogeros de las manos, cerrad los ojos y dejad vuestras mentes en blanco; no penséis en nada.
En el espacio tenuemente iluminado se produce un silencio total. De pronto, aparece en una esquina de la estancia un punto luminoso que poco a poco va aumentando de tamaño.
Sofía abre los ojos, el fenómeno produce un efecto extraño en ella, que se levanta, rompe el círculo y el silencio.
—No puedo, me angustia mucho. Esta esfera luminosa me recuerda el momento de la muerte del ingeniero.
La médium se le acerca y le toca la frente con la palma de su mano.
—Relájate, no hay ningún peligro. Tienes que tranquilizarte y aguantar el trance; si vuelves a romper el círculo, el espíritu se irá y no aparecerá nunca más.
—Perdón, lo volveré a intentar.
Repiten, se cogen de las manos, cierran los ojos y permanecen en silencio, otra vez el punto luminoso se hace visible en una esquina de la habitación, se agranda por momentos hasta formar una nebulosa como una silueta que parece humana.
Sofía aprieta con fuerza las manos de sus vecinos, el inspector y el profesor, también mantiene los ojos cerrados y hace un esfuerzo mental para no levantarse. – La médium habla.–
—Manifiéstate. ¿Quién eres?
—Soy el espíritu atormentado de Federico, me mataron los hijos de la luz, no quieren ser descubiertos, no quieren que nadie descubra su morada, mi secreto está en la pared.
La nebulosa desaparece, la vela se apaga. Cora pide abrir las luces.
—Al parecer, sí que han sido los Seres de Luz los asesinos del ingeniero; su propio espíritu lo ha ratificado. Pero os aseguro que es muy raro que los hijos de la luz ataquen a los humanos. Algo está mal.
—Gracias, Cora. Si te necesitamos, te volveremos a llamar.
Nacario se despide de Sergio y de la médium, Sofía permanece en silencio, un ligero movimiento de la cabeza es su despedida. Cuando salen a la calle, el inspector manifiesta su disconformidad con el acto.
—¿De verdad crees en estas cosas? No me dirás que hemos esclarecido el asesinato. Tendré que darle las gracias a un fantasma, lo que me faltaba.
—Tú puedes pensar lo que quieras, pero te ha dado una pista. Si tuvieras una mente más abierta, te darías cuenta.
—Perdona, yo soy policía. Tengo que hacer mi trabajo basándome en pruebas, no en fantasmas. ¿Qué pista?
—Tenemos que volver a la fábrica, tengo un pálpito.
—Vale, mañana iremos a la factoría a perder el tiempo. ¿Puedo invitarte a cenar?
—No, hasta que abras tu mente. Adiós.
Sofía ha llegado temprano a la redacción, quería hablar con Miquello su compañero y también con Rossi el director, está pensando en escribir un artículo sobre el presunto descubrimiento arquitectónico debajo de las pirámides y su posible relación con seres espirituales, intentando vincular todo ello con la muerte del descubridor y su equipo.
La charla con ambos, sobre todo con el directivo de redacción, es fructífera, pues ambos están de acuerdo, pero el trabajo debe ser muy riguroso en lo que respecta a la información que se dé al lector.
Ya con el beneplácito del jefe, Sofía regresa a su mesa. El resto del día se dedica a buscar información sobre estudios anteriores al realizado por Bondia en las pirámides; también investiga en escritos sobre seres celestiales.
La jornada pasa sin que se dé cuenta. Tal es el grado de implicación que ha llegado la noche. Entonces desconecta por un momento; un pensamiento le llena la cabeza: no sabe nada de Nacario. No obstante, recoge su mesa y se marcha a su casa.
Cerca de las nueve de la mañana del día siguiente, la periodista va a desayunar al bar de siempre. Cuando entra en el establecimiento, enseguida se da cuenta de que el inspector está sentado en una de las mesas tomándose un capuchino y se acerca.
—Buenos días, ¿te has perdido?
—Sabía que desayunabas aquí. He venido a buscarte, ya tengo los permisos para registrar la fábrica; conseguirlos me ocupó todo el día de ayer.
—¿Necesitamos permiso para echar una mirada?
—Para hacerlo bien, sí.
—Bien, pues vamos.
Cuando llegan al lugar donde está ubicada la fábrica, allí encuentran un coche con dos uniformados en la puerta.
—Ves, esto es un precinto de la policía; romperlo sin permiso es un delito.
—Vaya. ¿Y estos dos?
—Por si necesitamos ayuda y como testigos del registro.
Al entrar se manifiesta con fuerza la desolación y la destrucción del espacio.
Avanzan por todas las áreas, cristales rotos por el suelo, máquinas destruidas, mesas de trabajo tiradas en el piso, herramientas, planos de piezas rotos y esparcidos por el suelo, que presenta manchas de sangre en diferentes lugares.
—Sabes, el otro día no me di cuenta de la devastación. Me impactaron tanto los cadáveres que había esparcidos que no vi nada más. Ahora que no están los cuerpos, soy más consciente del desastre.
—Centrémonos en las palabras del fantasma.
—Del espíritu, tómatelo en serio; dijo «mi secreto está en la pared».
Recorren la nave industrial.
—Las paredes son las normales para una construcción de este tipo. En la zona de vestuario y sala para empleados, nada llama la atención.
Cuando van al lugar que ocupan los despachos del ingeniero y de la administración, Sofía se fija en algo poco usual en una factoría.
Ocupando la pared detrás de la silla del jefe, en su despacho, hay un mural.
—Esta decoración no me encaja mucho aquí.
—Hay quien pone un cuadro, un mueble, una repisa con maquetas, no sé. Pero un mural con cerámica representando alegorías del universo, templos egipcios, personajes míticos, no pega.
—Por eso lo digo, un mural se coloca en la fachada, en la puerta de entrada.
La periodista recorre con la vista el conjunto, se acerca y sus dedos exploran los bordes.
De pronto, en la parte inferior, nota unos botones que sobresalen; se agacha y los observa.
Uno de ellos tiene el símbolo de apertura; lo aprieta y dos paneles se abren del centro hacia los lados. Aparece una enorme caja fuerte.
—Ahí lo tienes, el secreto de la pared.
—Tengo que reconocer que el espíritu decía la verdad.
—¿Lo podremos abrir?
—Sí, llamaré a un especialista de la policía.
Pasadas unas dos horas, en el exterior aparca una furgoneta, dos personas con ropa de trabajo y una caja de herramientas se acercan a la puerta y entran, se encuentran con la periodista y el inspector.
—Hola, Nacario. Señorita, supongo que se trata de abrir esta caja de caudales.
—Pues sí, sin estropear nada de lo que pueda contener; puede ser importante.
—Esto es un armario de seguridad de la casa Bordogna. Podemos abrirlo con un descodificador de la propia marca, solo con esto, pues es de lo más seguro del mercado.
—Pues adelante.
—Necesitamos una orden judicial.
—Vale, llamo a la secretaria del juez.
Minutos más tarde, Nacario recibe en el móvil la orden del juez.
Entonces, los cerrajeros colocan un dispositivo sobre la pantalla de la puerta y lo conectan con una clavija especial a una entrada lateral de la misma.
Una luz se enciende en el visor y unos dígitos aparecen moviéndose a gran velocidad hasta que, uno tras otro, se fijan.
Al terminar la secuencia, se oye un clic; las puertas del armario se abren.
—Listo.
Cuando Sofía y Nacario observan el interior, quedan perplejos: varios pliegos de planos, al parecer de las modificaciones del radar; blocs de notas que explican el proceso; un tutorial para su uso; artículos sobre las diversas teorías que la arqueología tiene de las pirámides; un ordenador portátil y dinero en efectivo.
—¿Qué hacemos con todo esto?
—Son pruebas forenses, pues aquí ha habido un asesinato. Como policía, puedo requisarlas; tú podrás evaluarlas y usarlas para tus artículos. El dinero se lo daremos a sus herederos o se lo quedará el estado.
Todo lo encontrado se traslada a la comisaría, se deposita en la cámara acorazada de la jefatura para que no pueda ser robado.
—Sofía, tú tendrás que venir a verme para consultar los papeles, pues no pueden salir del edificio.
—Bueno, me sacrificaré, todo sea por el periodismo de investigación.