CAPÍTULO 1º - LA NOTICIA
Las farolas de la Vía Solferino en Milán aún están encendidas.
El día empieza a despuntar cuando una atractiva joven, Sofía, periodista del Corriere della Sera, entra en uno de los numerosos bares/cafeterías que hay en el barrio de Brera, en el Distrito-Corso-Garibaldi, un lugar siempre repleto de empresarios, periodistas, escritores, actores, actrices, todo tipo de gente cool, debido a la gran cantidad de empresas, restaurantes, galerías de arte y editoriales instalados en la zona.
Al entrar, se acerca a la barra, al tiempo que con la cabeza saluda a algunos conocidos.
—Paolo, buenos días, un cappuccino y un cornetto.
—Servida. Por cierto, Miquello te buscaba; ha preguntado por ti.
—¿Dónde está?
—Creo que ya se ha ido a la redacción.
—Pues ahora lo veré, desayuno y me voy.
La mujer abandona el establecimiento y se dirige con paso firme al periódico. Cuando entra en el espacio de la redacción, localiza con su mirada el cubículo donde se encuentra su compañero y se acerca a él.
—Buenos días, Miquello, ¿qué quieres?
—¿Has visto el periódico de hoy?
—Aún no, ¿por qué?
—Sale una noticia que asegura que debajo de la pirámide de Kefrén en Guiza un ingeniero italiano ha encontrado estructuras arquitectónicas que se calcula que son de hace 14.000 años. Como tú eres la que escribe sobre estos temas, el director, Rossi, quiere que vayas a verle.
—Ahora iré a su despacho.
Sofía llama con los nudillos a la puerta abierta de la oficina del jefe de redacción.
—Pasa, ¿has visto la noticia?
—Sí, ahora subiendo.
—Quiero que entrevistes a Federico Bondia, el ingeniero que ha dado la noticia, y que escribas sobre el tema. Averigua si es algo importante o un bulo; no me gusta que la redacción de otros periódicos se nos adelante.
—De acuerdo, concertaré una cita.
Cuando la periodista se sienta en su mesa de la redacción, se dedica a buscar información sobre la noticia. Al parecer, todo se desencadena por una entrevista en redes sociales. Sigue investigando hasta encontrar un teléfono, llama y es el propio Federico quien contesta…
—Dígame.
—Soy Sofía Lonus, periodista. Le llamo porque mi periódico, El Corriere, estaría interesado en hacerle una entrevista para hablar de su descubrimiento bajo la pirámide de Kefrén en Guiza.
—Sí, puede venir mañana a las 10:00 h a mi despacho; le mando la ubicación.
—Gracias, nos vemos mañana.
Sofía va al piso inferior, donde trabajan los reporteros gráficos del periódico; allí busca a otro de sus compañeros, fotógrafo.
—Hola, Mario, necesito que mañana me acompañes; tengo que entrevistar a un científico y me gustaría unas fotos para encabezar el artículo.
—De acuerdo, quedamos aquí en el periódico y vamos juntos.
—Bien, iremos en mi coche.
A las afueras de Milán, en un polígono industrial, un rótulo identifica el lugar de la cita: «Bondia Industries».
—Aquí es.
El fotógrafo y la periodista aparcan su coche y se dirigen a la puerta de la fábrica. Cuando llegan a la recepción, allí no hay nadie; detrás de un amplio mostrador hay una puerta entornada.
—¿No te parece muy silencioso?
—Depende de lo que hagan; hay empresas que no hacen ruido.
—Veamos.
Al situarse detrás del tablero alargado, encuentran en el suelo el cuerpo ensangrentado de una mujer.
Los recién llegados cruzan el umbral de la puerta entreabierta.
Lo que ven es desolador: todo está desordenado y roto, hay cristales por el piso y enseguida se dan cuenta de que varios cuerpos yacen en el suelo.
—¿Qué ha pasado aquí?
—Llama a los carabinieri, no toquemos nada, vamos fuera.
Al rato varios efectivos llegan al lugar.
—Buenos días, soy el inspector Nacario; ¿ustedes han llamado?
—Sí, teníamos una cita con el ingeniero Bondia. Somos reporteros de El Corriere, veníamos para hacerle una entrevista y nos hemos encontrado con este panorama. Entre.
Cuando el policía y varios uniformados entran en el local, quedan estupefactos.
—¿Qué ha sucedido?
La policía recorre los diferentes espacios y comprueba que los cuerpos han sido abatidos, al parecer, por disparos.
Cuando entran en un despacho que estaba acristalado y ahora está destruido, observan a un hombre con bata blanca sentado en la silla y su cuerpo caído sobre la mesa.
Al observarlo de cerca, comprueban que aún está vivo, a pesar de presentar varias heridas en el torso.
—Llamad a una ambulancia —ordena el inspector.
—Señorita…
—Soy Sofía Lonus y mi compañero fotógrafo, Mario.
—¿Para qué querían hablar con el ingeniero?
—Queríamos entrevistarle sobre una noticia que había dado, el descubrimiento de megaestructuras subterráneas en la base de la pirámide de Kefrén en Guiza. Hablé con él ayer; habíamos quedado hoy a las 10:00 h.
—Bien, pueden irse; no publiquen nada.
—¿Me pondrá al corriente de la investigación?
—Ya veremos.
En aquel momento sacan al herido, pues acaban de llegar varias ambulancias, más policía, dos forenses y un juez. En pocos minutos la zona se ha convertido en un hervidero de gente.
Sofía se acerca a la camilla y pregunta al técnico sanitario.
—¿Sabe quién es?
—En el bolsillo de la bata pone F. Bondia.
—¿A qué hospital lo llevan?
—Al Policlínico de Milán.
—Gracias.
Ya en el coche de vuelta al periódico.
—El herido es el ingeniero, si no muere iremos a verlo. Has hecho fotos del escenario.
—Bueno, soy fotógrafo, no puedo evitar plasmar lo que veo.
—Guárdalas de momento; no publicaremos nada hasta saber qué ha pasado.
Cuando llegan a la sede del diario, Mario y Sofía se dirigen a sus puestos de trabajo, pero ella antes pasa por el despacho del director Rossi. Le informa de lo ocurrido. Rossi comenta:
—Aquí puede haber una historia interesante. Deja pasar unos días y habla con el inspector para averiguar qué ha pasado. No se acribilla a gente si no es por algo importante. Cuando puedas, ve al hospital. ¿Mario ha hecho fotos?
—Sí, el inspector ha dicho que no publiquemos nada, pero no sabe que hicimos fotos.
—De momento seremos prudentes, estate atenta.
—Sí, señor, le tendré informado.
Han pasado dos semanas durante las cuales Sofía se ha dedicado a profundizar sus conocimientos sobre el ingeniero y buscar bibliografía relacionada con la noticia.
No encuentra artículos científicos serios relacionados con el tema, revisa varias veces el podcast que se hizo viral y que fue el origen del rumor, también descubre opiniones contrarias, calificando de bulo el descubrimiento.
Una mañana llega decidida a avanzar en sus conocimientos por lo que busca y encuentra el teléfono del investigador Nacario.
—Buenos días, soy Sofía, de El Corriere. Me comentó que me tendría al corriente de las pesquisas para esclarecer el tiroteo de «Bondia Industries» y no he tenido noticias suyas.
—La verdad es que no tenemos nada, la científica ha estado varios días buscando huellas, casquillos, cotejando ADN y marcas digitales de los trabajadores, no hemos encontrado nada, todo corresponde a los que trabajaban allí, hemos mirado también por los alrededores, pisadas, marcas de neumáticos, nada, las cámaras hay dos en el aparcamiento y cinco en el interior de la nave industrial, estaban rotas y habían borrado todas las grabaciones.
—¿Alguien ha reivindicado el atentado?
—No, ahora estamos revisando los posibles antecedentes de los trabajadores y del ingeniero; de momento, nada.
La autopsia de los cadáveres ha revelado que lo que parecían disparos parece ser que no lo eran, pues en ningún caso se ha encontrado ningún tipo de bala o proyectil, lo que explica por qué no hay casquillos.
—¿Ha visitado a Bondia en el hospital?
—Sí, dos veces. No está en coma, pero no habla; está como desorientado.
—Bueno, avíseme si hay novedades.
—De acuerdo.
Cuando cuelga el teléfono, Sofía deja su cubículo en la redacción y se va a ver a su amigo, Miquello.
—Oye, ¿has oído algún rumor por la redacción respecto al tiroteo de la fábrica de Bondia?
—No, pero he averiguado que allí se fabricaban radares de apertura sintética con tomografía Doppler. Esto mide microvibraciones en superficie, construyendo con ello imágenes topográficas del interior y del subsuelo de edificios.
—¿Y?
—Mi teoría es que a alguien no le interesa que se descubra nada, que no avancen las investigaciones en la pirámide, por lo que han decidido eliminar al inventor y su fábrica.
—¿Qué pasa, que es el único que tiene esta tecnología?
—Al parecer, tan desarrollada, sí. Los detractores aseguran que con estos radares no se profundiza más de un par de metros; él consiguió imágenes claras a casi mil metros de profundidad.
—¿Me acompañas al hospital?
—Vamos.
Cuando llegan al Policlínico, Sofía se acerca a un mostrador y pregunta.
—Perdone, ¿el ingeniero Bondia en qué habitación está?
—En la 322, tercer piso.
—Gracias.
Sofía y Miquello cogen el ascensor. Al llegar al piso, localizan la habitación. En la puerta hay un uniformado que les pide acreditarse, pues el paciente tiene las visitas restringidas. Mientras el policía observa los carnets, sale del ascensor el comisario Nacario. Al llegar a su altura, les dice:
—Estaba seguro de que la encontraría aquí. Entremos; a lo mejor usted consigue que hable.
La estancia es amplia con un ventanal, un sofá debajo de la ventana y paralelo a la cama para visitas, al pie de la misma dos puertas, una es un armario para la ropa del paciente y la otra es un cuarto de baño.
Los tres entran y se sitúan al lado de la cama, mirando a la ventana.
El enfermo está tumbado apoyando su cabeza en tres almohadas y con los ojos cerrados.
—Sofía toma la iniciativa –
—Buenos días, Federico, ¿cómo estás?
Los ojos del afectado se fijan en la mujer y, con un hilo de voz imperceptible…
—Los Seres de Luz.
En aquel mismo instante, se oye un suave silbido y una especie de esfera luminosa atraviesa la ventana, agujereando el cristal y perforando la cabeza del ingeniero, que muere al instante.
—Agacharos —grita el inspector.
Los tres se parapetan detrás del lecho, pero no se produce ningún otro efecto luminoso ni disparo. El silencio es total.
—¿Qué ha sido esto?
—No lo sé, pero el paciente está muerto.
—¿El disparo de un francotirador?
—Delante de esta fachada del hospital no hay ningún edificio; está el jardín, la salida de la autopista. La casa más cercana debe estar a un kilómetro o más; debemos esperar la autopsia.
Nacario llama al uniformado que estaba en la puerta y que no se ha enterado de nada, le informa y le ordena que avise al personal del hospital. Acuden un médico y una enfermera, que solo pueden certificar la muerte del ingeniero.
—Al parecer, alguien está muy interesado en eliminar cualquier posibilidad de que la investigación policial y científica siga adelante.
—Eso parece; mañana ya tendré los resultados de la autopsia.
—¿Tan rápido?
—Se trata de una investigación policial. Sofía, ¿podría venir a comisaría? Quiero tener una larga charla con usted.
—Allí estaré.