Los Salones Amenti: El secreto bajo la pirámide de Kefrén
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PRÓLOGO
Hay lugares que permanecen dentro de nosotros incluso cuando los recuerdos empiezan a volverse imprecisos.
Egipto es uno de esos lugares para mí. Viajé allí con mis padres cuando era muy joven y, aunque el tiempo ha borrado algunos detalles, todavía conservo la emoción de entrar en las pirámides.
Recuerdo la piedra, los pasadizos y la sensación de estar penetrando en un espacio que pertenecía a otro tiempo.
A esa edad no podía comprender todo lo que significaba, pero algo de aquella experiencia se quedó conmigo.
Muchos años después, en la India, volví a sentir algo parecido, aunque de una manera más consciente.
Durante uno de mis viajes tuve la oportunidad de alojarme en la casa de un maharajá, cerca del Himalaya.
En aquel entorno, rodeado de montañas, silencio y una espiritualidad que parecía formar parte del aire, sentí con fuerza que el mundo no termina en aquello que podemos ver o explicar.
La India me enseñó que lo cotidiano y lo sagrado pueden convivir, y que hay lugares capaces de abrir en nosotros una puerta hacia lo desconocido.
Desde entonces he pensado muchas veces en regresar a Egipto.
Me gustaría volver a entrar en las pirámides, ya no con los ojos del niño que fui, sino con la sensibilidad que me dejó la India.
Quisiera descubrir si entre aquellas piedras milenarias podría reencontrar la misma espiritualidad que sentí cerca del Himalaya.
Tal vez los lugares no cambian, pero nosotros sí; y regresar significa también comprobar en qué persona nos hemos convertido.
Los Salones de Amenti pertenecen precisamente a ese territorio situado entre el mito, la espiritualidad y la imaginación.
En las Tablas Esmeraldas atribuidas a Thoth aparecen como un lugar místico, un plano espiritual relacionado con el viaje, la transformación y la continuidad del alma.
Hay en esa idea algo profundamente artístico, casi musical: un espacio que no necesita existir en un mapa para resonar dentro de nosotros.
Para algunos será una leyenda; para otros, una metáfora; y para quienes todavía conservan la capacidad de creer en lo imposible, quizá sea también una puerta.
Mi padre siempre ha sabido encontrar esas puertas.
Quienes conocemos a Luis Suñol Periu sabemos que nunca se conforma con la superficie de las cosas.
Una noticia, una antigua creencia, una pirámide o un misterio sin resolver bastan para despertar su curiosidad.
A partir de ahí investiga, imagina y construye un mundo en el que la historia, la tecnología, la aventura y lo sobrenatural pueden convivir.
No escribe para demostrar que todo sea cierto.
Escribe porque entiende que las grandes preguntas también merecen ser exploradas mediante la ficción.
Este libro me ha trasladado de nuevo a aquel Egipto de mi infancia.
Mientras avanzaba por sus páginas, regresaban recuerdos que creía olvidados y, al mismo tiempo, aparecía el deseo de realizar un viaje nuevo.
De algún modo, Los Salones Amenti une para mí dos momentos lejanos de mi vida: el niño que entró en las pirámides junto a sus padres y el adulto que, cerca del Himalaya, aprendió a reconocer la espiritualidad de un lugar.
Quizá por eso esta novela me resulta especialmente cercana.
Me recuerda que la magia no siempre consiste en presenciar algo imposible.
A veces está en la forma en que un recuerdo regresa, en la emoción que despierta un paisaje o en la capacidad de un libro para llevarnos a un lugar que deseamos volver a sentir.
Mi padre ha convertido los Salones de Amenti en una aventura, pero también me ha devuelto una parte de mi propia historia.
Al lector le espera un viaje por la arqueología, la tecnología, el misterio y las antiguas creencias de Egipto.
Espero que entre en estas páginas con curiosidad y con la mente abierta.
No es necesario creer en todo para aceptar que todavía existen preguntas sin respuesta y que lo desconocido sigue siendo uno de los grandes motores de la imaginación.
Papá, gracias por llevarme otra vez a las pirámides y por recordarme que algunos viajes pueden comenzar muchos años antes de que comprendamos su verdadero significado. Ojalá podamos regresar juntos algún día. Mientras tanto, este libro ya me ha permitido volver.
T’estimo.
Jacob Suñol