Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Será otro día
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Será otro día

LA ESPADA ENTRÓ unos cuatro dedos por debajo de la tetilla izquierda y salió por la espalda, bajo el hueso del hombro.

No fue suficiente para matar a Derjen.

El asesino bramó y, como toro herido, se lanzó contra Arjen, golpeándolo con la cabeza en el pecho y alcanzando también el mentón. Sus dientes chasquearon, vio una explosión de puntos luminosos y salió expelido hacia atrás, golpeándose en la nuca.

¡Dios!

Todo se oscureció por un momento y, cuando abrió los ojos, veía borroso. Pestañeó repetidamente, rogando que la vista se le aclarara.

A dos o tres pasos de distancia, Derjen se incorporaba. Tenía todavía la espada clavada y había perdido la suya propia, que yacía cerca de Arjen, en el suelo.

Derjen tomó la empuñadura con ambas manos y, gritando, sacó la hoja de su cuerpo.

Se desangrará , pensó Arjen.

Un chorro de sangre salió expulsado de la herida y el asesino la cubrió con la mano izquierda. Hilillos de humo ascendían de su espalda, pues el fuego no solo destrozó el manto, sino que alcanzó también la túnica.

—¡Acábalo, Derjen! —gritó Ojo Blanco. Después del encantamiento, el brujo se había desplomado en la silla, jadeando. Su rostro estaba aún más desfigurado, como si la piel fuese cera derritiéndose. Las manos le temblaban y ampollas rojas y amarillas le brotaban de las palmas.

—¡Acábalo!

Zark comenzaba a incorporarse y Eladán se movía.

¡Estaban vivos!

—Zark —dijo el capitán, pero en ese momento el asesino del tulipán alzó la espada, la de Arjen, y corrió hacia él.

El capitán rodó por el suelo, tomó la espada que pertenecía al asesino y se puso de pie justo a tiempo para desviar dos estocadas.

Habían intercambiado armas.

Arjen giró la espada con un movimiento de muñeca. Era larga, delgada, con cazoleta plateada, y se sentía extraña en su mano, como un guante demasiado grande.

Su enemigo se le echó encima, desvió la estocada y lo atrapó en un abrazo brutal.

Luego se dejó caer hacia delante con todo su peso.

El impacto contra el suelo le arrancó a Arjen un aullido de dolor.

Las costillas crujieron y el dolor se le disparó por el cuerpo.

Apretó el abdomen por instinto, luchando por no quedarse sin aire.

Derjen perdió la espada al caer, rebotando ésta en el suelo.

Pero estaban tan cerca uno del otro que el arma resultaba demasiado larga.

Arjen se esforzaba por usar el filo como cuchillo para sajarle la espalda o los brazos, pero no podía.

Quedó desorientado cuando su enemigo lo golpeó en el rostro con el puño cerrado.

Movió la cabeza para evitar el segundo y el tercer golpe, que lo alcanzaron, aunque sin la misma fuerza.

Derjen lo sujetaba con la mano izquierda, manteniendo el abrazo, y con la derecha trataba de golpearle la cara.

Seguramente tiene una daga en el cinto. Si me deja aturdido, la sacará y será mi fin.

El capitán soltó la espada, pasó los brazos por detrás del cuello del asesino y apretó con todas sus fuerzas hasta tener la cara a media pulgada de la suya.

Entonces lo mordió en la quijada con toda la fuerza que pudo.

Cerró los dientes sobre la carne, probó la sangre y tiró hacia atrás, desgarrando la piel.

La sangre caliente se derramó sobre el cuello de Derjen y el rostro de Arjen.

El asesino aulló de dolor y gritó:

—¡Perro malditooooo!

Echó la cabeza hacia atrás para evitar que Arjen, el perro del rey, le diera un segundo mordisco.

El capitán, en ese instante preciso, en lo que dura un solo latido del corazón, con un movimiento practicado cientos de veces tanto en ocio como en ensayos de milicia, llevó la mano izquierda al cinto, desenfundó la daga y se la incrustó.

El filo entró por la parte blanda de la quijada y la punta apenas asomó por la mollera, atravesándole el cráneo.

El asesino del tulipán tosió una vez, escupiendo sangre y saliva, y cayó de lado, muerto.

El capitán se quitó de encima el peso del cuerpo y miró hacia el trono.

Ojo Blanco, ahora una monstruosidad, tenía los ojos y la boca abiertos, estupefacto.

Arjen cayó sobre una rodilla. Señaló al hechicero.

—Estás… arrestado… en el nombre del… rey.

Pero las piernas no le respondían.

Tengo que ponerme de pie.

Detrás de él escuchó:

—¡Capitán!

Miró por encima del hombro y el corazón le dio un salto de alivio. Zark y Eladán, espadas en mano, se acercaban, cojeando, sangrando.

—Juntos, capitán —dijo Zark—. Lo matamos entre los tres.

Ojo Blanco se puso de pie.

—Será otro día.

El maldito hechicero corrió —aunque cojeando— hacia la derecha, rumbo a una puerta de salida.

—¡Tras él! —gritó Arjen.

—::—

A Jarg Marjash le dolía todo el cuerpo mientras huía.

No solo el rostro se le desfiguró, sino el cuerpo entero, de modo que cada paso resultaba resbaloso, la carne de las plantas de los pies moviéndose como si caminara sobre lodo.

Abrió la puerta más cercana, la que el duque y sus allegados usaban para entrar y salir de la sala, la cerró tras de sí y echó la traba.

Eso los mantendría ocupados por un tiempo. No era una puerta reforzada, la derribarían a patadas, pero le daría margen suficiente para llegar al establo, tomar un caballo y huir al galope.

Una furia intensa le ardía por dentro. Sus planes arruinados, planes que le tomaron años de cuidadosa maquinación, destruidos por un maldito sabueso del rey. ¡Derrotado por segunda vez por el mismo perro!

Tomaría tiempo recuperarse de las heridas, pero conocía los encantamientos necesarios y los ungüentos que, junto con su magia negra, lo devolverían a la salud en pocos días.

Entonces planearía su venganza. La Sociedad del Eclipse seguía en pie, no estaba desbandada, no aún. Tendría que deshacerse de la gran abadesa, que sabía demasiado, y sin duda también del maldito capitán.

Derjen lo dejó con vida aquella vez y estuvo de acuerdo, pero ahora comprendía que fue un error estratégico monstruoso. ¿Qué habría pasado si lo mataban? Sin duda tendrían al mismísimo comandante de los sabuesos tras su pista. Pero también habrían podido lidiar con él.

Se maldijo por todos los demonios del inframundo.

No volveré a cometer el mismo error .

Corría —o lo intentaba, pues seguía tambaleante— por un corredor mal iluminado. Llegó a un salón de armas, dobló a la izquierda y alcanzó una puerta. La abrió.

Frente a él se extendía el patio exterior, con los establos a un tiro de piedra. Aún no sabía cómo convencería a los guardias de dejarlo pasar, sobre todo en ese estado.

Tendré que matarlos con un conjuro.

¿Pero tendría energía interna suficiente para hacerlo? Podría morir en el intento.

Correré ese riesgo.

Llegó a los establos completamente exhausto y apoyó la mano en el muro para descansar, pero una llaga en la palma se reventó y le arrancó un gruñido.

Entró al establo, que no estaba custodiado por soldados sino solo por el mozo, que no se veía por ningún lado. Estaba oscuro, aunque una lámpara de aceite, sobre un banquillo, iluminaba pobremente el interior.

Dio cinco pasos y se detuvo.

Frente a él, dos mujeres.

Al parecer, intentaban hacer exactamente lo mismo que él, encontrar un caballo para huir.

Reconoció a una de ellas. Era la hija del marqués, que debería estar enjaulada.

A la otra no la había visto jamás, pero vestía una túnica gris como la de la guardia de la ciudad, aunque sin cinturón de armas.

Debe ser la sargento que capturamos. Blandía un cuchillo de desollar, seguramente tomado del propio establo.

Lo miraba con terror y no la culpaba. Su rostro debía parecer salido de la peor pesadilla.

La señaló con un dedo huesudo y desfigurado y, con su mejor voz de mando, le dijo:

—Apártate, perra inmunda, o te desollaré viva.

Los ojos de ella se entornaron. Enseñó los dientes como loba salvaje, lanzó un grito y, con una rapidez que el hechicero encontró impresionante, dio un par de saltos. Antes de que pudiera alzar siquiera un brazo, ella hizo descender el filo del cuchillo sobre su cráneo.

Jarg Marjash escuchó un crac en la cabeza, el tronar del hueso.

Las piernas se le doblaron y la mujer cayó sobre él, más parecida a un demonio que a una persona.

Bajaba el brazo, lo alzaba, lo bajaba de nuevo, y el brujo, como en un sueño, veía su propia sangre, piel, hueso y materia gris salpicarle a ella el rostro, el cuello y la túnica.

La mujer agarró el cuchillo con ambas manos, tomó impulso hacia atrás, hizo descender sus brazos y, para Jarg Marjash, todo se volvió negro.