Hechizos
TRES CONTRA TRES.
Derjen atacó a Arjen, mientras que los dos guardias se fueron contra Zark y Eladán.
Jarg Marjash se sentó en la silla ducal, con una sonrisa burlona en el rostro.
El asesino montó una ofensiva feroz, cuatro espadazos cruzados y potentes que dibujaban equis en el aire. Arjen retrocedió, pero se defendió con firmeza. Notó, sin embargo, que mientras la última vez el asesino sujetó la espada con ambas manos, ahora lo hacía solo con la derecha.
Es por la herida que le hice en el hombro izquierdo. Seguramente fue una lesión profunda de la que todavía no sana del todo.
Arjen hizo una finta, seguida de un desplazamiento lateral a la izquierda, para entonces contraatacar con estocadas medias por el flanco izquierdo del otro, que era su punto débil. Lo rodeó para mantener la misma línea de ataque y dificultar la defensa de su enemigo.
Pero el asesino del tulipán era un espadachín habilidoso. Desvió dos veces y, a la tercera, lanzó un golpe seco que rompió el ritmo del capitán. Luego redobló con una estocada directa al cuello que Arjen por poco logró esquivar.
Se separaron para recuperar el aliento.
—¿Qué tal el hombro, asesino?
—No debí regresarte la espada. Debí haberte matado en ese momento.
—Perdiste la oportunidad.
—No repetiré el mismo error.
Derjen gritó de ira y giró la espada, buscando primero la rodilla, después el vientre, la muñeca, el pecho, pero cada acometida fue desviada por el filo del arma del capitán.
A su izquierda, a unos ocho pasos, el sargento luchaba contra uno de los guardias, mientras que los choques metálicos del joven Eladán se oían a su espalda.
Ojo Blanco ya no tenía la sonrisa en el rostro.
—Esto ha durado ya mucho —dijo, impaciente—. ¡Mátenlos, he dicho!
Por un fugaz instante, la cara del asesino mostró hartazgo. En una voz tan queda que Arjen apenas lo escuchó, dijo:
—Ven a ayudarnos, pues.
Entonces se alzó un grito de angustia. Eladán desarmó a un guardia y de inmediato le atravesó el pecho. El joven sabueso acudió en auxilio del sargento, que combatía cerca, y no les tomó ni la mitad de un rezo para juntos acabar con el otro.
Los ojos del asesino del tulipán se abrieron al percatarse de que ahora tenía tres contrincantes, tres espaderos habilidosos.
—Maestro… —dijo, mirando rápidamente por encima del hombro en dirección a Ojo Blanco.
Zark y Eladán corrieron en auxilio del capitán.
Ojo Blanco se puso de pie, extendió ambos brazos a los lados, gritó un conjuro y aplaudió con fuerza.
De sus manos emanó una luz blancoazulada que se extendió con la velocidad de una explosión de fuego. Arjen se cubrió el rostro con la mano extendida al frente y la esfera luminosa en expansión llegó hasta él, pero sin hacerle daño.
Sintió, más bien, un intenso dolor en el cuello que le arrancó un gruñido. Fuera de eso, el hechizo no lo hirió. Se le taparon los oídos, se le erizó la piel y un vértigo horrible por poco lo hizo caer de rodillas.
El dolor en el cuello provenía del pendiente sagrado que le obsequió la dama Gleani. «Sirve para bloquear hechizos», le había dicho ella. «¿Usted cree en eso?».
Ahora creo.
Aunque él fue protegido del conjuro, no así sus hombres. Ambos yacían en el suelo. La onda los arrojó hacia atrás con violencia y los dos permanecían inertes, con las extremidades en ángulos antinaturales y Eladán sangrando de la frente.
No. No ellos también.
Frente a él, Derjen mostraba una mueca de dolor y se tambaleaba. El conjuro lo dañó, pero aparentemente también contaba con algún artilugio de protección.
Ojo Blanco miró al capitán, sorprendido de no verlo en el suelo. El brujo ya no era la copia perfecta del duque. El hechizo también lo afectó a él. Respiraba con dificultad, un ojo se le tornó blanco y la piel del lado izquierdo del rostro se arrugó.
Jarg Marjash respiró hondo y dijo:
—Te mataré, perro del rey. De aquí no saldrás vivo. Me ha tomado mucho tiempo, y no serás tú el que lo arruine todo. Ningún artilugio de protección dura para siempre.
—¡Maestro! —jadeó Derjen, sin dejar de mirar a su oponente, con los ojos abiertos de par en par—. Mi guardahechizos es limitado, y solo tengo uno. ¡Seré herido!
El hechicero negó con la cabeza, molesto, y gritó:
— ¡Badlán est ecapsa!
Aplaudió y lo mismo ocurrió, salvo que esta vez la esfera luminosa fue más pequeña y le quemó las manos. El brujo gritó de dolor y sacudió sus manos.
La onda de expansión golpeó primero al asesino del tulipán en la espalda, arrancándole un grito de aflicción, y después alcanzó al capitán.
El dolor en el cuello fue más intenso, como si el zarcillo fuera un carbón encendido presionado contra su piel. El mareo se intensificó. Pensó que se iría de espaldas, pero logró mantenerse en pie.
El hechizo alcanzó también a los dos sabuesos caídos, arrancando de uno de ellos un gemido de dolor.
Por lo menos uno está vivo. ¡Quizás ambos! Eluvá, por favor, protege a mis hombres.
No quería perderlos. No quería a Eladán muerto. Mucho menos a Zark.
Derjen había caído sobre una rodilla y daba arcadas. La parte trasera de su manto humeó y, de pronto, comenzó a arder. La llama se extendió con rapidez.
— ¡Ahhrgg! —gritó al sentir el mordisco del fuego.
Se incorporó de golpe y, con la mano izquierda, intentó desabotonar el broche del manto, pero le fue imposible.
Los dedos le temblaban. Optó por librarse de la prenda de otro modo.
Aferró la tela por detrás del hombro y tiró hacia delante, forzando la cabeza a salir por la hendidura del cuello mientras el manto, aún en llamas, se desgarraba.
Ahora , pensó Arjen.
En el preciso instante en que la tela pasó frente al rostro del asesino y le obstaculizó la vista, Arjen se deslizó hacia el frente y lanzó la punta de la espada hacia adelante.