Revelaciones
ALANA SE ACERCÓ a la celda:
—¿Vainán, eres tú?
—Sí —le contestó una queda voz.
—Profetas, espérame, te sacaré de aquí.
—Ayúdame…
—Te ayudaré, te sacaré de aquí.
Se acercó al soldado muerto que había abierto la celda destinada para ella. En el suelo, un llavero.
Espero que sea una de estas.
El aro tenía tres llaves, grandes. Intentó insertarlas en el cerrojo, pero sin éxito.
Maldijo.
Tengo que encontrar la llave, pero ¿dónde?
La situación se pondría complicada si la llave no estaba fácilmente disponible. Solamente se le ocurría buscar más allá del pasillo.
—Volveré por ti —le dijo a la prisionera.
—No me dejes.
—No te dejaré. Volveré por ti.
Tomó la espada del otro soldado. Pesaba más de lo que estaba acostumbrada, y por eso el muerto probablemente batalló para sacarla. Pero serviría por ahora, hasta que encontrara de nuevo la suya o se hiciera de otra mejor.
Caminó hacia el final del pasillo, hacia la antorcha, con mucho cuidado de no hacer ruido. Llegó a un salón pequeño, sólo excepto por un escritorio de madera. El cuarto tenía una puerta cerrada y un pasillo abierto a la derecha. Al asomarse por el pasillo, vio más puertas.
¿Y las llaves?
Recordó, fugazmente, haber escuchado el deslizar de madera antes del tintinear de llaves.
En el escritorio vio seis cajones. Abrió el primero y —¡Siete Profetas!
— encontró varios juegos de llaves, nueve en total.
Sostenía la espada en la mano derecha y no lograría cargar todas en la izquierda.
Tras una breve duda, usó la hoja como gancho improvisado, ensartando los aros de las llaves a lo largo del acero.
Un sonido a su espalda.
El picaporte de la puerta giraba.
Maldijo para sus adentros.
La puerta se abrió dando paso a dos guardias conversando entre ellos, uno sosteniendo un cuenco con una bebida humeante, el otro terminando de contar algo gracioso.
Ella se había quedado petrificada y los guardias, al verla, se quedaron congelados también.
El que sostenía el cuenco la miró a ella. Luego miró su espada, con unos cinco aros de llaves colgados en ella. Luego a ella de nuevo, con un semblante que indicaba que todavía procesaba lo que veía, sin entenderlo del todo.
Alana inclinó la punta de la espada hacia abajo, dejando caer las llaves al suelo, las cuales hicieron un estrépito.
El soldado dejó caer su bebida y sacó su espada algunas pulgadas de la vaina cuando Alana le destrozó el rostro.
Sangre, carne y hueso salpicaron la cara del otro guardia, el cual saltó hacia atrás, blasfemando, y probablemente lamentando haber sido sorprendido tan desprevenido.
A diferencia de su ahora muerto y desfigurado amigo, éste empuñaba una delgada lanza de acero, con la que atacó.
Alana desvió la punta, batallando, porque la espada era pesada y la empuñadura larga, como para dos manos, y por supuesto no estaba acostumbrada a ella.
El hombre acometió de nuevo, lanzando el arma al frente con impulso e hiriéndola en la cadera, aunque la punta no se incrustó.
Ella gritó de dolor y rabia. Hizo descender su espada en arco diagonal, su enemigo buscó evitar el filo del acero, pero sin éxito.
La hoja se hundió en el cuello justo por encima del hombro.
El soldado lanzó un aullido de dolor. Se llevó la mano izquierda a la herida, que había alcanzado una arteria, pues arrojaba un chorro de sangre.
Un palpitar después, su corazón dejó de latir al ser destrozado por la punta de la espada de Alana.
—¡Eluvá! —dijo ella—. ¡Dios!
Sentía que el corazón se le atoraba en la garganta.
Tengo que apresurarme o vendrán más. No puedo dejar a la muchacha sola. ¡No puedo!
Arriesgar su vida por alguien más. ¿Valía la pena?
Pero actuaba por instinto.
Y su instinto decía: sálvala.
—::—
El duque de Nurani yacía en el suelo, desangrándose.
El capitán y sus hombres: espadas listas.
Arjen estaba atónito. Todo sucedió muy rápido.
Además del noble muerto, dos guardias yacían tirados también, sin vida. De los cuatro guardias, dos eran traidores, pues al mismo tiempo que el duque era apuñalado, ellos acuchillaron por la espalda a sus compañeros de guardia.
El mayordomo le dijo a Ojo Blanco:
—Está hecho, maestro.
Ojo Blanco asintió, satisfecho.
Arjen reconoció la voz del mayordomo. Ese timbre inconfundible. Era el asesino del tulipán, el heraldo. Era un hombre de tez cobriza, barba negra y ojos inteligentes. Bien parecido y fornido.
El viejo del ojo blanco sonrió:
—Me encantaría tener un espejo para que vieras tu cara, capitán.
—Lo… mataste.
—¿Qué, a quién, a él? —dijo, apuntando al noble con el mentón—. Solo aceleré lo que eventualmente haría. Ya no lo necesito.
—¿No lo necesitas? ¿A quién demonios pondrás en el trono?
—A mí, por supuesto.
Al decir eso, Ojo Blanco murmuró unas palabras en algún lenguaje desconocido para Arjen.
Eladán lanzó un juramento y Zark dio un paso hacia atrás, cosa nada común en él.
No podían creer lo que veían.
Ojo Blanco mutó frente a ellos. La quijada le tronó, el cabello blanco se hizo negro y pareció recogerse en el cráneo. Los ojos le cambiaron de color, la nariz se rectificó, los dientes cambiaron de forma.
Momentos después, tenían delante de ellos a un gemelo perfecto de Sedne Aduli.
—¡Doriatán! —dijo el joven Eladán.
—¿Qué, capitán, no me reconoces?
Arjen no respondió. ¿Reconocerlo? Acababa de transformarse en el mismísimo duque. Incluso su voz sonaba casi igual, quizá ligeramente más grave.
—No me viste de cerca aquella vez. Estuviste próximo a detenerme, y mataste despiadadamente a muchos de mis hombres, pero yo y mi lugarteniente escapamos. Aunque una piedra, lanzada por una honda, me dejó el ojo inservible.
—No… —dijo Arjen. ¿Podía ser?—. Jarg Marjash —dijo.
El «duque» sonrió.
—Ah, veo que se refrescó tu memoria. Te presento a Derjen, mi lugarteniente, el heraldo, a quien entiendo apodan el asesino del tulipán.
El capitán seguía incrédulo. Jarg Marjash. El «metamorfo». Herido en el rostro (en el ojo ahora blanco) en la batalla de Alimond. Hechicero principal de Sar Glodiaga.
Así que ese era el plan. Poner al mismísimo hechicero principal del imperio enemigo en el trono de la ciudad real de Tresden.
Arjen miró el cuerpo del duque y dijo:
—¿Lo sabía? ¿Sabía el duque que trabajaba para el imperio enemigo?
—¡Por supuesto que no! Para él, la Sociedad del Eclipse era un grupo de personas interesadas en un cambio en el trono.
El duque era ambicioso. Pensaba que, con suficiente dinero y apoyo, llegaría a la corona.
La Sociedad era un medio para ese fin. No sabía que el emperador está detrás, que yo estoy detrás.
—Mataron a mujeres inocentes para presionar a miembros de la nobleza.
—Sí. Usamos al duque para elegir nuestros blancos.
Presionamos, y la mayoría cedió. Pero los que no…
pues, ¿qué puedo decir? A veces hay que tocar aquello que es más preciado.
Difícilmente un padre se resiste cuando una de sus hijas muere.
Y para que supieran que la Sociedad estaba detrás, les dejábamos un pequeño regalito: un tulipán negro. Un símbolo que reconocieran.
—¿Y tú te encargabas de hacer el trabajo sucio? —preguntó el capitán al hombre llamado Derjen.
—El trabajo sucio no, capitán. El trabajo necesario —contestó el asesino.
—¿Incluyendo deshacerse del viejo mago Ramdán?
—Un charlatán ambicioso —dijo Ojo Blanco—. Al principio fue un peón útil, hasta que empezó a traficar con información que no le pertenecía. Así que tuve que visitarlo junto con Derjen y asegurarme de que no volviera a hablar.
—¿Por qué me dejaste vivir? —le dijo al asesino del tulipán—. Pudiste matarme.
—Me confundes, capitán. No soy un asesino como lo tienes preconcebido en tu cabeza. Tan solo soy un heraldo, aquel que comunica la venganza de nuestro pueblo.
—Sí, te pudo haber matado —dijo Ojo Blanco—, pero ¿qué habría logrado con eso? Que los perros del rey comenzaran a husmear a nuestro alrededor.
—Te dimos una oportunidad y la desperdiciaste, capitán.
—Esa oportunidad expiró —dijo el hechicero—, y ahora tendrás que morir con tus hombres, como fuiste advertido.
—¿Dónde está la sargento?
—Pronto te acompañará en el viaje eterno.
—Mi muerte no servirá de nada, hechicero. La gran abadesa sabe de la conspiración y acabará contigo.
—Yo me encargaré personalmente de ella —dijo Jarg Marjash—. Es una mujer blasfema, adoradora de un dios falso. Morirá ella y morirá también la princesa.
Arjen se estremeció. Así que quiere matarla, pensó.
—Después mataré al rey —continuó el hechicero—. Y yo ascenderé al trono. Sentado yo en la silla, el imperio renacerá. Tresden caerá, y Ragidán gobernará todo.
—Sobre mi cadáver —dijo el capitán entre dientes.
—Me parece bien, capitán. ¡Guardias! ¡Mátenlos!
Los guardias, además de Derjen, se abalanzaron sobre ellos.