Dagas y demonios
—CAPITÁN —DIJO ZARK, preocupado—. ¿Cuál es el plan?
—El plan es entrar y enfrentar al duque, a ese maldito hijo de Doriatán. Él tiene a Vainán.
—Solo espero que la información de la gran abadesa sea fidedigna.
—No tengo razón para dudar. Tiene a los mejores espías del reino.
—Debimos haber consultado con ella antes.
—No teníamos una razón específica para hacerlo.
—Cierto.
Frente a ellos, la fortaleza del Hexágono. Habían cabalgado una legua hasta allí, dejando a los dos cabos encargados de recoger el cuerpo de Traco y regresarlo al cuartel. Solo los acompañaba Eladán.
Arjen se sentía furioso . Intentaba calmarse, pues las manos le habían estado temblando por la ira. Le dolía la quijada por tanto crujirla.
Traco, muerto. ¿Cómo era posible?
Uno más que pierdo. ¿Cuántos más he de perder antes de yo mismo sucumbir a la muerte?
—Es él, sargento. El duque está detrás de esto. Lo puedo sentir en la tripa.
—¿Será él el asesino del tulipán? ¡Eso sería una completa locura!
—Cuando lo vea, lo sabré. Por su voz. Por su presencia.
—Sí… —respondió el sargento primero—. Pero si acusamos al duque de ser un traidor, de ser el autor de la conspiración, de ser un asesino, ¡nos denunciará como lunáticos! Podríamos terminar en el calabozo.
—Escucha, sargento —le dijo el capitán—. Traco está muerto, y Alana desaparecida. Quizás muerta, también. Se nos acaba el tiempo. Debemos, por lo menos, enfrentarlo.
—Podríamos regresar después, con más gente.
—No hay tiempo.
Es lo prudente, sin embargo. ¿Estaré cometiendo un grave error? ¿Estaré llevando a Zark y Eladán a la tumba?
Quizás la ira no lo dejaba pensar con claridad.
—Veamos lo que podemos averiguar —continuó el capitán—. Y si la cosa se pone caliente, nos vamos y regresamos con más hombres de la tropa.
Momentos después los dejaban entrar a la fortaleza, habiéndose presentado como sabuesos del rey que solicitaban audiencia inmediata con el duque de Nurani.
Cruzaron los tres el gran patio exterior, anonadados de la grandeza de las murallas. Desde las torres eran vigilados no solamente por soldados de la guardia personal del duque, sino también por cuervos negros cuyos ojos, del mismo color, parecían brillar de expectativa.
—Pájaros de mal agüero —dijo Zark.
Quiera Eluvá permitirnos salir de aquí con vida.
Llegaron a la torre interna, donde un guardia les pidió esperar. Arjen contó por lo menos una docena de guardias hasta ese momento, sin contar los que estaban apostados en la cima de la muralla.
No mucho tiempo después, el mismo guardia regresó:
—El duque de Nurani los espera.
Fueron conducidos por los pasillos de la torre, que era en realidad una fortaleza. Un lugar lúgubre, frío y, puesto que pocas antorchas estaban encendidas, oscuro.
No parecía un palacio ducal, sino una fortaleza en tiempos de guerra.
Sin embargo, había escuchado que al duque le gustaba preparar espléndidos banquetes que rivalizaban con los del rey. Ahora pensaba que quizás esas fiestas eran eventos de reclutamiento, si efectivamente el duque estaba planeando quedarse con el reino.
Pero ¿cómo podía ser así? Sedne Aduli era un héroe de guerra, conocido por su valentía y su lucha encarnizada contra el imperio enemigo. ¿Cómo podía estar siendo usado por la Sociedad del Eclipse, si esta sociedad estaba bajo la influencia del emperador?
Lo único que podía imaginar es que Sar Glodiaga, ese maldito de Eluvá, era el titiritero detrás de todo.
Finalmente llegaron a la entrada del salón regio, un gran salón largo y rectangular.
Probablemente allí se llevaban a cabo los banquetes, pero en ese momento no había mesas ni sillas.
La luz entraba diagonalmente por grandes ventanales en la parte superior de la pared izquierda.
Del techo colgaban estandartes. Arjen notó que todos eran de la provincia de Nurani y sus casas, y ninguno de Tresden o de la casa Orgen, a la que pertenecía el rey.
—Adelante, soldados —se escuchó la voz desde el otro extremo, donde el duque esperaba sentado en una silla grande, como si fuera un trono, sobre una tarima de piedra.
Caminaron hacia él.
—Este hombre ya se cree el rey —susurró Zark, cuidando que su voz no pudiera ser oída por el noble.
Sedne Aduli tenía la presencia de un grande. Era fornido, bien parecido, y vestía una túnica roja con capa blanquísima.
Si en lugar de esa túnica se pone un gabán negro, podría ser el asesino del tulipán. Sí… es él. Maldita sea.
Aduli no estaba solo. Cuatro soldados de la guardia lo custodiaban, dos a la izquierda y dos a la derecha, al pie de la tarima.
Además de los soldados, otras dos personas acompañaban al duque, de pie.
A su izquierda, como a cinco pasos de distancia, uno vestido con una túnica similar a la de un mayordomo, excepto que la túnica tenía capucha y, al traerla puesta, le oscurecía el rostro.
El hombre era ligeramente jorobado y tenía el pie izquierdo torcido hacia adentro.
A la derecha, más cerca, un hombre de piel arrugada, pero no podría decirse que era un viejo. Nariz aguileña, mentón partido, calvo. Además, tenía un ojo blanco.
Recordó que la dama Gleani había visto por la ventana a cuatro hombres: su propio hermano; Ojo Blanco; un encapuchado (seguramente el mayordomo); y a un cuarto hombre que pensó reconocer, seguramente el duque.
Arjen miró a Zark, quien a su vez miraba a Ojo Blanco.
—Tenía usted razón, capitán —dijo el sargento primero.
Allí tenían delante de ellos la evidencia.
—Bienvenidos al Hexágono —dijo Sedne Aduli.
—Gracias, señor duque —respondió el capitán.
—Cuando me dijeron que Arjen Dabidji y Zark Sedare, los famosos sabuesos del rey, estaban en la puerta de mi castillo, sin anuncio previo de audiencia, no pude evitar acceder. No todos los días me visita un soldado célebre, ¿eh, capitán?
—Agradecemos que nos dejara venir ante su presencia, señor.
Arjen intentaba contenerse. Quería desenvainar y partirle la cara de un sablazo.
—De haberme avisado con anticipación, les habría preparado alguna comida.
—No es necesario, señor duque. No es el motivo de nuestra venida.
—Lo cual me llena de curiosidad, capitán. ¿Qué razón podría haber para que Arjen Dabidji, capitán de los sabuesos de Su Majestad, me visite un día como hoy?
—Quizás sería mejor venir después —le susurró Zark al oído—. Traer todo un escuadrón.
—Si tienen algo que decir en mi presencia, díganlo en voz alta —dijo el duque, irritado—. Nada de cuchichear.
—Duque, le daré la oportunidad de venir con nosotros al cuartel de los sabuesos, para dar razón de sus actividades ilícitas. Si se rehúsa, vendremos de nuevo, pero con un batallón entero.
Aduli sonrió:
—Se necesitaría más que un batallón para sacarme de aquí, capitán. Ni el rey mismo podría hacerlo.
—Yo no estaría tan seguro, duque.
El duque sonrió:
—¿Y de qué se me acusa?
—De sedición en contra del reino. De planear el derrocamiento del rey. De… asesinato.
—¿Yo? —Lanzó una carcajada larga—. ¡Qué absurdo!
—Sabemos que la Sociedad del Eclipse está detrás. Y que él —dijo, apuntando al hombre del ojo blanco— es uno de los principales arquitectos.
—Maese Delgesh —dijo el duque, señalando a Ojo Blanco con el pulgar— no es más que uno de mis consejeros.
—No hay razón para fingir, duque. Sabemos que la Sociedad ha estado matando a mujeres a lo largo de la ciudad con el propósito de presionar a ciertas personas para alinearse con los designios del Eclipse.
—¿Y qué propósito podría ser ese?
—Cambiar al que se sienta en el trono.
—¿Cambiarlo por quién, capitán?
—Por usted, duque.
—¿Por mí? ¡Yo soy leal al reino!
—¿Sí?
—¡Por supuesto! ¡Debería cortarte la lengua tan solo por sugerir lo contrario!
—Si eso es verdad, ¿por qué tiene presa a Vainán, hija del marqués de Layún?
Esa declaración tomó al duque por sorpresa. Entornó los ojos y miró en dirección de su mayordomo. Luego regresó la mirada al capitán.
—No hay evidencia.
—Si no la hay, exijo ver los calabozos.
—Capitán —dijo el sargento Zark, con mirada preocupada—, quizás no sea el momento para descender a los calabozos…
Arjen lo ignoró. Le hervía la sangre.
—Su culpabilidad está comprobada. Tengo aquí —dijo, sacando un pergamino enrollado de sus túnicas— una carta de la gran abadesa, sellada por ella misma, acusándolo a usted de traidor al reino.
—¡Imposible! —rugió el duque, poniéndose de pie. Chascó los dedos, y uno de los soldados se acercó, tomó el rollo y lo entregó..
Aduli rompió el sello y leyó. Sus ojos se abrieron, luego se entornaron. Su cara se volvió roja y una vena le pulsó en la frente.
Arrugó el pergamino, lo lanzó al suelo y gritó:
—¡Esto es una blasfemia! ¡Mentiras!
—La gran abadesa de la Hermandad lo acusa. ¿Sabe lo que sucederá cuando esto llegue a juicio?
Por supuesto que el duque lo sabía. Significaba que lo colgarían como un traidor, lo cual conllevaba la pena capital. Podría defenderse, pero la palabra de la gran abadesa tenía muchísimo peso, y era ella quien lo acusaba.
Esa carta era el farol. Y todo indicaba que el duque había caído.
—Puede venir conmigo por su propia voluntad, duque, o regresaré por usted. Tengo espías alrededor del Hexágono. Nadie podrá entrar o salir.
El noble respiraba como un toro enojado, y los ojos parecían salírsele de las cuencas.
—¡Soy un héroe de guerra! ¡Esto no son más que mentiras! ¡Mi gente me defenderá!
—Nunca defenderán a uno al servicio del emperador.
—¿Del qué…?
—La conspiración ha sido descubierta, duque. ¡Vas a colgar!
—Largo de aquí. Retírense de mi presencia, ¡inmediatamente!
—No nos iremos sin mi sargento. Más te vale que no la hayas matado, hijo de Doriatán, porque te juro por el Viviente que te destriparé aquí mismo.
—¿Cómo te atreves a llamarme un hijo de…? ¿Quién eres tú para hablarme así? ¡No eres más que un perro! ¡Guardias, sáquenlos de mi presencia!
—No —dijo Ojo Blanco.
Hubo un silencio. Todos miraron al anciano; incluso los guardias, que no se movieron de su puesto.
—¿Qué? —dijo el duque, extrañado.
—No pueden irse los sabuesos —dijo Ojo Blanco. La voz era clara, segura, grave—. Deben morir, en este momento, frente a nosotros.
—Soy un duque de Tresden —le contestó Aduli—. No puedo simplemente matar a tres sabuesos del rey. Eso sellaría mi sentencia de muerte.
Pero Ojo Blanco negó con la cabeza y reafirmó:
—Deben morir frente a mí. Es una orden.
Arjen, Zark y Eladán tenían las manos al costado, listos para desenvainar. Pero ningún guardia se movía todavía, aunque miraban la escena con ojos de duda.
—¿Y tú quién demonios crees que eres? —vociferó Aduli—. ¡Este es mi castillo! ¡Cierra el hocico, anciano enfermo! Eres mi consejero, que no se te olvide. ¡Me sirves a mí!
Ojo Blanco dirigió su mirada al mayordomo encapuchado:
—Es hora —le dijo.
El mayordomo, entonces, sufrió una especie de transformación frente a sus ojos.
Desenvainó una daga larga y cruzó rápidamente los cinco pasos que lo separaban del duque.
Su joroba había desaparecido, el pie ya no lucía torcido y, al caerse la capucha sobre los hombros, reveló a un hombre de cabello negro, barba del mismo color y ojos oscuros.
—¿Qué demonios…? —dijo el duque al verlo aproximarse. La expresión extrañada del noble cambió a una de estupefacción cuando el mayordomo le incrustó la daga en el corazón.