Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Presa
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Presa

ALANA SOÑABA QUE había sido capturada por soldados del Eclipse. En su mente vagaban imágenes del sargento Traco blasfemando antes de que el asesino del tulipán le atravesara el pecho con la espada.

Después, en ese mismo sueño, o en otro —no estaba segura—, la metían en un carromato, cubriéndola con una sábana. Escuchaba el golpeteo de los cascos de los caballos y reconocía el vibrar del carruaje. ¿Adónde la llevaban? No tenía idea. Era un sueño, de todos modos.

Repentinamente alguien la tomaba por las axilas para levantarla, pues ella no podía mantenerse en pie por la sencilla razón de que seguía soñando.

—¿Sigue sin conocimiento? —escuchó una voz lejana y grave.

—Sí, mi señor —respondió alguien muy cerca de ella, hablando en su oreja—. La golpearon fuerte.

—Llévenla entre los dos al calabozo, a la celda contigua a donde está la prisionera.

—Lo haremos. ¿Avisamos a la guardia del duque…?

—No, de eso me encargo yo.

Momentos después, estaba casi segura de que estaba siendo cargada por dos personas, dos hombres a juzgar por su terrible olor.

Tengo que despertarme.

—Está bonita —dijo uno de sus captores—. Quizás antes de dejarla en el calabozo podamos, eh, disfrutarla un poco.

—Olvídate. Si el jefe se entera…

—¿Qué? ¿Nos matará? ¿Y por qué? Es nuestra prisionera.

—No es nuestra prisionera. Es prisionera de él. Sigamos sus instrucciones al pie de la letra y punto. Ya sabes de lo que es capaz.

—Por lo menos manosearla. Nunca lo sabrá.

¡Debo despertar!

—Mejor deja de hablar y ayúdame, que está pesada.

—¿Por qué no le quitamos el manto?

—Olvídate del manto.

—¿Revisamos que no tuviera más armas ocultas?

—Yo revisé. No tiene.

—¿Ni en la bota?

—No.

—¿En el pecho? Déjame cerciorarme…

—¡Mejor ayúdame, hijo del infierno!

Para Alana, todo se volvió negro y borroso.

Su mente se aclaró al recibir un fuerte golpe en la cabeza.

—¡Ten cuidado, estúpido! ¡Mira, le abriste la frente! —dijo la voz de su aprehensor.

—Pues está pesada, y no veo bien. Está muy oscuro.

—Es el calabozo. ¿Cómo no va a estar oscuro? ¿Qué querías, unos candelabros colgados del techo? Además, hay una antorcha más adelante.

El otro lanzó un juramento.

Tengo que despertarme. No estoy soñando. ¡Esto no es un sueño!

La siguieron cargando, sus pies arrastrando el suelo.

Iba recuperando la conciencia. Ya podía sentir la sangre que le bajaba por la sien debido a la herida que le acababan de hacer.

Entonces se detuvieron. Escuchó el ruido del deslizar de madera, luego el tintinear de llaves.

Siguieron andando unos veinte pasos más y, de nuevo, sus secuestradores se detuvieron.

—Abre tú la celda —dijo uno, a su izquierda—. Yo la cargo.

—Déjala caer, ¿qué importa?

—¡Abre la celda ya!

El segundo se retiró y escuchó Alana un cerrojo viejo, oxidado. Ahora solo uno la cargaba, tomándola fuerte por las axilas, aunque batallando.

Alana abrió los ojos.

Eluvá, ayúdame.

Cerró el puño y con todas sus fuerzas le dio justo en los labios al que la cargaba. El hombre gritó, soltándola y llevándose ambas manos al rostro. Alana lo pateó entre las piernas y el hombre cayó al suelo, doblando las rodillas hacia adentro.

Detrás de ella, un grito de sorpresa. Se dio la vuelta para ver que su segundo secuestrador se acercaba a ella con una daga que acababa de desenvainar.

—¡Maldita pe…! —gritó el hombre, lanzando la punta hacia el frente, con el propósito de abrirle el estómago.

Aunque todavía se sentía mareada, la situación la había despertado, su corazón enviando sangre a la cabeza. Ella esquivó la daga y le dio una patada en el estómago, después un puñetazo en la quijada y, finalmente, hizo descender su codo sobre la nuca del soldado, que cayó al suelo.

Recogió la daga y, sin perder tiempo, se la clavó en el cuello tres veces, el hombre retorciéndose, mortalmente herido, sonidos extraños saliendo de su garganta. Luego fue con el otro, que por el dolor no había logrado ponerse de pie del todo, pero intentaba desenvainar su espada.

El soldado, al ver la muerte en los ojos de ella, extendió su mano izquierda al frente y le dijo:

—¡Espera! ¡Espera!

Alana le incrustó la daga en el pecho, la sacó y la volvió a introducir en el vientre dos veces, escuchando de cerca el grito ahogado del soldado, que se desplomó.

Estoy viva , pensó. No sé cómo, pero sigo viva.

Y vaya que se sentía viva. Temblaba, pero no de miedo, sino porque la sangre le circulaba por todo el cuerpo.

Miró a su alrededor. Sí, estaba en un calabozo que era pobremente iluminado por una antorcha al final de un túnel cavernoso y no tan largo.

Tengo que salir de aquí. Y rápido. Antes de que vengan más soldados. ¿Dónde está Traco? ¿Estará… muerto?

Un destello de la escena en su mente: Traco abalanzándose contra el asesino del tulipán, gritando maldiciones y levantando la espada.

Antes de llegar a su objetivo, una flecha se le incrustaba en el hombro y una segunda en el muslo, haciéndolo trastabillar y caer de rodillas.

Ella gritaba, diciéndole a Traco que esperara, que no se moviera, pensando que quizás no los matarían, que habría misericordia.

Pero Traco no prestaba atención y, a pesar de sus heridas, se ponía de pie.

Estuvo a punto de llegar a su objetivo cuando una tercera flecha entró por sus costillas.

Cayó de rodillas. El asesino se acercó, con espada en mano.

Traco levantó la vista, desafiante, una sonrisa burlona en sus labios:

—Tus días están contados, maldito hijo de los infiernos.

—Cállate, perro —le respondió el de negro, y le atravesó el corazón.

Luego alguien la golpeó en la cabeza y perdió el conocimiento.

Al recordarlo todo, el estómago se le constriñó.

Si no escapaba de allí, y rápido, la matarían también, o quizás la dejarían presa en ese calabozo.

Presa del asesino del tulipán. ¡Por Eluvá!

Escuchó entonces una voz, apenas audible:

—Ayuda…

—¿Quién es? —preguntó la sargento.

—Ayúdame.

La voz venía de una celda oscura. Era una voz femenina.

—¿Quién eres? —preguntó Alana.

—Vainán —susurró la voz, apenas audible.

Siete Profetas. ¡Es la hija del marqués!