La silueta y el manto
CABALGABAN DE REGRESO al cuartel.
Arjen se sentía como en un sueño. Ni siquiera miraba a su alrededor. Montaba, con la cabeza dándole vueltas, con pensamientos atravesados y algunos incoherentes.
«¿Regresarás, capitán?». Dios mío . ¿Realmente la princesa le había dicho eso? Todo este tiempo pensó —estaba completamente seguro— que la chispa entre ellos había sido una completa infatuación.
¡Enamorarse de una princesa, vaya estupidez! ¿Qué acaso era un personaje de las fábulas que narraban los cuentahistorias en los circos ambulantes? El joven príncipe que rescataba a la princesa del dragón y terminaban juntos, felices por el resto de sus vidas.
Excepto que no soy ni joven ni príncipe. Soy un perro viejo, un siervo del rey.
Sin embargo, aquí estaban, todos estos años después, y ella todavía anhelaba verlo, por lo menos una vez más. ¿Se cumpliría?
¿O voy marchando hacia mi muerte?
Trataba de concentrarse en el caso pero, al mismo tiempo, su conversación con la princesa no le permitía razonar con claridad.
Piensa, Arjen, piensa bien tus próximos pasos.
Estaban cerca de llegar al río Naret, que les era necesario atravesar para llegar hasta el cuartel, cuando se detuvieron en una taberna, pues era casi mediodía y tenían hambre.
Se detuvieron en un mesón con fonda y les sirvieron un estofado de lentejas y carne, un pedazo de pan, una rebanada de queso y una jarra de aguamiel.
Comieron en silencio, pero Arjen sentía las miradas furtivas que le lanzaba su sargento.
—¿Qué me quieres preguntar, Zark? —le dijo.
El sargento levantó las cejas. No con frecuencia lo llamaba por su nombre. No se lo había dicho con un tono de enojo, sino de amistad.
—No sé ni qué preguntar, mi capitán. Si yo me siento estremecido por lo sucedido en nuestra visita al templo, cuánto más usted.
Arjen asintió.
—Alguien soltó la sopa, sargento, sobre la ubicación de la dama —dijo, pues no quería mencionar ni su nombre ni que era la princesa. Aunque había poca gente todavía en la fonda, uno nunca podía ser demasiado cuidadoso con estos temas.
—¿Pero quién se atrevería a hacerlo? De eso sabíamos muy pocos. El rey Aiván II, pero ya está muerto. ¿Nuestro rey actual?, lo dudo mucho. La gran abadesa, tampoco. Nosotros, menos. ¿Alguno de los nobles sabría?
—No tengo idea —respondió el capitán—. Unos cuántos en el consejo real podrían haberlo sabido.
—¿Y si fue alguien del monasterio?
—¿Del templo redondo?
El sargento se encogió de hombros:
—¿Por qué no? Si fuera así, la abadesa nunca lo admitiría.
—No lo haría, no conmigo —confirmó Arjen.
—¿Y por qué querrían a la princesa?
—Matarla, capturarla, quién sabe. Hay que atrapar a ese maldito asesino del tulipán y cerciorarnos de que ese plan, sea cual sea, nunca se concrete.
—¿Qué sigue, capitán?
—Iremos al cuartel, tomaremos al resto del escuadrón y visitaremos al duque de Nurani. —Le resumió su conversación con la abadesa, incluyendo la sospecha de que el Imperio estaba detrás de la Sociedad. Zark maldijo al escuchar, sus ojos bien abiertos y con una sombra de temor en ellos.
El capitán le dio un trago a su aguamiel. Dijo:
—Varias cosas me parecen claras. Todo apunta a que el asesino del tulipán es parte de algo más grande: la Sociedad del Eclipse. Esta Sociedad está matando a mujeres nobles con el propósito de presionar a personas clave.
—Quizá para que den información, o para que se unan a la Sociedad, o quién sabe qué otras razones.
—Exacto, sargento. La Sociedad no es un grupito indefenso, es una pequeña milicia bien organizada. Ese hombre, al que llamaban Ojo Blanco, es uno de los líderes.
—Lo peor de todo es que, de acuerdo con la gran abadesa, detrás de la Sociedad están ni más ni menos que esos malditos ragidianos.
—Así es. La Sociedad busca derrocar al rey no solamente para poner un monarca afín a sus propósitos, sino a los propósitos del emperador Glodiaga.
—Si la gran abadesa piensa que el duque de Nurani está involucrado —dijo Zark—, o que es una de las principales fichas en este tablero, o peor aún, que es el principal traidor, debemos investigarlo inmediatamente.
—Indudablemente, sargento. Ese será nuestro próximo paso.
—¿Dónde lo encontraremos?
—El primer lugar al que debemos ir es al Hexágono, su fortaleza en la ciudad.
—¿Nos dará audiencia?
—Si está allí, pienso que sí. El duque es un héroe de guerra y seguramente habrá oído de mí.
—Todos han oído de usted, mi capitán.
Arjen ignoró ese comentario, pues siempre le incomodaba pensar en su fama, fuera modesta o no.
—Solo que tengamos cuidado. Ese castillo es imposible de penetrar, o de salir.
—Podría convertirse en nuestra tumba —dijo Zark, sombrío.
—Por eso hay que ir con el escuadrón completo. Lo pensará dos veces antes de hacernos algo, si estamos todos.
—¿Y cuál sería el plan? No podemos simplemente preguntarle si es un traidor.
—Estoy pensando, sargento. Quisiera tener más tiempo para idear una estrategia, pero si algo no tenemos, es tiempo.
Salieron de allí y reanudaron la cabalgata. Al llegar al cuartel se encontraron con que Traco y Alana habían salido a seguir una pista. Eladán les enseñó las dos hojas de pergamino con el mensaje y el mapa.
—¡Siete Profetas! —exclamó Zark—. ¡El asesino se nos ha adelantado!
Pero el capitán no estaba tan seguro. Examinó cuidadosamente el pergamino. Todo indicaba que era real. Incluso el sello.
—Algo no me gusta de esto, sargento —dijo—. Algo me huele mal.
—¿A qué se refiere? —le preguntó el joven Eladán.
—No sé. Tengo un mal presentimiento. Vayamos, sin perder tiempo.
—¿Amaret y Lendo? —preguntó Zark, pues estos seguían vigilando el castillo.
—Mandemos un mensajero a buscarlos. Que nos vean en este punto y, si no estamos allí, que vayan directamente al castillo del duque de Nurani.
Eladán, quién ya tendría tiempo para hacer preguntas, se apresuró para dejar ese mensaje encargado con un corredor.
Después de eso salieron los tres a caballo, junto con otros dos cabos que servirían como apoyo; cinco en total.
Cabalgaron en dirección al condado vecino del norte, hacia donde Traco y Alana habían ido.
Llegaron.
—Mire eso, capitán —dijo Zark, apuntando al cielo.
Una pequeña parvada de cuervos circulaba el cielo como a un cuarto de milla, hacia el interior del sector.
Sintió angustia en el corazón.
No es buena señal .
Se dirigieron allí con las manos sobre el pomo de las espadas.
Tenía el presentimiento de que eran observados, pero no veía ojos espías, excepto algunos ciudadanos que, de cuando en cuando, los miraban. Era gente en extrema pobreza, andrajosa y sucia.
Fueron avanzando por calles y callejones, hasta doblar una esquina y, frente a ellos, apareció una pequeña plaza. Los cuervos daban vueltas por encima de ella.
En medio de la plaza, un objeto que no distinguían porque estaba cubierto por un manto. La silueta era de un cuerpo humano.
—Eladán —dijo Arjen, mirando a su alrededor; era el lugar perfecto para una emboscada—. Ojo aguzado.
—Sí, mi capitán —respondió.
Arjen se agachó, tomó el manto y descubrió lo que había debajo.
— No… —dijo Zark.
Arjen sintió como si le hubieran atravesado el corazón.
Era el cuerpo muerto del sargento segundo Traco.