Secretos
CUANDO SALIÓ DEL jardín y se encontró con el sargento Zark y la anciana monja que lo acompañaba, el corazón del capitán seguía latiendo con fuerza.
Zark notó algo en su rostro.
—¿Una pista, mi capitán?
—Eso parece, sargento. Será mejor ponernos en marcha.
—Síganme —dijo la monja.
Los condujo de nuevo por salones, escaleras y pasillos, pero el capitán se percató de que tomó una ruta diferente, posiblemente para confundirlos. Era bien sabido que la Hermandad del Ojo Sagrado era celosa de su privacidad.
Atravesaban un hermoso cuarto de estudio, con chimenea encendida, ventanas altas a la derecha que estaban cerradas y con elegantes cortinas que evitaban la entrada de luz.
Además, lucía libreros en toda la pared izquierda, una mesa central y varios sillones.
El lugar estaba más bien a oscuras, excepto por la luz oscilante que lanzaban las llamas.
La anciana monja se detuvo.
Arjen iba tan sumido en sus pensamientos que por poco choca contra la espalda de ella.
A unos diez pasos frente a ellos, en una esquina, había una silueta.
—¿Mi señora? —dijo la anciana monja, dirigiéndose a la silueta.
La voz que respondió fue una que el capitán reconoció. Dijo:
—Un cuarto de hora con el capitán.
—Pero… —dijo la anciana, trepidante—. Yo no creo que…
—Por favor, hermana. ¿Me lo negará?
Un silencio.
Luego la anciana asintió. Miró por encima del hombro y dijo:
—Sargento, sígame. Esperaremos justo fuera.
Zark y ella salieron, cerrando tras sí la puerta de madera.
Arjen escuchaba la sangre tamborileándole en los oídos. Le faltaba un poco el aire. Le cosquilleaba el estómago.
La silueta caminó hacia él, hasta estar frente a frente. Era la monja que había estado detrás de la gran abadesa. Ella se llevó ambas manos al rostro y se quitó el velo que le cubría todo menos los ojos.
Arjen se hincó y dijo:
—Princesa.
—De pie, capitán —le dijo ella, y le extendió la mano derecha. Arjen la tomó —suave— y rozó sus labios en los nudillos.
—Estás temblando, capitán.
Es un milagro que no me haya desmayado .
—No pensé —dijo él— que la vería.
—La gran abadesa no lo sabe. No me lo permitiría. No lo creo.
La princesa Nadina de Orgen lo miraba con unos ojos que más bien parecían dos esmeraldas. Arjen no pudo evitar bajar la vista para ver los finos labios que habían sido dibujados por la mismísima mano de Eluvá.
—Princesa, le pido perdón. Juré no volverle a ver. Pero yo…
—Doy gracias a los Profetas que rompiste el juramento, capitán.
—Aunque no lo rompí, eh, estrictamente hablando —balbuceó—. Había una, ¿cómo se dice?, excepción al juramento.
Sus ojos brillaron.
—Lo sé, capitán. Es cierto.
—No fue mi intención contradecirle…
Ella puso la palma de su mano en su pecho:
—Tranquilo, capitán Dabidji.
¿Tranquilo? ¡Siento que mi alma está por abandonar mi cuerpo!
—Es la voluntad de Eluvá que estés aquí —prosiguió ella—. Aunque hice voto, mi alma está ligada a la tuya desde aquella vez…, desde aquella noche.
Sintió que le ardía la cara, y agradeció que la luz era tenue. Sin embargo, la princesa era una mujer observadora y sabía lo que sus palabras causaban no solamente en su piel, sino en su espíritu entero.
Aquella noche. Aquella noche que, por más que hubiera intentado olvidar, le era imposible. Era su secreto. Su más grande lamento. Su más grande gozo.
—Han pasado ocho años, capitán —dijo ella, regresando su mano al costado—. ¿Tan rápido?
—Simplemente no lo puedo creer.
—Sigues igual.
—¿Igual? Usted, mi princesa, es exactamente la misma dama que dejé aquí en ese entonces. ¿Yo? No, yo soy otro. Más arrugas, más canas.
—¿Más cicatrices?
—Muchas más.
—¿Dónde?
—Por todo el cuerpo.
—¿Me dejarías verlas?
—Si vuestra merced lo pide. No le negaría nada, nunca. Lo sabe.
Ella sonrió:
—Algún día… pronto.
Quería preguntarle cuándo, pero no se atrevió.
Ocho años atrás, la princesa Nadina fue enviada por su padre, el rey, en una misión diplomática secreta al norte inexplorado.
«Inexplorado» era una palabra no del todo acertada, pues sabían bien que era tierra de monstruos y de tribus nómadas.
Entre esas tribus estaban los juaranos, un pueblo guerrero con el cual el reino mantenía relaciones políticas muy deterioradas.
El rey envió a su hija con un propósito principal: pedir ayuda militar.
El ejército ragidiano no se esperaría un ataque desde el norte, y mucho menos por los juaranos.
La princesa, sin embargo, era muy religiosa desde pequeña, y había recibido visión de Dios llamándola a la devoción completa. Su padre no se lo había permitido, aunque Los siete libros eran claros: ningún padre, ni siquiera el rey, podía negarle a un descendiente el deseo de hacer votos.
Así que la princesa accedió a la petición del rey con una condición: que al terminar con la misión asignada se le permitiera unirse a la Hermandad del Ojo Sagrado. El rey, desesperado por asegurar la victoria, accedió.
Entonces sucedió una terrible tragedia. La princesa fue capturada por las fuerzas armadas de Ragidán cuando atravesaba la provincia de Anumá, casi por salir del reino.
La cohorte que la capturó no sabía que ella era la mismísima heredera de la Corona.
La apresaron en un campamento dentro del bosque azul, cerca del monte Urrán.
En aquel tiempo, Arjen ya se distinguía como un célebre capitán, así que recibió el encargo más difícil de su vida: liderar un escuadrón pequeño de guerreros selectos, introducirse tras líneas enemigas, rescatar a la princesa y traerla de regreso.
Logró rescatarla. Pero la misión no terminaba allí. Tenía que llevarla hasta el castillo real, y estaban a leguas de la ciudad.
Algo sucedió entre ellos dos en esas millas que recorrieron juntos. Algo imposible. Un amor prohibido (¿había sido amor, o tan solo infatuación?) que se consumó una noche, en el mismísimo castillo real, en la mismísima cámara de la princesa.
Arjen sabía que jamás podrían estar juntos, y maldecía aquella noche.
El rey, agradecido por tener a su hija de regreso, cumplió con la petición de ella. El capitán y el sargento Zark la escoltaron secretamente al templo redondo, donde juraron silencio, y donde ella tomó el hábito.
—Quisiera poder quedarme —dijo el capitán—, para asegurarme de vuestra seguridad.
—¿El secreto es sabido?
—Sí, pero no sé por cuántos.
—Dime lo que la gran abadesa te confió.
Arjen se lo contó todo.
—Esa maldita Sociedad —dijo ella—. El duque es poderoso. Debes tener cuidado.
—Lo haré. Pero vuestra merced… también debe ser cuidadosa.
—Necesitarían un ejército entero para sacarme de aquí.
—Para sacarla, sí. Para matarla, no.
Su semblante se ensombreció.
—Puedo defenderme —dijo—. Siempre llevo una daga conmigo. La abadesa no lo sabe —susurró.
—Ruego a Eluvá que no la necesite, mi princesa.
Ella dirigió su mirada al crepitante fuego. Luego volvió los ojos a él.
—¿Regresarás, capitán?
—Yo…
La puerta se entreabrió, y la anciana monja asomó la cabeza:
—Hermana, los soldados deben salir, no sea que alguien sospeche.
—Está bien —dijo la princesa, dando pasos hacia atrás, hacia la oscuridad. Antes de que Arjen se marchara, ella dijo—: Elevaré una ofrenda y rezaré por usted, capitán.