Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Sospechas y faroles
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Sospechas y faroles

¿COSTARME LA VIDA? Ya estoy acostumbrado.

—Entiendo, gran abadesa.

—Bien. Muy bien. —Se quedó pensativa. Se quitó alguna basurita de la manga de su hábito—. La Sociedad opera con dinero ragidiano —dijo.

Arjen, sorprendido, dijo:

—¿Ragidiano? Por Eluvá.

La mujer solo asintió.

Esos malditos, entonces, siguen librando una guerra, pero ya no abiertamente en los campos de batalla.

—Aunque no lo he logrado confirmar del todo, estoy casi segura de que el caído emperador Sar Glodiaga está detrás.

—¿Pero no está en arresto? —dijo, aunque intuía la respuesta.

—En arresto, sí. Pero el tratado de Soane, además de conservarle la vida, le dio ciertas libertades.

Aunque no vive en su castillo, reside en un palacio y tiene servidumbre, si bien vigilados por nuestro ejército.

Pero estoy segura de que las arcas no fueron vaciadas por completo durante la guerra y de que todavía tiene a su disposición recursos significativos que está usando en nuestra contra.

—¿Su objetivo, entonces, es derrocar al rey y poner a un… títere?

—No estoy del todo segura. Tengo sospechas. Pero sin poder confirmarlas. Quizás, simplemente, quieren poner en nuestro trono a una persona que sea más suave con ellos.

—¿Más suave de lo que ya ha sido el rey?

—Incluso con las libertades que el rey ha permitido, los ragidianos siguen estando bajo ocupación. ¿Te puedes imaginar lo que sucedería si un nuevo rey anuncia que todas nuestras tropas se replegarán al continente?

—Podrían restablecer su poder militar rápidamente.

—Sí. Incluso tomar las armas, de nuevo.

Arjen no se lo quería ni imaginar. Aunque Tresden, la ciudad, no había sido invadida ni sitiada, el resto del reino todavía se recuperaba de la guerra. Pueblos enteros fueron arrasados. Miles desplazados, y otros tantos muertos, torturados o mutilados.

Históricamente, las guerras contra el Sagrado Imperio de Ragidán eran constantes. La isla había conquistado Anumá y parte de Erkande por casi mil años, hasta la reconquista. Eran los enemigos eternos. A veces, pensaba, la única opción de paz era arrasar por completo con esa maldita isla.

No , se recordó. Aunque sean nuestros enemigos, es un pueblo en donde hay inocentes.

Pero también muchos culpables que lograron evadir captura, como ese hechicero de Jarg Marjash, el «metamorfo», responsable de la violenta tortura y muerte de cientos de tresdinos.

—¿Pero qué ganarían con capturar o matar a la princesa? —dijo Arjen.

—La Sociedad busca desestabilizar el reino y derrocar al rey de cualquier modo posible. El ataque no viene solamente por un lado, sino por varios. Tienen espías, pagan a mensajeros, reclutan a miembros del consejo real. Cualquier cosa que los acerque más a la meta.

—Tener a la princesa sería una ficha a su favor.

—Una pieza absolutamente clave. Imagina lo que la Corona estaría dispuesta a hacer con tal de mantener a su princesa con vida.

—Pero el rey nunca abandonaría el trono para salvarla.

—Probablemente no. Pero quizá haría alguna otra cosa. Algo que beneficie al emperador y a los suyos.

Era cierto. Sar Glodiaga, de tener a la princesa en sus manos, podría exigir a cambio grandes sumas de dinero, o más libertades, o que el ejército, o parte de él, abandonara la isla.

El rey era valiente, pero también joven.

Sin experiencia en batalla. ¿Qué estaría dispuesto a hacer para salvar a su hermana mayor?

—Quizá el rey no quiera salvarla —dijo Arjen—. Al final, ella sería la heredera. Su muerte podría, de cierta manera, beneficiarlo.

—No así bajo nuestra ley, capitán. Ella ha hecho voto de devoción absoluta a Eluvá.

La ley de nuestro reino es clara: cualquier persona que haga voto absoluto a Dios no puede fungir en ningún cargo político.

Sea conde, sea marqués, sea duque…, o sea el mismísimo trono. No se puede servir a Dios y al mundo.

¿No se puede? ¿No es eso exactamente lo que hace el Ojo Sagrado?

—De todas maneras —continuó la gran abadesa—, al final no sabemos exactamente qué haría la Sociedad si le pusiera las garras a la princesa.

—¿Y si el asesino del tulipán la mata?

—Podría hacerlo, sin duda. Con ella muerta y con el rey sin heredero aún, solo necesitarían deshacerse del rey.

—Si el rey muere sin heredero, el consejo escogería al nuevo rey.

—Sí. Pero si la Sociedad se ha infiltrado en el consejo, como sabemos que lo está intentando, ese próximo podría ser exactamente la persona que Sar Glodiaga quiera.

—¿Pero quién? ¿Quién se atrevería? ¿Quién podría estar siendo influenciado de tal manera por nuestro peor enemigo?

—Alguien que nunca imaginaríamos, capitán. Alguien que todo el pueblo vería como héroe. Alguien que el pueblo perciba como un enemigo de Ragidán. Alguien que ni siquiera él, o ella, sospeche que es una ficha en el tablero, y que juega a favor del emperador. De esa manera, el golpe sería maestro.

—¿Quién?

La gran abadesa se puso de pie. Extendió la mano y arrancó, distraídamente, una hoja del árbol. Jugó con ella, dándole vueltas al tallo.

—Si tan solo pudiera estar segura.

—¿Pero sospecha de alguien, santidad?

Ella asintió.

—Estoy casi segura. Solo me falta evidencia innegable. Pero todo apunta hacia la misma persona.

—Yo podría investigar.

—Es peligroso, capitán. Si efectivamente es quien pienso…

—Investigaré. Tengo un buen olfato. Por algo soy un sabueso del rey.

Ella dejó caer la hoja. Lo pensó un poco más, luego miró al capitán.

—Si llegara a ser la persona que tengo en mente y te captura, te torturará.

—No diré nada. El secreto estará seguro.

Ella se mordió el labio. Susurró, hablando para sí:

—Es arriesgado… pero ¿qué otra opción tengo?

Arjen esperó. Su corazón palpitaba con fuerza. Quizá la abadesa se equivocaba, pero ¿y si no?

—Al final, es solo una sospecha, capitán. Por lo que escucho. Por lo que veo. Por lo que mis amigos me dicen. Por lo que intuyo. Además, Eluvá está de mi lado.

—Lo prometo, abadesa. Además, no me dejaré capturar.

—Está bien, Arjen Dabidji —dijo—. Se trata de Sedne Aduli. El…

—…duque de Nurani —terminó él. Y se le erizó la piel.

—Exactamente.

—Por Eluvá. Es… un héroe de guerra.

—Y muy querido por sus súbditos —agregó la gran abadesa.

—¿El duque, un traidor? ¿Uno que engaña a todos a su alrededor?

—Que engaña y es engañado, capitán. ¿Conoces al vizconde Manadén Rabá?

—He oído de él.

—Es mis ojos y mis oídos. Mi espía. Podría ser él un sabueso del rey, pues es un excelente investigador. Y me ha dicho que Sedne Aduli está haciéndose de poderosos aliados. Pero eso no es todo. El vizconde ha interceptado cartas que, aunque en código, apuntan a un complot, indudablemente.

—¿Ha visto esas cartas, excelencia?

Ella asintió:

—Sí. Descifrarlas fue un reto. Pero te sorprendería lo brillantes que son algunas hermanas aquí, para eso.

—No me sorprende, en realidad, santidad.

—¿Y sabes qué decía una?

Arjen esperó la respuesta.

—Que el duque tiene en su fortaleza a una prisionera. A una hija de un noble. A la hija del marqués Daner de Layún.

Siete Profetas. Sintió un escalofrío. Se quedó pensando por un momento.

Se rascó la mejilla, los ojos moviéndose de un lugar a otro, tratando de pensar.

Se imaginó como un jugador de «el ciego», ese popular juego de naipes en donde la mejor manera de ganar era anticipar el movimiento del adversario, engañándolo con un farol.

—Necesitaré algo de usted, santidad.

—¿Qué cosa?

—¿Alguna vez ha jugado al ciego?

—Nadie en todo este castillo puede vencerme.

—Pues bien. Necesito un farol. ¿Me entiende?

—Creo que sí —dijo ella—. ¿Qué tienes en mente?