Audiencia
EL CAMINO POR el que fueron guiados parecía un laberinto. Habían dejado las armas sobre una mesa tan pronto entraron al monasterio-castillo.
Subieron y bajaron escaleras, cruzaron un puente externo que conectaba un edificio con otro, descendieron por unas escaleras de caracol, atravesaron un largo salón con frescos religiosos pintados en las paredes, y llegaron a una gran estancia, con un techo alto, muros grises y unos pocos muebles de madera.
—La gran abadesa lo verá a usted, capitán —dijo la monja—. El sargento esperará aquí.
—Bien —dijo Arjen, y Zark afirmó con la cabeza.
La monja abrió una puerta que daba pie a un hermoso jardín interno. No era muy grande. Estaba rodeado por altas paredes sin ventanas. Un lugar privado.
Una hermosa fuente en el centro y, además, un árbol frondoso debajo del cual, sentada en una banca, estaba la abadesa.
Arjen caminó hacia el árbol. Allí lo esperaba una mujer de unos cincuenta años. Aunque el velo le cubría la cabeza, tenía unos ojos azules penetrantes y las arrugas que le surcaban la frente y mejillas no restaban su hermosura.
De pie, unos tres pasos detrás de ella, otra mujer. Tenía un velo diferente, uno que le cubría el rostro entero excepto los ojos, de un color café miel. Era alta y delgada.
Arjen se acercó y, como era la costumbre delante de la «nobleza religiosa», hincó la rodilla y esperó.
—De pie, soldado —dijo la gran abadesa Aluán. Le apuntó a una banca frente a ella, debajo del árbol—. ¿Gusta sentarse?
—Si le parece bien, gran abadesa, prefiero permanecer de pie.
—Está bien —dijo ella.
Arjen levantó los ojos y su mirada se cruzó con la de la otra monja. Sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo entero. Bajó la vista rápidamente.
—Vaya vientos los que corren por el reino, ¿eh, capitán?
—Así es, santidad.
—Tiempos difíciles. Tiempos traicioneros.
—Precisamente, gran abadesa. Y esa es una de las razones por las que he venido.
Ella sonrió.
—Siempre al punto, ¿eh, capitán?
—Sé que su tiempo es valioso.
—Lo es. Y estoy segura de que el suyo también. Por eso me sorprendí cuando me informaron que el capitán Arjen Dabidji estaba a nuestra puerta y solicitaba audiencia conmigo.
—Audiencia por la cual estoy enormemente agradecido.
—Si mal no recuerdo, capitán, la última vez que lo vi hizo un juramento. Un juramento de silencio.
Quiso removerse incómodo en su lugar, pero logró contenerse.
—Así es, gran abadesa.
—Una noche oscura, aquella vez. Y no digo solamente porque el sol se hubiera ya metido. ¿Lo recuerda?
—Lo recuerdo, excelencia. Lo recuerdo muy bien.
Pensábamos que el enemigo llegaría hasta la ciudad en cualquier momento. Que tendríamos que defender las murallas. Que no lograríamos detener el avance de los ejércitos invasores. Tiempos de incertidumbre y miedo.
—Entonces… ¿por qué estás aquí?
Su semblante no denotaba enojo, sino una curiosidad intensa detrás de un rostro aparentemente impasible.
—Aquella noche —dijo el capitán— juré que guardaría silencio y que no regresaría a este lugar. —Hizo una breve pausa—. A menos que hubiera una razón suficiente para hacerlo.
—Lenguaje vago. Lo pensé en aquel entonces también. Sin embargo, si mi memoria no me falla, la razón tenía que estar asociada con el riesgo de muerte.
—Sí.
—¿Y es así, capitán?
—Gran abadesa, no rompería mi palabra, y mucho menos quebrantaría un juramento, a menos que considerara que la razón es suficiente.
—Entonces di la razón, sabueso.
El capitán, por instinto, miró a su alrededor.
—Estas paredes no oyen, capitán Dabidji.
—Sí. Cierto.
—¿Entonces?
—Sospecho que el secreto ha sido descubierto. El secreto de la localización de la princesa.
Los ojos de la monja detrás de la gran abadesa se abrieron y se cerraron rápidamente. Un destello de alarma.
Después de un momento de silencio, la abadesa dijo:
—Imposible. Lo sabría yo.
La gran abadesa de las Hermanas del Ojo Sagrado era quizás la mujer más poderosa del reino entero.
Más de lo que había sido la reina, más que las duquesas de Tresden.
La razón no solamente era que grandes porciones del pueblo y de la nobleza rendían devoción y tributo a las Hermanas, sino también porque era bien sabido —o bien susurrado— que ella tenía toda una red de espionaje a lo largo de la ciudad.
Por supuesto, estas personas no se consideraban espías como tal, sino «amigos de las Hermanas».
Arjen sospechaba que, después del rey, su Consejo, y el sumo sacerdote, ella era la persona con más información.
Según algunos, estaba mejor informada que el rey mismo.
El capitán se quedó en silencio, pensando qué decir. No quería contrariarla.
—Dime esto, capitán. ¿Está involucrada en esto la Sociedad?
—¿La Sociedad del Eclipse?
Ella asintió casi imperceptiblemente.
—Así es —respondió el capitán.
—Hmm. Sé que han estado muy activos últimamente. Me preocupa bastante. También sabía que han invertido mucha plata en encontrar a la princesa perdida. Pero muy poca gente sabe su verdadera localización. Nos aseguramos de eso.
—La Sociedad del Eclipse ha reclutado a todo tipo de personas, abadesa. Entre ellos, a hombres y mujeres nobles. Aunque el círculo de las personas que saben dónde está la princesa es en extremo reducido, ha pasado el tiempo y quizá a uno o dos se les escapó el comentario.
—¿A ti, capitán? —dijo ella, sin rodeos.
—De ninguna manera, santidad. Usted sabe que…, usted sabe que yo nunca podría…
—Tienes razón. Lo sé.
Los ojos de la monja detrás de la gran abadesa parecieron humedecerse.
—Y dime, capitán —continuó Aluán—, ¿por qué lo sospechas?
—Porque encontramos una guarida de la Sociedad. Y al parecer, no cualquier guarida, sino una en donde se juntaban algunos a quienes he estado buscando. Gente importante en la Sociedad.
—¿Me dirás quiénes?
Probablemente ya lo sepa. Si le doy información atinada, puede ser que se ponga de mi lado. Y necesito aliados.
—Un hombre de ojo blanco. Y otro, grande, que viste con un gabán negro.
—¿El hombre que persigues? ¿O que te persigue a ti?Ya no estoy segura.
Yo tampoco.
—Lo persigo, sí.
—Pues será mejor que lo encuentres, capitán. Porque tarde o temprano saldrá a la luz que hay un asesino matando a mujeres y dejando una flor como insignia.
Maldición , pensó. ¡Hasta de eso está informada! ¿Cómo es posible…?
—¿Por qué tanta maravilla, capitán? —dijo ella, adivinando su pensamiento—. Sabes que tengo amigos por todo el reino, y especialmente en esta ciudad. No deberías admirarte. Ahora dime, ¿dónde está esa guarida y qué fue, específicamente, lo que encontraste?
Arjen se lo dijo. Aluán oyó atentamente.
Cuando terminó, la abadesa se dirigió a la monja sin voltear a verla:
—Hija mía.
—¿Sí, gran abadesa?
—Déjanos solos.
Inmediatamente ella salió por una puertecita cercana.
—Bien, capitán Dabidji. Una vez más, me sorprendes. —Sus ojos relampaguearon—. Te felicito por ello. Poca gente me sorprende.
Arjen inclinó la cabeza.
—Ahora escucha. Lo que te voy a decir —prosiguió la mujer—, podría costarte la vida.