Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Alerta, Alana
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Alerta, Alana

ALANA ACOMPAÑÓ A Traco y a Eladán a la junta de inteligencia matutina. Iba como invitada, pero se sorprendió al ver que no era la única.

—¿Hay otros? —le susurró a Traco.

—Siempre hay por lo menos un par de visitas.

—¿Soldados?

—A veces soldados, muchas veces oficiales. Tanto de la guardia real como delegados de la corona.

Notaba por lo menos otros dos hombres y dos mujeres que vestían el uniforme de la guardia. Imaginaba que, al igual que ella, habían recibido alguna dispensación especial para asistir a los sabuesos en alguna investigación.

El capitán Grana, un hombre de anchos hombros y cabello color ceniza, presidía la junta.

—Escuchen bien, sabuesos —dijo—. Hoy será un día atípico. La ciudad se sigue recuperando del caos, y el comandante ha pedido que ayudemos. Así que pongan bien atención.

El capitán dedicó el tiempo a actualizar a los presentes sobre la condición de la ciudad después de la tormenta y las necesidades que se seguían presentando.

Detrás de él colgaba un inmenso lienzo con el mapa de Tresden. Con una vara indicaba los lugares cercanos en donde había más necesidad, principalmente cerca de los lagos y los ríos.

La buena noticia era que los muertos no habían sido tantos como inicialmente se pensó: menos de cien.

Sin embargo, la guardia de la ciudad seguía necesitando más manos, por lo que el comandante de los sabuesos había tomado la decisión de mandar un escuadrón completo a diversos condados cercanos para seguir ayudando en obras de reconstrucción.

Aquellos que no estuvieran involucrados en una investigación de alta importancia debían reportarse con sus sargentos inmediatamente para salir a la ciudad en la próxima hora.

Al terminar la junta, Alana, Traco y Eladán caminaron a la oficina de mensajes, que se encontraba dentro del cuartel.

Había un mensaje dirigido al capitán Dabidji.

No estaba sellado, por lo que Traco, siendo el soldado de más alto rango, tenía permitido leerlo.

Eran dos hojas pequeñas de pergamino. La primera tenía el sello de la guardia de la ciudad, específicamente del condado de Argalón. Decía:

Urgente. Cadáver de mujer desnuda. Tulipán entre manos. Asistencia inmediata requerida.

—¡Demonios! —dijo Eladán—. ¡Otro asesinato!

La segunda hoja, rectangular, era un mapa del condado de Argalón, bosquejado apresuradamente en tinta, con una X marcando el lugar adonde debían dirigirse.

—Nos tomará media hora llegar —dijo Alana. Ella había vivido varios años en dicho condado y lo conocía bien—. Mejor salir de una vez.

—¿Y si esperamos al capitán? —preguntó Eladán, que encendía su pipa.

—No sabemos a qué hora regresará —dijo el sargento segundo Traco—. Es mejor que vayamos. Eladán, la sargento Alana conoce el caso bastante bien, incluso mejor que yo, así que vendrá conmigo.

El joven asintió:

—Yo me quedaré. Esperaré al capitán y le daré el mensaje. En cuanto llegue, los alcanzaremos allí.

El condado al que se dirigieron tomaba su nombre del lago de Argalón, que era uno de los tres lagos de la ciudad, siendo el más pequeño (si bien seguía siendo grande).

Caminaron por una zona densa, llena de casas y barracas de varios pisos, y se alegraron al pasar por plazas que indicaban que la vida de la ciudad regresaba a la normalidad, pues los mercados estaban instalados y personas compraban y vendían.

Alana recordaba haber escuchado que el sargento segundo había sido parte de la unidad del capitán Dabidji desde que ésta había sido formada cinco años atrás.

Aunque era un hombre más bien bajito, su presencia era ruda e intimidante, y las personas se apartaban de su camino no solo por su uniforme negro y la espada reluciente a la cintura, sino también por su mirada feroz.

—Entonces, sargento Verlán —dijo Traco mientras caminaban, sin voltear a verla—. ¿Te unirás?

—¿Me uniré… a qué?

—A nosotros, pues. A los sabuesos.

—Ah. No lo sé, pero me gustaría. ¿Vale la pena?

—Si te gusta esta vida, sí. Si no, mejor hacer cualquier otra cosa. Literalmente cualquier otra cosa. Mi padre fue herrero, al igual que mi abuelo. Pero yo me enlisté al ejército tan pronto cumplí los doce, como criado de armas.

—¿Allí llegó a sargento? ¿En el ejército?

—No. Fue el capitán Dabidji quien me ascendió, cuando entré a la Compañía. En el ejército fui cabo.

—¿Tiene familia? —preguntó, no estando segura de si era una pregunta demasiado personal.

—Una mujer y dos hijas pequeñas. Pero no viven en Tresden, sino a tres leguas al norte. Un pueblito hermoso que se llama Kladen.

La mayoría de los soldados tenían derecho a ver a sus familias por tres o cuatro semanas al año.

El resto del tiempo estaban de turno y moraban en los cuarteles.

Las únicas excepciones eran los mayores y algunos comandantes, quienes podían solicitar excepción para que sus familias vivieran junto con ellos en casas dentro del cuartel.

—Ya pronto me toca ir a verlas —continuó Traco—. En cinco semanas. ¿Y tú? Eres anumeña, me imagino. Por el acento.

—Sí —dijo ella, consciente de las erres suaves que delataban su origen—. Crecí en Burdán-Akesh.

—¿Costa?

—Sí. Con el Canal.

—Cerca del enemigo.

—Bastante. Huimos cuando yo era pequeña. Nos refugiamos aquí. Mi padre es pescador en Argalón. Por eso conozco el condado. De hecho, el lugar adonde vamos, si no me equivoco, está abandonado. Muchos terrenos con casas solas o destruidas.

—No me sorprende. Así ha actuado el asesino, en lugares más bien desocupados.

—Sí —confirmó ella—. De esa manera puede transportar los cuerpos con más facilidad. Imagino que debe hacerlo en algún tipo de carromato.

—No lo dudo.

Llegaron al lugar que indicaba el mapa. Efectivamente, era un barrio que aparentaba estar deshabitado.

A las casas de adobe les faltaban techos, puertas o paredes.

Las calles no estaban empedradas y seguían enlodadas.

Algunas barracas de madera, de dos o tres pisos de altura, se ladeaban peligrosamente.

—No veo a nadie —dijo Traco.

—Imagino que la guardia debe estar por aquí.

—Hay que encontrarla.

Entraron al barrio en silencio, buscando algún indicio de la guardia de la ciudad.

Contrario a lo que inicialmente pensaron, no estaba del todo deshabitado.

Al final de una calle vieron a tres niños en harapos que jugaban a atraparse, y de algunas casas asomaban semblantes sombríos, desnutridos, con miradas indiferentes.

Tresden, la ciudad de los contrastes, pensó Alana. Ciudad de castillos, ciudad de chozas, ciudad de lino fino, ciudad de harapos.

—Mira —dijo Traco—. Allá.

Al final de una calle que doblaba hacia la derecha distinguían una pequeña plaza y, en el centro, un soldado.

Se acercaron. Era más bien una excusa de plaza, pequeña y apretujada por barracas de madera que la rodeaban. El soldado estaba de pie, con lanza en mano, y junto a él lo que parecía ser un cuerpo cubierto por un manto gris.

—¿Estás solo? —preguntó Traco al acercarse.

—Mi sargento acaba de salir para buscar algo de comer —respondió el soldado, al que le escurría sudor por la frente y las mejillas. Era un cabo delgado, sin barba, de piel aceitosa y pálida.

—¿La encontraron aquí? —preguntó Alana.

—Aquí mismo —respondió.

—No debieron tapar el cuerpo —dijo Alana—. No todavía. No hasta que lo viéramos.

—Órdenes del sargento —respondió el soldado.

—Bien, le daremos un vistazo —dijo Traco. Se inclinó, tomó el manto por una esquina y descubrió la mitad del cuerpo—. ¿Qué demonios?

No era una mujer, sino un hombre. Un soldado, para ser exactos, vestido con uniforme, aunque sin yelmo, muerto, la cara blanca.

El cabo que les había indicado el cuerpo repentinamente lanzó un alarido y se precipitó sobre el sargento segundo, enterrándole una lanza por las costillas.

Traco gritó. Alana desenvainó, sorprendida y aterrada por el súbito ataque.

El soldado tiró de la lanza. Traco seguía gritando de dolor, con la mano izquierda sobre la herida, la espalda arqueada, los ojos cerrados, una mueca de agonía en el rostro.

El maldito intentó clavarla de nuevo, pero Alana desvió la punta con un espadazo.

El cabo se defendió de dos golpes más y emprendió la huida, pero apenas había dado unos pasos cuando Alana, dándole alcance, le hirió la parte posterior de los muslos, por encima de las botas y en donde la cota de malla no le cubría.

Tropezó y cayó de rodillas, perdiendo la lanza.

Alana le puso el filo sobre el cuello.

—¡No te muevas, perro! —Miró a Traco, que seguía de pie a duras penas y sacaba de su cinturón un vendaje. La mancha roja en su túnica crecía. El sargento segundo maldecía y gruñía de dolor.

—¡Ponte de pie, animal! —le gritó Alana al soldado—. ¡Si intentas recuperar la lanza, te mataré!

—¡Piedad! —gimió el cabo—. ¡Me obligaron, por mi niño lo hice, no pude negarme o lo matarían…!

El cabo, aún sollozando, se levantaba cuando dos flechas se enterraron en su cuerpo, una en el muslo y la otra encima de la cadera.

¿Pero qué…?

—¡Alerta, Alana! —exclamó Traco, desenvainando su espada.

De los edificios alrededor emergieron arqueros y lanceros. Seis en total.

El cabo cayó al suelo, pero seguía vivo, gritando de dolor. Uno de los arqueros apuntó. La flecha surcó el aire y le entró por la mejilla, terminando de matarlo.

—Una trampa —murmuró Alana, acercándose a Traco, esperando que en cualquier momento una flecha fuera dirigida hacia ella.

El sargento segundo, pálido, con la espada en la mano derecha y la izquierda en la herida, trataba de detener la hemorragia.

Uno de los enemigos era un hombre alto, vestido con un gabán largo, negro y elegante. Un cuello elevado le tapaba la mitad inferior del rostro. El tocado era un sombrero de tres picos con una pluma azul.

Encajaba con la descripción del asesino del tulipán.

Siete Profetas. Caímos en su trampa.

El hombre de negro los miró detenidamente, uno, luego el otro.

—A ella la quiero viva —dijo—. Al otro, mátenlo.