Los sabuesos del rey: Libros 1-5 El convento
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El convento

A LA SIGUIENTE mañana, después del desayuno, Arjen dio la instrucción a sus hombres de permanecer quietos hasta recibir nuevo aviso. Amaret Etán y Lendo se habían regresado desde la noche pasada —después de cenar algo en la taberna— a seguir su vigilia del castillo de Ikse.

El capitán y el sargento Zark tomaron un par de caballos de los establos y, por ahí de la segunda hora desde el amanecer, salieron del cuartel rumbo al Monte Altano, a seis millas de donde estaban, hacia el sureste.

Dejaron los caballos al pie del monte, en el establo de un mesón, y continuaron a pie por el camino empedrado. El ascenso les tomó poco menos de media hora. Cuando estaban por llegar al portón de entrada, se tomaron un tiempo para admirar la vista.

Arjen apuntó hacia el este:

—Por ahí está el templo del padre Darió. Pensé que lo podríamos ver desde aquí, pero no.

—Es muy pequeño. Se pierde entre las casas.

El portón de entrada era una gran puerta doble de hierro, pintada de rojo, cubierta de grabados que narraban la historia de Tresden.

En el centro dominaba la escena más antigua y venerada: lo ocurrido en el Año Uno, el inicio de la Tercera Restauración, cuando la raza humana —unidas por fin sus tribus— recuperó el continente de manos de monstruos y gigantes que lo habían dominado durante siglos.

Allí aparecía Sarguiradán, rey de los erkandinos, empuñando la espada Aldaba en el instante preciso en que decapitaba a Uarán, el abominable dios-rey de los gigantes y señor de las huestes monstruosas.

Por encima de ese relieve, ligeramente desplazada hacia la derecha, se alzaba otra imagen de igual peso simbólico: la noche primaveral en que los siete hermanos recibieron la revelación de Eluvá y escribieron Los siete libros , en el año 893 de la Tercera Restauración.

Aquel acontecimiento dio origen a los cuatro festivales de la Santa Fe Profética: Revelación en primavera, Veneración en verano, Consagración en otoño y Renovación en invierno.

El portón tenía una puertecita más pequeña, a la cual tocaron. Nadie respondió. Lo intentaron de nuevo, pero nada. Siguieron insistiendo por más tiempo, hasta que finalmente escucharon pasos apresurados. Se descorrió la mirilla y los ojos azules y extrañados de una anciana los miraron con sospecha.

—Ustedes… ¿qué quieren?

Arjen enseñó el medallón plateado que lo identificaba como un sabueso del rey.

—Soy el capitán Arjen Dabidji, de la Honorable Compañía de la Justicia del Rey. Me acompaña el sargento Zark Sedare. Buscamos audiencia con la gran abadesa Aluán.

Los ojos se entornaron.

—No teníamos previo aviso de dicha audiencia. De hecho, de no ser que pase por aquí por pura casualidad, probablemente habrían estado el resto del día afuera.

—Tiene usted toda la razón, madre —dijo Arjen, inclinando la cabeza—. Hemos venido porque es una emergencia. Si usted le da mi nombre a la gran abadesa y le dice sobre nuestras intenciones, acataremos la decisión que ella tome, sea vernos o no.

Los ojos se suavizaron.

—Está bien. Pero tendrán que esperar afuera. Ningún hombre puede andar por nuestro claustro sin chaperón… ¡ni siquiera el sumo sacerdote!

Con eso, la mirilla se cerró y los pasos se alejaron.

El Convento del Ojo Sagrado era la sede de las Hermanas del Ojo Sagrado, una orden religiosa con mucho poder en el reino.

Eran grandes defensoras de la ortodoxia de la Santa Fe, y la gran abadesa tenía tanta influencia que muchos la llamaban, mitad en broma y mitad en serio, la Suma Sacerdotisa del reino.

Estuvieron esperando casi una hora entera. No había mucho que pudieran hacer al respecto.

—Capitán, si no es indiscreción —dijo Zark—, ¿ha estado usted aquí desde…, desde aquella noche? No me tiene que contestar si no quiere.

—No he regresado desde aquella noche —respondió.

He querido regresar. Muchas noches me he preguntado si uno de mis grandes errores ha sido no regresar. Sin embargo, eso fue lo que prometí. Puedo ser un cabeza hueca, puedo ser un desalmado, puedo tener las manos manchadas de sangre…, pero por lo menos he buscado cumplir con mi palabra.

Finalmente oyeron, de nuevo, pasos que se acercaban, y esta vez la puerta pequeña se abrió con un rechinar metálico.

—Bienvenidos al convento, sabuesos del rey —dijo la monja anciana de ojos azules. Vestía el hábito de las hermanas: una túnica negra holgada que llegaba hasta los tobillos y un velo blanco que le cubría el cabello, la frente y las orejas, descendiendo por los hombros hasta la cintura.

Entraron y avanzaron hacia el amplio patio central, donde un estanque albergaba patos y flamencos que se deslizaban sobre el agua.

Alrededor crecían árboles frutales de distintas alturas.

Un camino empedrado serpenteaba entre ellos hasta conducir a la entrada principal del convento, que se alzaba como un conjunto sublime de edificios.

El mayor destacaba por una enorme roseta circular, de vidrios multicolores, situada bajo un domo azul que dominaba el conjunto.

A su alrededor se elevaban otros domos menores y, hacia el costado izquierdo, una torre con su campana.

La magnitud del lugar era tal que los edificios estaban unidos por puentes de piedra, sostenidos por arcos que descansaban de pilar en pilar, como si el convento se hubiese construido a distintos niveles.

—Vaya —dijo Zark, sorprendido por la construcción.

—Una hermana deberá supervisar su estancia en todo momento —dijo la monja—. Jamás podrán estar a solas. Tampoco tienen permitido estar en ningún lugar excepto en aquellos designados apropiados para hombres.

—¿Cómo sabremos cuáles son esos lugares? —preguntó el sargento.

La mujer lo miró de soslayo.

—Yo se los diré —refunfuñó.

Zark miró a Arjen, se encogió de hombros y levantó una ceja, como diciendo: «Menudo carácter».

—Está prohibido fumar y, por supuesto, tomar, excepto en los lugares asignados. ¿Queda claro?

—Queda claro, hermana —respondió el capitán.

—Bien. Síganme. La gran abadesa los espera.