Los sabuesos del rey: Libros 1-5 En la taberna
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En la taberna

—¿QUÉ HIZO TU padre? —preguntó el capitán.

—Cuando Baín lo levantó del suelo, mi padre vomitó la comida. Pensé que se desmayaría. Pero recobró la fuerza e inspeccionó el dedo de nuevo.

—¿Sí es el dedo de tu hermana?

—Así es. Estoy casi segura.

—¿Casi?

—Casi, porque supongo que pudiera ser el de otra mujer con manos similares. Sin embargo, además del dedo venía el anillo que mi hermana portaba, un anillo de tres diamantes que mi padre le regaló años atrás.

—¿Alguna otra cosa en la caja?

—Sí, una nota que mi padre no me dejó ver y que lanzó al fuego después de leerla. Sin embargo, intuyo de qué se trata, pues exclamó: «¡Maldita Sociedad infernal, será mi ruina!».

El capitán le dio otro trago a su copa de vino y se lamió los labios.

—La buena noticia es que su hermana, al parecer, sigue viva, mi señora.

—Lo mismo pensé. Y lo mismo dijo mi padre.

—Con este tipo de presión, el marqués se sentirá vulnerable.

—Accederá a lo que le pida la Sociedad —dijo la dama Gleani, conmocionada—.

Capitán, hay cosas que sé y otras que no.

Sé que la Sociedad del Eclipse existe y que está ejerciendo gran presión sobre mi padre.

Puedo adivinar la razón: su cercanía al rey.

Pero ¿por qué mi padre? ¿Por qué no algún otro miembro del Concilio?

Porque es la persona perfecta para ello. Cercano al rey, con influencia en el reino, grandes deudas mantenidas en secreto, y una familia… inestable.

—Al mismo tiempo —continuó Gleani—, estoy segura de que él no está involucrado del todo todavía. Ha tomado malas decisiones y espero que no haya llegado al punto de no retorno. Rezo a Eluvá que no haya cruzado límites de los que no pueda regresar.

¿Pero qué estaría un padre dispuesto a hacer para garantizar la protección de su familia?, se preguntó el capitán. Sobre todo cuando ya ha perdido una hija y un hijo en tan poco tiempo y de manera violenta.

Aunque no sabía lo que se sentía tener un hijo, había visto a hombres y mujeres hacer locuras por su descendencia.

—Tampoco se me ha dicho qué tan involucrado estaba mi hermano Roldán. ¡Por Eluvá, espero que no fuera miembro del Eclipse! Pero sospecho que así era, y sospecho que esa es la razón por la cual no me ha dicho usted toda la verdad sobre su muerte.

¿Qué pasará si le digo la verdad? ¿Me creerá? ¿Aceptará que su hermano murió tratando de matar a de Kande?

—¿Me lo dirá, capitán? —insistió ella—. ¿Me dirá la verdad? ¿Me lo dirá todo? Si no lo hace, ¿cómo puedo confiar en usted?

—Lo mismo me pregunto, mi dama —respondió—. ¿Por qué confiar en mí? ¿Por qué ha venido conmigo para darme esta información?

Ella se encogió de hombros.

—¿En quién más puedo confiar?

—En tu padre…

Ella agitó la cabeza.

—No. Mi padre quiere protegerme. Por eso debo regresar pronto al castillo. Si se entera que estoy aquí, afuera, se volverá loco.

—No debe salir sola, dama. No solamente es una mala idea: es peligrosísimo. No sabemos si el asesino la busca también.

—Lo dudo, capitán. Ya mató a Binada. Tiene a Vainán. Yo solamente sería una carga extra. No; este asesino es metódico y cuidadoso. Si yo figurara en sus planes, ya me habría atacado.

—No lo sabemos con certeza. Si el asesino es un lunático, si está perturbado de aquí —dijo, apuntándose la sien—, podría hacer cualquier cosa con tal de terminar de presionar a su padre.

—Tenga cuidado con él, capitán.

—¿Con el marqués?

—Sí. Las muertes lo han golpeado, y sospecha de usted.

—¿Acaso cree que yo pudiera estar relacionado con la Sociedad?

—¿Y por qué no? Usted se fue con Roldán y Ogirán y regresó sin ellos.

Es cierto. Además, quizás el marqués no sabía que el mago y su hijo eran parte del Eclipse. Aunque sospechar de mí es una locura, eso es lo que la muerte de los hijos hace en un padre: los lleva a la locura.

El capitán estaba tan concentrado en la conversación que cometió el error de no prestar atención a su alrededor. Fue una distracción momentánea, pero suficiente.

De repente tenía a tres hombres a su izquierda, bloqueando su única posible salida. Los tres tenían la capucha puesta y, aunque no empuñaban armas, tenían las manos en los pomos, listas.

—¡Padre! —dijo Gleani—. ¿Qué…, qué haces aquí?

—Capitán Arjen —masculló entre dientes el marqués Daner de Layún, con los ojos rojos, ignorando a su hija.

—Marqués —dijo el capitán con una leve inclinación del rostro. Dejó las manos sobre la mesa. Llevarlas a la empuñadura solo incitaría la violencia. Daner de Layún iba acompañado por dos soldados de su guardia.

—¡Padre! ¿Me has seguido?

—¿Qué estás haciendo con él, Gleani? —Su voz era ronca y sonaba como un volcán que en cualquier momento podría erupcionar.

—Yo… —Enmudeció.

—¿Qué no recuerdas que acabamos de recibir el cuerpo de tu hermano? ¿Tu hermano, el que salió con este hombre antes de perder la vida?

—¡El capitán no lo mató, padre! El capitán está buscando al asesino. ¡O asesinos!

Daner de Layún no quitaba la mirada de Arjen.

—Levántate y retírate, Gleani. Puedes estar segura de que no volverás a salir del castillo sin mi permiso.

La dama entornó los ojos, pero no respondió a eso. Más bien dijo:

—Padre, escúchame. El capitán y los sabuesos están de nuestro lado, y yo…

—¡Retírate, Gleani! —Lo soltó con suficiente fuerza para cortar lo que ella decía, pero no tan fuerte como para llamar demasiado la atención, aunque ya algunos hombres de mesas contiguas lanzaban miradas preocupadas en su dirección.

La dama se puso de pie y se fue de allí, perdiéndose entre la gente. Arjen no vio si había salido de la taberna o no.

—No debería salir sola, mi señor marqués.

—Cierra el hocico, puerco inmundo. No me dirijas la palabra a menos que te lo permita, o te rebanaré el cuello aquí mismo.

Arjen se puso en pie y dio un paso en su dirección.

—¿Es así, marqués? —dijo Arjen, sintiendo que la sangre le burbujeaba por el cuerpo—.

No me importa que sea un noble. No está por encima de la ley.

Y la ley me permite defenderme si soy injustamente atacado.

Así que le puedo jurar por los Siete Profetas y por los Santos Libros que, antes de que su espada salga tres pulgadas de la vaina, le incrustaré una daga en las tripas.

—¿Algún problema, capitán? —se escuchó una voz que Arjen reconoció de inmediato. Era Amaret, quien junto a Lendo se había puesto detrás del marqués y sus acompañantes, que miraron sorprendidos sobre sus hombros.

Amaret Etán y Lendo, subrepticiamente, empuñaban sus dagas. Ellos dos habían estado vigilando el castillo de Ikse, así que indudablemente siguieron al marqués al verlo salir.

—Todo bien, soldado —dijo Arjen—. El marqués y su guardia estaban por retirarse.

—Eso pensamos —dijo Lendo.

Daner de Layún tenía la cara roja y una vena en la frente le pulsaba furiosamente.

—Cuídate la espalda, capitán —le dijo.

—Como puede ver, mi señor de la marca, eso no me preocupa.

Pero le diré algo, y me importa un carajo si me cree o no.

El que está en problemas es usted. A quien busca la Sociedad es a usted.

Así que, si no va a ayudarme a encontrar a esos malditos traidores, entonces quítese de mi camino, que me estorba.

—¿Te atreves a hablarle así a un consejero del rey?

—Me importa un bledo. Déjeme hacer mi trabajo.

El marqués se dio la vuelta y, con la dignidad de un monarca, pasó por en medio de los hombres de Arjen y se largó con sus hombres.

Cuando salieron de la taberna, los sabuesos enfundaron las dagas.

—¿Todo bien, capitán? —preguntó Lendo.

—Todo bien. Gracias, muchachos.

Vaya que tengo un talento para hacerme de enemigos , pensó.