La Puerta Vieja
REGRESARON AL CUARTEL, siempre atentos a cualquier sonido o movimiento en las sombras.
Ahora sabían que eran espiados, y muy de cerca.
Llevaban consigo algunos de los pergaminos encontrados en la guarida del Eclipse.
No hablaron en todo el camino de regreso.
El capitán iba perdido en sus pensamientos.
Nadina de Orgen. La princesa. La hermana mayor del rey. La reina que no fue. La «princesa perdida». Aunque eso último era un apodo, un título que se había convertido en una especie de leyenda: la princesa perdida.
Ocho años atrás, es decir, tres años antes del tratado de paz y el fin de la Gran Guerra, la princesa Nadina desapareció de todo acto público. De siempre acompañar a su padre, Aiván II el Salvador, hombre ya anciano para entonces, aquel invierno ya no fue vista de nuevo.
Al principio se pensó que estaba enferma, postrada en cama. Sin embargo, todas sus doncellas, excepto una, habían sido enviadas a diversas partes del reino, lejos de la gran ciudad. Como para silenciarlas.
Todos pensaron que el rey daría alguna información al respecto, pero nunca dijo nada, y nadie se atrevió a cuestionarlo. Su hijo, Aiván III, tenía apenas siete años y estaba bajo estricta educación y protección de los tutores.
Los rumores continuaron. Era impensable que la princesa hubiera muerto sin que le hicieran un magnífico funeral.
Así que algunos sugerían que se había rebelado contra su destino como futura reina, habiendo huido secretamente a alguna parte del reino.
Otros decían que el rey le había permitido por alguna razón secreta viajar hacia el norte inexplorado, y que no regresaba todavía.
Algunos rumores afirmaban que había sido capturada por el enemigo.
Otros más opinaban que una enfermedad la había vuelto lunática y que era resguardada en alguna de las torres del castillo real.
Finalmente murió el rey Aiván, y su hijo, Aiván III, con tan solo diez años, subió al trono.
Pero la pregunta persistía: ¿qué pasó con la princesa, con aquella que había de reinar?
Un secreto bien guardado.
Un secreto que Arjen había jurado proteger.
Sin embargo, si la princesa estaba en esa lista, cabía la posibilidad de que alguien más supiera la verdad de uno de los secretos mejor guardados en todo el reino.
Llegaron al cuartel cuando la primera vigilia estaba por terminar.
Traco y Eladán dieron su reporte: el cuerpo de Roldán sería regresado a su padre a primera hora de la mañana, y Ogirán de Kande había sido enterrado esa misma noche.
Amaret y Lendo no estaban en el cuartel, pues seguían apostados a las afueras del castillo de Ikse, vigilándolo.
El capitán les dio la instrucción de buscar algo de cenar e irse a dormir. Antes de que se retiraran, Traco le dio una hoja de pergamino cerrada con sello:
—Un corredor trajo este mensaje hace como una hora para usted, mi capitán.
—Gracias, sargento.
Cuando su unidad se retiró, abrió el mensaje.
Capitán: lo espero hoy antes de la medianoche en la taberna La Puerta Vieja, al sur del Argalón. Solo. Es importante. Dama Gleani.
Maldición. Estaba cansado. Le tomaría media hora llegar allí, a pie.
Para la medianoche faltaban todavía tres horas.
Decidió por lo menos descansar un poco. Fue a la letrina, luego a las barracas de los oficiales y, antes de lanzarse en la cama, le pidió a un soldado vigía que lo despertara en un par de horas.
Le pareció que apenas pestañeó y ya lo despertaba el soldado.
Por lo menos se sentía un poco más renovado de fuerzas.
Se dejó puesto el uniforme negro pero se cambió la capa por una marrón que se abotonaba por el frente.
Sabía la impresión que causaba a la gente cuando entraban sabuesos del rey a cualquier lugar.
Además, estaba seguro de que la dama prefería que pasaran desapercibidos.
Salió del cuartel y emprendió el viaje hacia la taberna, que estaba al norte del cuartel y al sur del lago. Esperaba no lamentar ir solo y sin dejar recado. Pero confiaba en la dama. Si ella le pedía ir esa misma noche y a solas, honraría la petición.
No recordaba con precisión la ubicación exacta de la taberna, así que detuvo a un peatón, quien le dio indicaciones claras, sin curiosidad ni preguntas innecesarias.
Caminó un par de calles más y la encontró.
El lugar estaba lleno. El fuego ardía en la chimenea y el calor contrastaba con el aire frío de la noche.
El humo, el olor a madera quemada y a vino rancio flotaban en el ambiente.
Los hombres ocupaban las mesas, sentados o de pie, jugando dados y cartas, riendo, discutiendo, apostando monedas que tintineaban sobre la madera.
Algunas voces cantaban, otras gritaban. Nadie parecía notar su llegada.
Nada en aquel sitio sugería que la noche estuviera ya tan avanzada, la tercera vigilia parecía todavía lejana.
El tabernero se acercó y dijo:
—No hay mucho lugar disponible, mi señor.
—Me esperan.
—Ah, perfecto. Lo atenderé en un momento.
—Está bien.
Inspeccionó el lugar, pero no vio a la dama Gleani. Caminó entre las mesas, sin que nadie le pusiera atención.
En la esquina más lejana, sentada en una mesita, estaba una persona con la capucha puesta. Dicha persona levantó la mano y le hizo una seña para que se acercara.
Se sentó frente a ella y la dama ajustó la capucha para que dejara apenas ver su rostro.
—Capitán —dijo ella—. Gracias por venir.
Arjen asintió y miró a su alrededor, inspeccionando a las personas en las mesas cercanas.
—¿Este lugar no le gusta?
—No hay salidas fáciles.
—No pude escoger lugar mejor. Pero está lleno.
—Ya veo.
—Eso es una ventaja, ¿no?
—No necesariamente. Hay ciertos asesinos a los que no les importa si hay mucha gente o poca. Además, es más fácil pasar desapercibido entre muchas caras.
—Lo siento, capitán. Yo… no soy buena para esto.
—No se preocupe.
Arjen movió la silla de manera que pudiera ver bien si cualquier persona se acercaba.
—¿Quiere cenar algo? —preguntó ella. Apuntó al plato que tenía enfrente, con carne seca y dos pedazos de queso. Había también dos copas de vino—. Lo pedí por usted. Yo no tengo hambre.
—Yo tampoco —mintió. Sin embargo, le dio un sorbo al vino. Agregó—: ¿En qué puedo servirle?
—¿Fue al lugar al que le dije?
—Fuimos.
Ella esperó un poco, pero él no dijo más.
—Está bien —susurró ella—. Supongo que no tiene por qué decirme lo que encontró.
El capitán se pasó los dedos por la barba.
—Mire, capitán. Tengo algo que decirle, algo importante.
—¿Sí?
—Así es. Hoy recibimos un mensaje horroroso. Estoy segura de que mi padre habría querido ocultármelo, pero no pudo, por la manera en que todo sucedió.
Ella hizo una pausa, tomó la copa de vino y le dio un trago.
—Fue a la hora de la cena. Baín entró diciendo que había recibido un mensaje y que, según el mensajero, era de carácter urgente.
Era una caja de madera, pequeña —la dama hizo un gesto con las manos indicando que la cajita cabría fácilmente entre sus dos palmas—.
Estaba cerrada y sellada. Mi padre la abrió, entornó los ojos, se acercó para mirar mejor y lanzó un alarido.
Se puso de pie y gritó de nuevo. Estaba tan asustado que se tropezó con la silla y cayó al suelo.
Baín, que estaba más cerca, fue en su auxilio, y yo rápidamente me acerqué para mirar.
Su respiración se tornó pesada.
—¿Qué había adentro? —preguntó el capitán.
—Era el dedo meñique de mi hermana Vainán.