Escondida
METIERON LOS CUATRO cuerpos a la casa para que no se quedaran afuera tirados. No querían llamar la atención.
Luego registraron la planta baja, sin encontrar nada que consideraran importante. No le cabía duda al capitán: era el salón que había espiado la dama Gleani. Coincidía con la descripción.
En el suelo, dos cuerpos.
—Bien hecho, sargento —le dijo el capitán a Alana.
Ella solo sacudió la cabeza. Dijo:
—Arriba hay una bodega con armas. —Y resumió lo que vio.
—Ya iremos.
¿Cómo puede ser esto? , pensó el capitán.
No lograba entender del todo lo que había sucedido en estos últimos días.
En menos de una semana fueron atacados ya dos veces por soldados del Eclipse.
No un soldado enemigo, no dos. ¡Varios! Esta era una sociedad bien organizada, con suficiente dinero para reclutar espadachines.
Evidentemente, este era un pequeño cuartel, un punto de encuentro. Y si había más, significaba que la ciudad podría estar repleta de cuarteles enemigos, y en el mismo corazón del reino, en la ciudad de Tresden, y bajo las narices de los sabuesos del rey.
Si es así, es una vergüenza, una vergüenza para nosotros.
—Los del Eclipse ya no son una sociedad «secreta» —dijo Zark—. Son guerrilleros, capitán. Tienen más fuerza de lo que jamás pudimos imaginar.
—Es así, sargento.
—Ni siquiera el emperador Glodiaga logró infiltrarse tanto en el reino.
—No que sepamos.
—¿Pudiera estar Ragidán detrás de todo esto?
El Sagrado Imperio de Ragidán había sido derrocado cinco años atrás, y era ahora controlado por las fuerzas armadas de Tresden.
El emperador Sar Glodiaga estaba, según se decía, bajo arresto en su castillo, y le habían quitado por completo toda facultad de tomar decisiones importantes, aunque el tratado de paz le había conferido ciertas libertades.
Sin embargo, había rumores. Siempre rumores. Se decía que la isla se preparaba para resurgir, para retomar los estandartes, deshacerse del ejército tresdino y reanudar la guerra.
¿Podía estar Ragidán detrás de la Sociedad del Eclipse? ¿O eran dos cosas completamente distintas?
—No lo sé, sargento. Aunque lo que yo he oído es que la Sociedad simplemente quiere derrocar al rey por sus propios intereses políticos. Pero no pensé que estuviera tan bien organizada.
—Hemos tenido suerte contra ellos, pero son más que nosotros —dijo Alana—. Habrá que alertar a nuestros comandantes. Pedir refuerzos.
—La pregunta es si nos creerán —dijo Zark—. Además, con la ciudad un desastre y toda la guardia enfocada en restablecerla, no será sencillo convencerlos de una conspiración.
—Nuestro comandante nos creerá —dijo Arjen—, porque confía en nosotros. Pero ¿qué puede hacer? ¿Cómo combatir al enemigo cuando se esconde en las sombras? Imposible registrar cada vivienda buscando guaridas ocultas. No tenemos suficientes hombres y mujeres para esa encomienda.
—Ese es el gran problema —dijo Zark—. Será como esperar a que la serpiente asome la cabeza para cortársela.
—Y esperar que no te muerda antes de que se la cortes —agregó Alana.
Subieron las escaleras. En la segunda planta entraron en tres habitaciones, pero solo encontraron catres en el suelo, burós con escasa ropa, un par de lanzas recargadas contra la pared y platos con comida a medias.
La sorpresa fue en la tercera planta, en la bodega que había mencionado la sargento.
Efectivamente, armas como para un pequeño batallón.
—Este no es un punto de encuentro nada más —dijo el capitán mirando a su alrededor, sorprendido—. Es un cuartel de guerra. Pequeño, es verdad, en comparación con los nuestros. Pero es un lugar importante. Es evidente.
Cada quién encendió luz y se dividieron para registrar el lugar con más efectividad.
Arjen se detuvo para inspeccionar un armario con una hilera de lanzas y otra de espadas. No eran espadas de gran calidad, sino cortas y genéricas.
Pero matan igual, se dijo.
Lo que más le sorprendió fue ver un trabuquete desarmado. Al ver las piezas, en realidad eran dos, de tamaño mediano, de esos que se podían armar relativamente rápido para asediar una puerta reforzada.
Por supuesto, todo esto era completamente ilegal.
Los ciudadanos del reino tenían permiso para portar armas, como navajas, dagas, hachas y espadas, pero algunas estaban prohibidas, las lanzas, por ejemplo, que eran exclusivas de los soldados.
Estaba de más decir que las armas de asedio eran administradas exclusivamente por el ejército, ya sea el ejército real o los ejércitos de los duques y marqueses.
—Capitán —llamó Zark desde otro extremo—. Aquí hay una puerta, cerrada.
No fue fácil abrirla, pues tenía doble cerrojo. Los tres tomaron cada uno una lanza de hierro y, haciendo palanca, tronaron los goznes, para luego derribarla de varias patadas.
Era un salón mediano, sin ventanas, y parecía ser uno de planeación. En la pared colgaba un mapa grande de la ciudad, mapa que indudablemente había sido robado del ejército.
En el centro una mesa redonda, y contra la pared, un escritorio de madera con varios cajones a los lados.
—Las juntas no las llevaban solamente abajo. Aquí también —dijo el capitán.
Abrieron los cajones y encontraron pergaminos, papiros y códices. Al inspeccionarlos, hallaron notas de contabilidad, mapas de diversos sectores de la ciudad y listas de armamento.
—He visto este tipo de escritorios —dijo el capitán—.
Los oficiales los usaban en la guerra, en especial capitanes o comandantes.
Frecuentemente tenían cajones secretos, para accederlos uno tenía que encontrar la manera de…
—buscaba por todos lados, dando golpecitos a la madera, presionando en lugares, registrando cada pulgada, sin éxito—.
Parece que no hay nada —dijo. Entonces se agachó y recorrió con los dedos la base del escritorio.
El zócalo inferior no encajaba del todo.
Había una hendidura mínima, casi invisible a simple vista.
Introdujo la uña, luego la punta de la daga, y tiró con cuidado.
La madera cedió apenas. El zócalo se desplazó un dedo hacia un lado y, detrás de él, apareció un cajón estrecho, largo y oculto.
—Enhorabuena, capitán —dijo la sargento Alana.
Encontraron un códice. Arjen lo puso sobre el escritorio y lo hojeó, con los dos sargentos mirando junto a él.
—Nombres —dijo Zark—. De mujeres.
Era justo así. Una lista de nombres.
—¿Los reconocen? —preguntó Alana.
El capitán afirmó con la cabeza:
—Reconozco algunos, sí. Luana Kilnade es, supongo, hija del vizconde de Kilnade. Ila Borjen, hija del general tercero. Gunaida Xendal es hija de un profesor de la Universidad Real, si no me equivoco.
—¡Profetas! —dijo Alana.
—Aquí hay por lo menos treinta nombres —dijo Arjen—. Esto pudiera ser una lista de posibles blancos, posibles víctimas.
Zark aspiró con fuerza, sorprendido. Apuntó a un nombre hacia el final de la lista, uno que tenía una especie de asterisco antes de la primera letra, y dijo:
—Capitán…
Arjen dirigió su vista hacia el renglón que el sargento señalaba.
Palideció.
—¿Quién es Nadina de Orgen? —preguntó Alana, leyendo—. Momento. ¿Orgen? ¿La casa… Orgen?
Zark asintió.
—Nadina de Orgen es la hermana mayor del rey —dijo.
—¿La princesa perdida? —dijo Alana.
Arjen tenía la boca seca. Sentía un cosquilleo extraño en la cara y en las manos.
—Excepto que no está perdida —dijo Zark.
—¿No? Entonces, ¿dónde está?
—Escondida —susurró el capitán.
Y yo sé exactamente en dónde , pensó.