Bendito Eluvá
OSCURIDAD.
Trataba de controlar su respiración.
Alana, al ser atacada por los dos soldados, logró repeler el ataque justo antes de que su vela se apagara.
Logró herir al primero pues, al apagarse la fuente de luz, lanzó una estocada al frente, sintió el filo atravesando piel y luego un grito.
Inmediatamente ella retrocedió, esquivando por pura suerte los espadazos del soldado, que contraatacó, la espada cortando el aire.
Se dirigió a tientas hacia el salón contiguo, que era más amplio. Si se quedaba donde estaba, sería más fácil que la acorralaran y terminaran acuchillándola.
—¿Dónde está? —escuchó al segundo de los soldados decir.
El otro blasfemó:
—Me ha herido, maldita zorra.
—¿Dónde está? —insistió el otro.
—Pues ve por la lámpara.
—Si la enciendo, nos verá.
—Está escondida, estúpido, o ya nos habría atacado. Ve por la lámpara, digo. Yo me quedaré aquí. No la dejaré salir.
No son muy brillantes, pensó.
Oyó los pasos apresurados del segundo, el que iba a por la lámpara, y consideró sus opciones. Podía aprovechar para intentar deshacerse del que se había quedado solo, pero sería a oscuras.
¿Y si el soldado regresaba no solamente con la lámpara, sino con ayuda? No, pensaba que no. De ser así, ya habrían salido a auxiliar a sus compañeros. Eran ellos dos… y los que estuvieran afuera, pues escuchaba los sonidos del combate.
Al final, sin estar completamente segura de tomar la decisión correcta, prefirió esperar a que regresaran con la luz y combatirlos viendo.
Lo escuchó regresar y vio el aura de la luz.
Entonces entraron los dos al salón. El de la lámpara la puso sobre un buró, para liberar sus manos.
Sonreían.
El soldado, además de haber traído la fuente de luz, llevaba una ballesta corta.
—Encaja la flecha y mátala —le ordenó el otro.
—::—
Arjen se agachó y evitó ser decapitado, el hacha zumbando.
Aire. Necesito aire.
Su enemigo, habiendo fallado el golpe, lo empujó con fuerza usando el hombro, haciéndolo retroceder. Se tropezó con una piedra mal adoquinada y cayó sobre su sentadera, pesadamente, y luego se fue de espaldas. El golpe reactivó sus pulmones. Inhaló una bocanada de aire y sintió que revivía.
—¡Muérete, perro! —dijo el soldado del Eclipse, con el hacha en alto.
Arjen perdió la daga al caer, pero conservaba la espada. La pegó contra su pecho y rodó en el suelo dos veces. El filo del arma enemiga rebotó en el suelo, lanzando chispas, y por poco alcanza la cara del que la blandía.
El capitán se puso de pie, adoptó posición de defensa y miró en dirección a su sargento.
Se alegró al ver que Zark ya se había deshecho de uno, el cual estaba en el suelo, moribundo, con una herida en el pecho de la que no se recuperaría.
Contra el que ahora peleaba tenía una espada corta, pero se notaba cansado.
Estaba seguro de que pronto caería muerto.
Se concentró de nuevo en el que tenía en frente, que respiraba con fuerza y lo miraba con odio. Solo podía verle los ojos; la parte inferior de la cara la llevaba oculta.
—¿Cómo supieron que vendríamos? —dijo Arjen.
—Mejor que te cuides la espalda, perro, porque vigilamos cada paso que das —respondió—. Los jefes te quieren vivo. Yo digo que servirás mejor muerto.
—¿Quiénes son los jefes? ¿Ojo Blanco? ¿El heraldo?
Su contrincante entornó los ojos:
—¿Cómo sabes…? De todas maneras, poco te servirá.
—Tira el arma y te dejaré vivir.
—Antes muerto —respondió, y atacó.
—::—
Alana no tenía pensado darle oportunidad de encajar la flecha, así que cuando el soldado la colocó sobre el canal de la ballesta, corrió hacia ellos.
—¡Rápido! —gritó el primero, quien sostenía en una mano la espada y con la otra se detenía la sangre que emanaba de una herida por debajo de las costillas.
Era él quien tenía más cerca. Intercambiaron espadazos.
A Alana le sorprendió que se defendiera con tanta fuerza incluso estando malherido, y la hizo retroceder dos pasos.
Pero ella, plantándose mejor, hizo una finta hacia abajo, lanzó la punta al frente, le rasguñó el hombro, insistió con un desplante y la espada entró por el pecho.
El soldado bramó, trató de acuchillarla, pero gracias a Eluvá, la punta de la espada enemiga se trabó en la capa de ella.
Lo tomó por el hombro, sacó la espada y la introdujo de nuevo por el estómago, sintiendo el filo rozando el hueso de la columna para salir por la espalda.
Como una serpiente que ha sido herida pero todavía no está muerta, el soldado trató de morderla.
Lo empujó al mismo tiempo que jalaba la empuñadura para sacar la espada, y el hombre se fue hacia abajo.
Frente a ella, el segundo, con la flecha ya puesta y levantando la ballesta.
Maldición . Sin escudo y a esta distancia, no fallará.
Pensando que probablemente sería demasiado tarde, agarró con la mano izquierda el borde de su gruesa capa y la puso frente a ella como escudo improvisado, pues los pliegues podrían hacer que la punta se desviara apenas lo suficiente para evitar que la herida fuera mortal.
Ella gritó y se lanzó hacia delante, la espada lista, medio agachada y con el hombro izquierdo al frente, haciendo su pecho un blanco más difícil de atinar.
El soldado gritó también, asustado por la osada embestida. Apretó el disparador, liberando la cuerda.
La punta metálica le pasó tan cerca que la escuchó zumbar, como una abeja, en su oreja.
Los ojos del soldado del Eclipse se abrieron aterrados al percatarse de que había fallado.
Alana lanzó un espadazo que fue desviado por la ballesta, que el soldado usó como protección.
Éste se llevó la mano a la empuñadura para sacar su daga, pero Alana, con una estocada horizontal, le destrozó el pómulo de la cara, rebanándole también el ojo.
Cayó al suelo, gimiendo, dando espasmos.
La sargento le puso la bota en el hombro, inmovilizándolo contra el suelo, y le perforó el corazón.
De pronto todo era silencio a su alrededor.
Sintió un dolorcito en la oreja. Al llevarse la mano allí, se dio cuenta de que la flecha le había alcanzado el lóbulo, del cual sangraba. No parecía ser una herida significativa.
Bendito seas, Eluvá, por preservarme la vida , rezó e hizo la señal de la veneración.
El combate afuera seguía, aunque con menos fuerza. Se apresuró a la puerta, quitó el barrote, abrió y contempló la escena.
Tres de negro en el suelo, muertos.
El capitán y el sargento Zark, juntos, arremetían contra un soldado del Eclipse que blandía un hacha y peleaba con valentía.
Se apresuró a ayudar, pero antes de llegar el capitán le clavó la espada en el vientre y el sargento lo remató con una cuchillada en el cuello.
Los dos la miraron, sorprendidos.
—¡Sargento! —dijo el capitán—. ¿Está bien?
—Estoy bien.
—Sangre en la oreja —dijo Zark, apuntando con el mentón.
—Una pequeña herida, solamente. ¿Ustedes?
—Estamos bien —dijo Zark, respirando con fuerza.
Alana miró a su alrededor, a la oscuridad. Nadie se asomaba por las ventanas. Nadie quería ver nada, nadie quería ser testigo.
—¿Vendrán más? —dijo ella.
—No lo sé —respondió el capitán. Recogió del suelo una daga y la enfundó—. Entremos, averigüemos lo que podamos y nos largamos.