Adentro, afuera
LO LOGRÓ.
Por un momento pensó que se quedaría inmovilizada, pero no fue así. El tragaluz era pequeño, pero ella, delgada. Apenas pudo pasar.
Ahora la rodeaba completa oscuridad. Se ciñó rápidamente el cinturón de armas y se puso la capa.
¿Encender una vela o arriesgarse a ir a oscuras?
Dio unos pasos y se topó con algo.
No, no podré así. Necesito luz.
Del cinto sacó una vela, yesca y pedernal. Puso la vela en el suelo, recargada sobre su bota, y con un par de movimientos que ya le eran naturales, encendió la mecha.
¡Siete Profetas!
La bodega ocupaba casi toda la tercera planta del edificio. El techo era alto, y los muros de ladrillo viejo estaban manchados de humedad y hollín. Olía a polvo, a madera reseca y a aceite viejo.
Había cajas apiladas sin orden —algunas rotas, otras cerradas a medias—, sacos abiertos de grano ya inservible, barriles vacíos y muebles desarmados cubiertos con lonas deshilachadas. Nada parecía tener valor, pero todo estaba colocado con demasiado cuidado para ser simple abandono.
En un rincón, una mesa larga conservaba restos de cera seca y marcas de vasos. Bajo ella, alguien había arrastrado bancos. No era difícil imaginar hombres reunidos allí.
A su izquierda, otra mesa larga estaba cubierta por una lona de tela. Al asomarse debajo, encontró armas. Cuchillos, lanzas, unas pocas espadas, varias ballestas y aljabas con flechas. Como para armar a unas diez personas.
Entonces alumbró un poco más allá y se quedó con la boca abierta.
Cientos de armas. Incluyendo espadas, lanzas, jabalinas, hachas cortas, puñales, escudos, yelmos, corazas y, si no se equivocaba, uno o dos trabuquetes desarmados.
Maldición. Aquí se trama sedición. Aquí hay armamento como para una o dos cohortes enteras.
Se preguntó si esta era tan solo una de muchas casas esparcidas por la ciudad en donde los soldados del Eclipse se reunían para tramar sus movimientos. Quizás incluso amontonaban armas para el día necesario.
Desenvainó su espada. Por si las dudas.
Atravesó la bodega en dirección a la única puerta que veía, justo frente a ella. Estaba abierta y, al atravesar el umbral, vio unas escaleras hacia arriba, rumbo al techo, y otras hacia la segunda planta.
Descendió. Afortunadamente eran escaleras de piedra, así que no rechinaron.
Aguzó el oído, pero no escuchó absolutamente nada. El lugar parecía estar vacío. ¿Pero lo estaba? Si este lugar pertenecía a la Sociedad del Eclipse, como sospechaban, ¿dejarían una guarida así sin resguardo? Pensaba que no. Así que mejor andar con cuidado.
Al llegar a la segunda planta, la recibió un pasillo con tres puertas, todas cerradas.
Parecían habitaciones. La escalera que descendía al primer piso estaba al otro extremo, así que avanzó como si fuera un gato, de nuevo agradeciendo que no fuera piso de madera, pues de ser así su presencia ya habría sido escuchada.
Cruzó el pasillo con un ojo sobre el hombro, atenta a que ninguna de las tres puertas se abriera.
De repente le dio un escalofrío al imaginarse algún espectro semi-visible avanzando a sus espaldas, pero se regañó a sí misma al pensar en semejante tontería.
Ya no era una niña para imaginar esas cosas.
Descendió por la escalera y llegó a un cuarto pequeño que parecía ser una especie de recibidor, pero sin ningún mueble que lo adornara. Desde allí había dos umbrales sin puerta: uno daba a un pasillo, y el otro a un salón mediano con sillas, sillones y una mesa redonda en medio.
Todo parecía vacío. Nadie a la vista, gracias a Eluvá.
Frente a ella, la puerta de entrada; aquella que daba hacia la calle, en donde el capitán y el sargento la aguardaban.
Se acercó a la puerta, temiendo encontrar un cerrojo, pero en lugar de eso vio dos barrotes de metal atravesados a manera de tranca.
Esa era una buena noticia… en parte. Solo tenía que quitarlos para abrir la puerta. Por otro lado, ¿cómo los habían puesto?
A menos que hayan salido por la puerta de atrás.
Estaban pesados. Enfundó la espada y cuidadosamente removió el primero, colocándolo en vertical, recostado contra la pared, a la derecha de la puerta.
Puso las manos por debajo del segundo barrote.
Algo sintió. ¿Un movimiento, un respiro, el desliz de un pie?
O quizás un ángel de Eluvá que, por misericordia, le susurró a su alma que estaba en peligro.
Desenvainó al mismo tiempo que se giraba.
Eran dos soldados del Eclipse.
Uno de ellos con un pañuelo oscuro que le cubría la parte inferior de la cara, y el segundo, que ya tenía casi encima, con el rostro sin cubrir, los ojos como de áspid, brillando, una mueca en los labios, una daga empuñada en la mano izquierda.
—::—
Está en problemas, pensó Arjen cuando escuchó el sonido inconfundible de una escaramuza: gritos, golpes y el clang de las espadas.
—¡Vamos! —le dijo al sargento, quien ya corría en dirección a la puerta.
Llegaron a ella e intentaron abrirla, en vano. Del otro lado escuchaban a Alana luchando contra quién sabe cuántos.
Si no nos abre, está atrapada. No podremos ayudarla.
El sargento con el puño cerrado golpeó la puerta dos veces con fuerza y gritó:
—¡Sargento, abre la…!
En ese momento, de las sombras saltaron cuatro soldados del Eclipse. Zark no los había visto, pues les daba la espalda.
—¡Nos atacan, sargento!
Era en esos momentos cuando entraban el instinto guerrero por un lado y el entrenamiento extenso por el otro. No había tiempo de planear, ni siquiera de pensar, solamente de actuar.
El capitán dio tres saltos para no verse atrapado entre los enemigos y la pared, y además de la espada desenvainó también la daga, empuñándola en la izquierda. Dos soldados se abalanzaron sobre él, uno blandiendo una azcona —una lanza corta— y el otro un hacha de doble hoja.
Intentaron atacarlo al mismo tiempo. Buena estrategia.
Se defendió del machete con un espadazo y de la azcona con su daga, desviando la punta filosa hacia abajo.
Se arriesgó a lanzar una patada (pues podía perder el equilibrio si lo empujaban), pero dio resultado.
El de la azcona lanzó un grito ahogado al recibir el impacto en sus nueces, llevándose la mano izquierda a sus partes privadas, como si eso pudiera servir de algo.
Arjen le incrustó la daga por debajo del mentón, la punta hacia arriba, atravesando el paladar y llegando hasta los sesos. Con un movimiento rápido la sacó, un chorro de sangre emanando de la herida.
El del hacha atacó de nuevo mientras su compañero se desplomaba.
Lo hizo con ferocidad y el capitán retrocedió.
El hacha era un arma nada común y muy traicionera.
El enemigo sabía usarla, pues con un movimiento practicado trabó el talón de la cuchilla con la empuñadura de la espada del capitán y jaló con fuerza.
Arjen, sin embargo, llevaba la daga en la otra mano, y se la habría incrustado en las tripas de no ser por la tremenda patada que recibió en la boca del estómago, enviándolo hacia atrás, trastabillando.
El aire salió de sus pulmones de golpe, como si se lo hubieran arrancado. Intentó inhalar, pero el cuerpo no respondió.
Me asfixio.
Abrió la boca, desesperado, y no entró nada. Se le oscureció el contorno de la vista. Frente a él, el enemigo ya se movía para atacar y, durante un instante terrible, pensó que moriría sin siquiera poder gritar.