Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Un pasillo
83%

Un pasillo

NECESITO DESCANSAR , PENSÓ la sargento Alana Verlán. Llevaba poco tiempo caminando, pero ya respiraba hondo. Sentía tanto los pies como los párpados pesados.

Las campanas de los templos anunciaban la primera vigilia cuando ella, el capitán y el sargento Zark cruzaban un pequeño puente de piedra, a unas dos leguas al sureste del lago Argalón. El riachuelo iba bastante lleno y sucio.

Los últimos días para ella habían sido muy difíciles.

Su vida había cambiado por completo. Recibió una dispensación especial por parte de su comandante para auxiliar a los sabuesos del rey en la investigación en curso.

Ese no era un permiso común, por lo menos no para una sargento de la guardia.

Aunque no le había preguntado al capitán Dabidji, asumía que él estuvo de alguna manera involucrado, por lo menos en solicitar el permiso a su propio comandante.

Su sueño, como el de muchos soldados de la guardia, era ser parte de la Honorable Compañía de la Justicia del Rey.

Los famosos «sabuesos». La unidad de élite del reino, la única con jurisdicción amplia, con fondos profundos, entrenamiento sin igual y, por si eso no fuera poco, la bendición del mismísimo rey —que viva para siempre—, pues era Su Majestad quien había fundado la Compañía cinco años atrás, justo al finalizar la Gran Guerra.

Habían transcurrido dos noches desde que entraron a la casa del mago Ramdán, lo encontraron torturado y asesinado y luego fueron emboscados por los soldados del Eclipse.

En su mente repasaba una y otra vez el momento en el que vio a de Kande luchando contra el encapuchado.

Yo solo quería ayudarlo. Yo solo quería salvarle la vida.

¿Por qué le había incrustado así la espada a Roldán? ¿Por qué no fue más cuidadosa? ¿Por qué no encajarle solo lo suficiente para herirlo?

Actué sin pensar. Actué por instinto. Actué con temor.

Imaginaba la terrible sorpresa del pelirrojo al sentir la cuchillada en su propio pecho.

Y sus ojos…, confundidos…, angustiados…, aterrados…

No pude decirle que lo sentía. No pude decirle que fue un error. Quizás murió pensando que lo maté a propósito. ¡Maldita sea yo!

Al llegar al otro lado del puente de piedra, un fuerte viento frío le pegó en el rostro y ella se arrebujó en la capa.

Se acercaban ya al lugar indicado por el capitán.

En el camino, él había dado una explicación sencilla, diciendo que era un lugar de interés en donde posiblemente se reunían miembros del Eclipse.

Ella le preguntó qué pensaba encontrar, a lo que respondió que no sabía.

Todavía quedaban algunas personas en la calle, casi todas a pie y ninguna a caballo, mucho menos sobre carromato, pues se trataba de un barrio pobre de la ciudad.

Los callejones, mal adoquinados, estaban cubiertos de lodo, y los edificios de madera o adobe mostraban los estragos de la lluvia reciente: tejas caídas y muros oscurecidos por la humedad.

Se detuvieron en una esquina, bajo un tejadillo de madera cuya sombra los ocultaba del brillo lunar.

—Es allí —dijo el capitán, apuntando.

La casa era de ladrillo, de tres plantas, con un angosto pasillo a la derecha cuya entrada era obstruida por una verja oxidada.

Del otro lado del pasillo había otro edificio de ladrillo y muy viejo.

Además de la puerta en la fachada, vieron un total de seis ventanas, dos en cada planta, todas con los postigos cerrados, cuyas ranuras no daban evidencia de luz o vida alguna.

—Parece abandonada —dijo el sargento Zark.

—Así parece. Pero habrá que investigar.

Si este era un lugar en donde ocurrían reuniones secretas, era un buen punto. Un barrio olvidado, donde la guardia difícilmente patrullaría.

Alana lo sabía bien. Ciertos sectores de Tresden eran resguardados con mucho esmero, y otros, bueno, solo si era absolutamente necesario.

Puesto que ella tenía muy buena vista, dijo:

—Aunque el edificio es viejo, la puerta no lo es. Es de madera reforzada con hierro.

—Cierto. Nada común aquí —dijo Zark—. Una puerta diseñada para no ser tumbada fácilmente.

—Lo mismo con los postigos —dijo Alana—. Se ven fuertes.

—Podríamos quedarnos aquí y vigilar, ver si alguien entra o sale —dijo el sargento.

El capitán se pasó los dedos por la barba:

—La dama Gleani mencionó que hay una ventana por el pasillo. Al parecer una ventana con hojas de cristal, pues pudo ver hacia adentro.

—Ese pasillo está muy angosto —dijo Zark.

—Yo puedo revisar —dijo Alana—. Puedo ir, ver e intentar entrar si hay alguna forma. Luego abrir la puerta desde dentro.

—Muy bien —dijo el capitán—. Con cuidado. El sargento y yo nos ocultaremos enfrente de la casa, bajo aquel alero.

Caminaron hacia el frente del lugar, donde se quedaron el capitán y el sargento, ocultos, mientras que ella cruzó la callecita. Tenía temor de que la verja hiciera mucho ruido, pero para su sorpresa no fue así. La saltó sin mucha dificultad.

Efectivamente, el pasillo era angosto, de unos dos pies de anchura, suficiente para que ella lo atravesara, aunque apenas, pues iba con capa y espada.

Como a la mitad estaba la ventana. Sí, era de cristal transparente, pero estaba protegida por una reja cuadriculada. Tomó la reja con ambas manos. Estaba bien empotrada. Imposible entrar por allí. Más adelante, una segunda ventana, pero con las mismas características.

Maldición. Por aquí no se puede.

Fue hasta el final del pasillo, llegó a un muy pequeño patio. Una sola puerta, pero también reforzada. La fachada de atrás no tenía ventanas, excepto una, en la tercera planta, cerrada.

Se regresó al pasillo. Notó entonces que arriba, en la tercera planta, había un pequeño tragaluz o agujero de ventilación y, aunque no lograba verlo del todo bien por la oscuridad, le parecía que no tenía protección alguna.

Se regresó a la entrada del pasillo y le hizo señas al capitán y al sargento. Intentó comunicarles que treparía, usando ambas paredes para auparse. El capitán salió de las sombras, con una cara de que no entendía nada.

Ella le apuntó hacia arriba y luego hizo una señal con las manos que indicaba que iba a entrar, que ellos esperaran.

El capitán entendió lo suficiente, pues asintió con la cabeza y retrocedió a su escondite.

Alana se internó en el pasillo y alzó la vista. El tragaluz quedaba alto. Si al llegar arriba, resbalaba, como mínimo se rompería un tobillo. Apoyó la espalda contra una pared y los pies contra la opuesta. Probó el equilibrio.

He hecho esto antes. Será igual.

Había sido una niña muy inquieta, de las que trepan árboles, suben techos y saltan de uno al otro.

Puedo hacerlo.

Comenzó a subir, avanzando en vertical con movimientos cortos, empujándose con las piernas y afirmándose con las manos, lenta y cuidadosamente. La piedra estaba fría y húmeda. La sangre bombeando en sus orejas le quitó el cansancio, su corazón palpitando con fuerza.

Se concentró y llegó bastante rápido. Frente a ella, el tragaluz. Efectivamente, no tenía protección alguna. La pregunta era: ¿cabría ella? Si se quedaba atorada, estaría en graves, graves problemas.

Ya lo podía imaginar: la mitad del cuerpo adentro, la otra afuera, y quién sabe si el capitán o el sargento podrían venir en su auxilio.

Y si del otro lado me espera un bandido, me acuchillará como un animal atrapado.

Pero ya estaba allí. Era la mejor opción, si deseaba entrar. Si se desabrochaba el cinturón de armas, se quitaba la capa, lo enrollaba todo y lo metía primero por el agujero, pensaba sería suficiente.

Sí quepo , se dijo. Creo que sí.

A intentarlo, pues.