Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Comida, pipas, planes
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Comida, pipas, planes

AL SALIR DEL castillo, se dirigieron a una taberna cercana para cenar algo antes de ir a la casa que la dama Gleani había mencionado. Faltaba una hora para que anocheciera, así que el plan de Arjen era aguardar la oscuridad antes de ir a espiar el lugar.

Pidieron un guiso de carne con garbanzo y tocino, espeso y humeante, servido en cuencos de barro ennegrecidos por el uso, acompañado de pan, aún tibio, y una rebanada generosa de queso curado. Además, una jarra de aguamiel y otra de vino aguado, áspero, pero suficiente para pasar la comida.

La taberna estaba llena, lo que alegró a Arjen.

La ciudad regresaba poco a poco a la normalidad.

El fuego de la chimenea crepitaba y un trovador acababa de sacar una lira para entonar algunas baladas.

Los atendió una joven delgada, hermosa, de cabello rubio y ojos esmeraldas, la hija del tabernero; auxiliada por un niño de unos diez años al que le faltaban dos dientes frontales y tenía el cabello naranja y la nariz salpicada de pecas.

Cuando terminaron de comer, encendieron pipas el capitán, Zark, Traco y Eladán. Lendo pidió un tarro de aguardiente, y Amaret Etán lo imitó. Alana aún no se terminaba de beber su aguamiel, y tenía la mirada cansada.

—Vamos a ver, capitán —dijo el sargento segundo Traco.

Bajó un poco la voz, aunque el barullo en la taberna era tal que resultaba casi imposible que las mesas cercanas escucharan—.

La cosa está así. Hasta ahora, el asesino del tulipán ha matado a tres, que sepamos.

Una a las afueras de la universidad real.

La segunda se encontró al sur, en la zona doce. ¿Voy bien?

—Vas bien —dijo Zark.

—Los cabos que encontraron a la segunda víctima alcanzaron a ver al asesino, de lejos.

—Sí —dijo el capitán—. Dos cabos: Grenden y Venplás.

—Y lo describieron como robusto, de unos cuarenta inviernos de edad, vigoroso.

—Es correcto —afirmó Zark—. El asesino firmó sus crímenes con un modo de operar similar. Las mujeres, jóvenes y bellas, completamente desnudas, el cadáver cuidadosamente maquillado para ocultar marcas de estrangulamiento. Y el tulipán.

—Un tulipán entre las manos —dijo Eladán, el humo azul de su pipa remolineando alrededor de su rostro.

—De esas primeras dos víctimas todavía no sabemos prácticamente nada, ¿correcto? —dijo Traco.

—Así es —dijo Arjen—. Cuando examinamos a la primera víctima, pensamos que era una mujer del campo, por la dureza de la planta de sus pies. Sin embargo, no pude examinar el segundo cadáver porque, cuando intenté hacerlo, había sido ya reclamado de manera misteriosa.

—Puesto que la tercera víctima es noble, es posible que nos hayamos equivocado —dijo Zark.

—Es posible, sí —concordó el capitán—. Es decir, la primera víctima podría haber sido, por ejemplo, hija de un noble marqués, criada en el campo, como es común en esas familias nobles. Entonces, todas las víctimas podrían ser nobles.

—¿Y cuál es la diferencia si son mujeres nobles o no? —preguntó el moreno Lendo.

—En cuanto a importancia de las personas en sí, ninguna —dijo el capitán—.

A mí me importa un carajo si las víctimas son nobles o no.

Pero si son nobles pudiera ser importante en esto: significa que el asesino está eligiendo como blanco hijas de casas poderosas.

Y si la Sociedad del Eclipse está detrás de todo, podría estar usando las muertes para presionar a hombres y mujeres poderosos.

—¿Presionarlos para qué? —preguntó Amaret Etán.

—Para traicionar la corona —dijo la sargento Alana.

Todos asintieron.

El capitán no le había dicho a su tropa sobre la conversación con el marqués de Layún, en donde éste le confesó que la Sociedad lo quería entre sus filas.

El único que lo sabía era Zark. No es que no confiara en sus muchachos; de hecho, confiaría su vida a cualquiera de ellos, pero al final, él era el capitán.

—La misión, entonces, es muy sencilla, por lo que entiendo —dijo Traco, rascándose un brazo—. Encontrar al asesino y rescatar a la hija del noble que está desaparecida.

—Así es —respondió Arjen.

—¿Pero y si la Sociedad del Eclipse está detrás, como parece? —preguntó Eladán.

—Entonces habrá que andar con mucho cuidado —dijo el capitán—. Ya nos emboscaron una vez. Deben saber que matamos a sus hombres. Así que no dudo que estén tras nuestra pista. Deben cuidarse las espaldas.

Por instinto, varios de ellos voltearon alrededor, buscando alguna mirada que permaneciera sobre ellos por un lapso más largo de lo habitual. Pero nada. De todas maneras, se habían sentado cerca de una puerta lateral y en un lugar desde donde veían claramente a cada persona que entraba o salía.

La hija del tabernero regresó para rellenar las jarras, preguntándole al capitán si necesitaba algo más y sonriéndole con un brillo en los ojos.

—Solo que nos digas cuánto te debemos.

—Seis cobrines por cabeza, capitán —le dijo ella—. Por usted, cinco. Esperando que regrese.

Dijo eso y se retiró, bajo la mirada de los hombres.

—Está bonita —dijo Lendo—. ¿Eh, capitán?

—Nada de distracciones, muchachos… y dama —agregó, mirando a Alana—. Tenemos pocas pistas, pero hay que trabajar con lo que tenemos. Amaret y Lendo, ustedes vigilarán el castillo de Ikse. Registren toda entrada y salida. Sobre todo, estén alertas por un hombre con un ojo blanco.

—A la orden, capitán —dijeron.

—Traco y Eladán: regresen al cuartel y revisen si hay algún mensaje que haya llegado. Además, cerciórense de que el cuerpo del hijo del marqués haya sido regresado a su padre, que el pelirrojo sea enterrado pronto y que los cuerpos de los soldados del Eclipse sean quemados.

Normalmente no tendría que encargarle a sus hombres eso, pues era labor de otros.

Pero después de la tormenta y las inundaciones, todos estaban muy ocupados haciendo labores de rescate, y la guardia de la ciudad había pedido la ayuda de los sabuesos del rey, por lo que el comandante de los sabuesos mandó a varios de sus capitanes y tropas para ayudar.

—Así lo haremos.

El capitán sacó de su túnica un pedazo de tela doblado en cuartos, el cual extendió sobre la mesa. Era un trozo de lino cubierto de líneas negras y manchas de cera. El contorno irregular de la muralla de Tresden aparecía trazado con mano firme.

—Yo, Zark y la sargento Verlán iremos aquí —dijo, señalando el mapa con el dedo índice—. Si no regresamos para la tercera vigilia, búsquenos allí. Probablemente no encontremos nada, pero nunca se sabe. ¿Alguna pregunta?

Negaron con la cabeza.

—Recuerden. Ojos alertas, espaldas cubiertas. Encontremos a ese bastardo asesino.