Premonición
CUANDO SALIERON DEL comedor, el mayordomo se dirigió al capitán:
—Desde que llegaron hace dos noches, sabía que traían muerte. Maldigo esa noche —espetó.
El sargento Zark Sedare dio un paso en dirección al hombre, la palma de la mano sobre el pomo de una de sus dagas:
—Mide tus palabras, siervo, que podré encontrar una excusa para deslizarte un palmo de acero por el vientre.
—Hazlo —le respondió, desafiante—, y verás si no cuelgas de la horca en una semana.
En un pestañear, la punta de la daga se detuvo en la garganta del mayordomo. Baín abrió los ojos de par en par, jadeó y levantó ambas manos.
El capitán puso una mano sobre el hombro de su sargento, y este, sonriéndole a Baín, enfundó.
—Ya conocen la salida —dijo el mayordomo rechinando los dientes. Y se largó.
Estaban por salir de la torre del castillo cuando Arjen vio a la dama Gleani en el otro extremo del pasillo, mirándolo. Él se detuvo, vaciló, y le dijo a sus hombres:
—Espérenme afuera.
—Capitán —le dijo el sargento—, no recomiendo que se despegue de nosotros. Nunca se sabe.
—Estaré bien. Espérenme afuera.
Obedecieron y se retiraron.
Caminó hacia la dama y, cuando estaban a dos pasos de distancia, ella le dijo:
—Acompáñame a la capilla, capitán.
Atravesaron una puerta y dos pasillos, doblaron a la derecha hasta llegar a un extremo de la fortaleza, la cual tenía una extensión pequeña: la capilla.
Entraron. Ambos se dirigieron al símbolo de la fe, detrás del altar —la silueta de un sol, con seis rayos ondulantes y un ojo en medio—, e hicieron la señal de la veneración, tocando el corazón con los dedos índice y anular, luego los labios, después la frente.
Olía a ofrenda de incienso, y vio cenizas dentro del cuenco sobre el altar.
El lugar albergaba cuatro bancas, dos de un lado del pasillo central y dos del otro. Ella se sentó en la primera a la derecha, haciendo espacio para que él la imitara.
Traía sus armas al cinto, por lo que no podía sentarse bien.
—Permaneceré de pie, si le parece bien, mi señora.
—Siéntate, capitán.
—Mis armas…
—Este es un lugar sagrado. Ve y déjalas afuera.
Maldición , pensó. Pero tenía razón. Así que salió, se desabrochó el cinto de armas y regresó al santuario, sentándose junto a la hija del noble. Le invadió el olor a lavanda y flores que emanaba de su piel.
El capitán quizo llevarse los dedos al cuello, donde pendía el zarcillo azul que ella le había obsequiado. Un amuleto de protección bendecido con aceite sagrado.
—¿Me va a decir todo, capitán, o me mentirá?
—He dicho lo que debía decir.
—A mi padre, sí. ¿Pero a mí?
Arjen no respondió. No le debo la verdad.
—¿Es cierto lo que ha dicho? ¿Fueron emboscados por soldados del Eclipse?
—Así fue.
—Así que la Sociedad verdaderamente existe.
—Eso parece.
La dama se pasó la lengua por los dientes. Los ojos se le pusieron llorosos.
—Mi padre… ¿es parte de la Sociedad?
—Esa es una pregunta que debería hacerle usted misma al marqués.
—¿Y qué, luego? ¿Me dirá mi padre la verdad?
Él me oculta muchas cosas, a diferencia de mí: yo soy transparente con él.
Pero no puede ocultarme todo. Lo vi hablar con un hombre varias veces.
Siempre que venía, mi padre me ordenaba salir del salón en donde estuvieran y se aseguraba de que no pudiera escuchar nada.
Ese viejo Baín es muy leal a mi padre, y no me permitía siquiera acercarme.
—¿Cómo era ese hombre?
—Tenía un ojo blanco.
Debo encontrar a ese «ojo blanco».
—¿Algo más que puedas decirme de él? —le preguntó a la dama.
—Solo una cosa. Por Eluvá, espero estar equivocada. Espero que mi premonición sobre mi hermano sea errónea.
—¿Cuál premonición?
—Que él estaba involucrado en todo esto.
El capitán vio en su mente un destello de Roldán, en el suelo, la espada atravesándole el vientre, desangrándose, confesando que era parte de la Sociedad del Eclipse.
—¿Qué le hace pensar eso?
—Capitán, debe entender que si no le he dicho todo, no es porque intente ocultarle cosas. Simplemente soy la hija del marqués de Layún, y yo debo… proteger…; ser leal.
—Entiendo.
Lo entiendo bastante bien. Sé lo que significa ser leal a un rey que prácticamente no conozco, estar dispuesto a dar la vida por un reino lleno de corrupción, ver a amigos morir con el rostro desfigurado por el remordimiento, y saber que un día ese seré yo.
—Mi hermano quería sacar a la familia adelante, capitán.
Sabía de las deudas de mi padre. Lo vi revisando los libros.
Lo escuché gritar, frustrado, discutiendo con mi padre por la manera en que el dinero se esfumaba, por los tratos que hacía sin consultarlo con nadie.
Roldán quería ayudar. Una noche, cuando vino el del ojo blanco, no solo se vio con mi padre, sino que, al salir de la fortaleza, también se vio con mi hermano, en los establos.
Eso no ocurrió una o dos veces, sino varias.
Y en una ocasión en particular, salieron juntos del castillo, con mucho cuidado de no ser vistos. Así que hice algo arriesgado.
—¿Qué cosa?
—Los seguí. A pie. Era una noche oscura, y yo puedo caminar sigilosamente.
Pensé que irían a una taberna, por lo que sería difícil acercarme sin ser vista y escuchar su conversación.
En lugar de eso, se adentraron en los callejones de la ciudad.
Fui cuidadosa. Estoy segura que no me vieron.
Se metieron a una casa de tres plantas, con un pasillito muy angosto del lado derecho, cuya entrada era protegida por una verja.
Me la salté y, puesto que soy delgada, me deslicé por el pasillo y me asomé por una ventana de donde emanaba una tenue luz.
Ella lo miró, como asegurándose de que estuviera siguiendo su conversación.
—Vi a cuatro hombres, capitán.
—¿Los reconoció?
—Uno era mi hermano. El otro era Ojo Blanco, quien, al no tener la capucha puesta, lo vi mejor.
Nariz ganchuda, mentón partido, tez arrugada, calvo.
Al tercero no lo reconocí; estaba inclinado hacia atrás y la vela no le iluminaba el rostro.
Parecía ser fornido. Al cuarto hombre solo pude verlo de espaldas y, en una ocasión, rápidamente, de perfil.
—¿Y quién era?
Ella negó con la cabeza:
—No estoy segura, capitán. No pude verlo bien. Pero sentí un escalofrío. Tuve el sentimiento de que lo he visto antes, en algún lugar. Era de hombros anchos, grande, y aunque no le vi bien el rostro, alcancé a escuchar su voz. La voz de un hombre educado.
Lo mismo había pensado Arjen del asesino del tulipán cuando lo escucho hablar.
—De repente pensé que uno de ellos me había visto y, sumamente asustada, salí de allí apresuradamente, pensando que me perseguirían y sería descubierta. Pero no fue así.
¿Qué tipo de reunión estarían teniendo esas cuatro personas en ese lugar? Una conspiración, sin duda. Tenía que investigarlo. Era, hasta ahora, su mejor pista. Era una chispa de luz en la oscuridad de este caso.
—Ese lugar donde tuvieron la reunión, ¿puedes decirme dónde es?
—Sí, capitán. Puedo decirle la localización exacta.