Los sabuesos del rey: Libros 1-5 El furor de mi venganza
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El furor de mi venganza

ANOCHECERÍA EN UN par de horas.

El cielo, todavía gris por la lluvia reciente, comenzaba a oscurecer hacia el oeste.

Arjen dijo:

—Todos tranquilos. Evitemos problemas.

—¿Y si hay que desenfundar? —preguntó Traco.

—No será necesario. No se atreverá —respondió el capitán.

—¿Pero y si…? —insistió Traco.

—No se atreverá —secundó el sargento Zark—. No estando todos nosotros.

Estaban en el patio del castillo de Ikse.

Un patio amplio, empedrado, todavía húmedo por la lluvia.

El agua se acumulaba en pequeñas hendiduras entre las piedras, reflejando las antorchas encendidas cerca de la entrada.

Esperaban a que el mayordomo les diera entrada para ver al marqués Daner de Layún.

Habían pasado dos días desde que salieron de ese lugar, en medio de la tormenta, rumbo a la casa del mago Ramdán.

Hacía algo de frío. Después de la tormenta, corría un viento fresco que se colaba bajo las capas.

La ciudad se había visto terriblemente afectada por las lluvias.

El sur del lago de los Naufragios se desbordó, destruyendo decenas de casas.

Lo mismo sucedió con el río de Naret, no muy lejos del cuartel de la séptima compañía de los sabuesos del rey.

Algunos condados todavía lidiaban con inundaciones, deslaves, calles desaparecidas y puentes caídos.

Aunque la tormenta solo duró un par de días, se hablaba de decenas de muertos en los barrios bajos.

La guardia de la ciudad se encontraba en las calles para hacer labores de rescate y restauración. El olor a lodo, madera mojada y basura aún flotaba en el aire.

El capitán Arjen, sin embargo, no podía desviarse de la misión: encontrar al asesino del tulipán, al llamado «heraldo». No importaban las lluvias ni los muertos recientes. La orden seguía en pie. Sin embargo, tenían pocas pistas, y cada una de ellas parecía conducir a un callejón sin salida.

Por lo tanto, habían regresado al castillo de Ikse para informarle al marqués sobre tres muertes: la del viejo Ramdán, la del espadachín Ogirán de Kande y la de su propio hijo, Roldán.

Esto no va a salir bien , pensó Arjen.

Junto a él, sus hombres.

Zark Sedare, sargento primero de la unidad, el semblante serio y los ojos oscuros, sombríos. No se movía. Era una estatua con capa negra.

Traco, sargento segundo, sus velludos brazos cruzados. A diferencia del resto, solo iba vestido con el uniforme negro, sin la capa. Le gustaba el frío. Decía que lo mantenía alerta.

El joven rubio, Amaret Etán. Sus ojos azules e inteligentes registraban cuidadosamente a su alrededor, contando entradas, midiendo distancias, siempre alerta. Su letal, elegante y delgada espada descansaba enfundada al cinto.

Lendo, el moreno, cruzado de brazos también. Era el más bajo de todos, de quijada cuadrada y cabello negro, una espada y un hacha corta al cinto. Tenía cuerpo de leñador y la misma expresión: paciente, dura.

Eladán de Nurani, quien fiel a su provincia fumaba ya la primera pipa del día.

Era el más alto de todos, más bien delgado y atlético.

No llevaba barba y, debajo de la quijada, en la parte derecha del cuello, tenía un tatuaje azul oscuro, circular, con los cuatro puntos cardinales, marca de los marineros de su pueblo costero.

Por último, los acompañaba Alana Verlán, la sargento de la guardia de la ciudad quien, aunque no era parte de la unidad, estaba más que involucrada en la cuestión.

Traía el uniforme gris de la guardia, con la capa del mismo color, y sus ojos —uno café, otro azul— se veían nerviosos.

Las dos muertes le pesaban. Había ella recibido una dispensación especial para dormir en las barracas del cuartel de los sabuesos mientras la misión siguiera en curso.

Baín, el mayordomo del castillo, salió y caminó hacia ellos. La primera vez que el capitán lo había visto, llevaba una mirada de ligera molestia. Dicha molestia había pasado de ser «ligera» a «severa». Sus ojos, entornados, denotaban enojo y cansancio.

—El marqués está listo para verlos —dijo. Se dio la vuelta y anduvo de regreso sin esperar respuesta.

Eladán apagó la pipa, la guardó, y siguieron a Baín.

Entraron y fueron dirigidos hasta el gran comedor. La chimenea estaba encendida, pero el calor no alcanzaba a llenar el salón. El marqués Daner de Layún los esperaba sentado en una silla grande de madera, junto al fuego, atizándolo distraídamente con una vara de hierro.

Se acercaron hasta estar a unos diez pasos de distancia, el capitán tomando dos pasos más al frente, sus hombres justo a su espalda.

El marqués ni siquiera los miró:

—Vaya, capitán. —Su voz, ronca—. Para que hayas venido con todos tus hombres significa que las noticias no son del todo buenas.

—No, mi señor.

En ese momento, por la puerta de la esquina, entró la dama Gleani, con un vestido de seda celeste. Caminaba despacio, erguida, y se detuvo en una esquina semioscura. Los ojos del capitán y los de ella se entrelazaron por un instante, y sintió un escalofrío.

El marqués lo sabe, y ella lo sabe. Saben que vengo con malas noticias. ¿Y cómo no? Vengo con mis hombres y sin los suyos.

Como leyéndole la mente, dijo el marqués:

—Y el que vengas sin mi hija, sin mi hijo y sin mi espadachín no augura buenas cosas.

—Lamento decirle que tengo malas noticias, mi señor de la marca.

Aunque solo lo veía de perfil, parecía como si el marqués de Layún hubiera perdido más peso. La piel de su rostro se notaba pegada a los huesos, bolsas negras bajo los ojos y el cabello enmarañado. Estaba envuelto en una capa de lana.

El marqués alzó la vista por fin. Sus ojos eran duros.

—Pues suéltalo, capitán. Tengo mucho tiempo, pero no para perderlo contigo.

—Encontramos al mago muerto. Horriblemente torturado.

—¿Quién lo mató?

—La Sociedad del Eclipse —respondió.

Una pausa.

—¿Lo sabes con certeza?

—No por completo, mi señor. La investigación sigue. Creemos que lo mataron por haber divulgado información que no debía.

—¿Cuál información?

—Le dijo a usted que sus hijas serían victimizadas. No estoy seguro de cómo llegó a esa información, aunque sospecho que el mismo mago podría haber sido un miembro de la Sociedad.

El marqués levantó una ceja:

—¿El viejo Ramdán, un soldado del Eclipse?

—Pudiera ser.

Daner de Layún extendió la mano y tomó una copa de vino sobre una mesita cercana. Le dio un sorbo y se quedó con ella en la mano derecha. Permaneció pensativo por un tiempo. Luego agregó:

—¿Y qué más?

—Nos tendieron una emboscada en la morada del mago. Eran hombres vestidos de negro, enmascarados también, y con un tatuaje en el dorso de la mano. Un círculo con una línea oblicua.

La dama Gleani suprimió un jadeo de sorpresa.

—Soldados del Eclipse —musitó el marqués.

—Así es, mi señor —continuó Arjen—. Era una trampa. Sabían que iríamos allí. Nos esperaban.

—¿Y cómo lo sabían?

Porque tu hijo se los dijo, pensó el capitán. Porque tu hijo era miembro de la Sociedad, facilitó el secuestro de tus hijas e incluso la muerte de una de ellas, con tal de que tú, marqués, te unieras a la Sociedad y a la traición del reino.

En lugar de eso, dijo:

—No lo sabemos. Pero en la refriega murieron dos. Uno de ellos fue Ogirán de Kande. Y el segundo, mi señor marqués, fue su hijo, quien sucumbió valientemente a sus heridas.

La dama Gleani se llevó una mano temblorosa al cuello, su rostro lleno de dolor.

El rostro del noble se ensombreció y envejeció en un instante.

Arjen escuchó la respiración honda de la sargento Verlán, a su espalda. Había sido el filo de su espada el que terminó con la vida tanto del espadachín pelirrojo como del hijo del noble. Uno muerto en defensa, el otro muerto por accidente.

El capitán había considerado largamente si lo mejor era decirle la verdad completa al marqués. Confesarle que su hijo les había tendido la emboscada y que estaba coludido con el Heraldo, el asesino del tulipán.

Pero al final decidió mentirle. No tenía reparos en hacerlo, porque aunque le gustaba decir la verdad, solo se la debía a aquellos que merecían saberla.

Y al marqués no le debía nada, mucho menos la verdad.

No era el rey, no era su superior, no era el comandante de los sabuesos.

Era un noble en quiebra que estaba siendo presionado para entregar secretos del rey a los enemigos de la corona.

Era un traidor en potencia.

Y, por lo tanto, un peligro.

—¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde está su cuerpo?

—He dado la instrucción de que lo traigan inmediatamente aquí, para ser ungido y enterrado.

—¿El pelirrojo?

—Será enterrado en un cementerio común.

El marqués asintió.

—¿Tienes hijos, capitán?

Arjen agitó la cabeza.

Hijos no. No que yo sepa. Solo un amor apagado por el destino.

—No los tengas —dijo—. Serán tu ruina. Ahora lárguense, que lloraré a mi hijo. Si Eluvá me es propicio, jamás veré sus rostros de nuevo.

Arjen inclinó la cabeza y se preparó para retirarse.

La voz del marqués lo detuvo.

—Una cosa más, capitán Dabidji —dijo—. Si tan solo sospecho que tú, o uno de tus hombres, estuvo involucrado en la muerte de mi hijo, te juro por el Viviente-que-me-ve que necesitarás un ejército entero para resguardarte, tú y tus hombres, del furor de mi venganza.