El duque de Nurani
TRESDEN.
La gran ciudad, la capital del mundo.
Una ciudad de contrastes. Los bosques del noreste, las montañas del noroeste, la zona desértica del suroeste. Todo dentro de las grandes murallas de la misma ciudad colosal.
Al sur del gran lago de Alván, el castillo real, ese antiguo gigante, negro y magnífico, asentado sobre una colina rocosa, con sus muchas torres puntiagudas, anchos adarves, gruesas paredes, amplios jardines; heraldo inconquistable de la majestuosa ciudad-reino.
Tresden, la ciudad de los castillos. Ninguno de la misma magnificencia que el del rey, pero a lo largo de la ciudad, salpicados por aquí y allá, los castillos de los poderosos nobles; algunos pequeños, sí, pero la mayoría eran construcciones grandes y magníficas, que daban sombra a las miles de casas, chozas y tejas donde habitaban los ciudadanos, desde el mendigo más pobre hasta el mercader más rico.
Una de esas fortalezas era el castillo del duque de Nurani, quien regía dicha provincia. Localizada al este del lago Argalón, como a tres millas antes de llegar a la gran muralla externa, estaba rodeada de pinos y asentada —como la mayoría de las grandes construcciones— sobre una colina.
Por supuesto, el duque de Nurani tenía otra gigantesca fortaleza en Edná, la capital de la provincia nureña.
Pero este castillo en Tresden, apodado «el Hexágono», robaba el aliento de los que lo veían por primera vez.
Los seis muros que resguardaban el alcázar eran altos, altísimos, cada uno con su torre de vigía, en cuya plataforma se podrían montar varios trabuquetes.
Los muros enseñaban tres hileras de aspilleras, decenas de ellas, desde donde los arqueros repelerían cualquier ataque.
La piedra de los muros era rojiza, casi carmesí, mientras que las almenas eran de un blanco que parecía mármol, dándole una belleza innegable.
Se rumoraba que, en caso de que el rey tuviera que huir del castillo (cosa hipotética, pues semejante cosa jamás había sucedido desde la fundación), se resguardaría en el Hexágono, la segunda gran fortaleza de la ciudad.
Su construcción comenzó hacía más de mil quinientos años por Gabanán Aduli, el primo del entonces rey Jadán «el Conquistador», quien le había otorgado el ducado de Nurani por su valeroso liderazgo en la reconquista.
Desde entonces, tanto el Hexágono como el ducado habían pertenecido a la casa Aduli.
Esta noche en particular, los carruajes seguían entrando hacia el patio del Hexágono, descendiendo de ellos hombres y mujeres vestidos con las ropas más espléndidas.
Algunos eran poderosos mercaderes, pero entre los invitados al banquete de esa noche había barones, condes, marqueses y otros grandes de Tresden.
El patio, iluminado por múltiples antorchas, era un hermoso jardín con su propio estanque donde nadaban todo tipo de peces, y sobre cuya superficie andaban patos y flamencos.
Algunos de los invitados se acercaban a las jaulas de animales exóticos, donde además de leones, lobos y panteras, se exhibía un enorme elefante con gigantescos colmillos de marfil.
Todos los visitantes tenían en su mano una copa de vino que era constantemente rellenada por la servidumbre, bajo el ojo cuidadoso del mayordomo, que andaba de aquí para allá, apareciendo y desapareciendo cual mago; era un hombre alto y encorvado, de cabello blanco y recogido en una cebolla en la nuca, vestido con una sombría túnica gris.
Dentro de la masiva torre interna, unos cien invitados —los invitados especiales—, algunos de los cuales habían viajado de diversas partes del reino, en especial de la provincia nureña, esperaban para sentarse a comer dentro del gran salón, cuya larga mesa de madera estaba repleta de los manjares más exquisitos.
Conversaban y reían, esperando la llegada del anfitrión.
Entonces, a la cabeza del salón, en una tarima de piedra, apareció el mayordomo, quien sonó fuertemente una campana grande que llevaba en la mano.
Todos hicieron silencio.
—¡El duque de Nurani! —exclamó.
Entró Sedne Aduli. El salón irrumpió en aplausos.
—¡Larga vida al duque! —gritó alguien.
—¡Hey! —corearon los presentes.
—¡Que viva el duque de Nurani, nuestro gran protector! —gritó alguien más, los invitados respondiendo de la misma manera.
El duque levantó ambos brazos, una sonrisa en su rostro, y dijo en altavoz:
—Bienvenidos a la fortaleza de Aduli, al gran Hexágono, señal del poderío de nuestro reino.
Aplausos.
El duque era un hombre impresionante. Alto, robusto, cabello negro, quijada cuadrada perfectamente bien rasurada. Ojos oscuros, penetrantes, y la tez curtida por el sol. Vestía una espléndida túnica escarlata, del mismo color de los muros del castillo, y de sus hombros descendía una capa blanca.
—Cada uno de ustedes ha recibido instrucción sobre dónde sentarse. Sean tan amables de hacerlo —dijo.
Las sillas alrededor de la mesa tenían un pequeño número dorado grabado en el respaldo. Los asistentes habían recibido previamente instrucciones de dónde exactamente sentarse. Eso hicieron. Nadie, sin embargo, tocó la comida.
El duque caminó hacia la silla en la cabeza de la mesa, un asiento que más bien parecía un pequeño trono.
Desde allí, de pie, dijo:
—Sean bienvenidos a este gran banquete, preparado con anticipación y esmero solo para ustedes. Ustedes, sí, fieles colaboradores conmigo. Grandes defensores de nuestra tierra. De este hermoso reino por el cual hemos combatido hasta la sangre.
Cabezas asintiendo.
—Sí, amigos míos, porque nosotros estuvimos allí, en el campo de batalla, con espada en mano, luchando contra Sar Glodiaga, ese maldito emperador de Ragidán, hijo de los demonios.
—¡Eluvá lo maldiga! —gritó el barón Frrojen, que había perdido dos hijos en la Gran Guerra.
—Entre nosotros está el general Kladen —dijo el duque, apuntando a un hombre serio y con uniforme azul—, líder de los ejércitos de Nurani, quien valientemente defendió nuestra provincia.
—¡Larga vida al general! —Más aplausos, vivas y exclamaciones.
—Hoy disfrutamos con tranquilidad de estos alimentos.
Pero no olvidemos que, tan solo hace poco más de cinco años, muchos de nosotros dormíamos en trincheras y bajo carpas, comiendo carne seca y pan duro, aguantando la lluvia, la nieve y el duro sol, replegando a nuestros adversarios a filo de espada. ¡Y los mandamos de regreso a su isla!
El salón irrumpió en júbilo.
—En aquel tiempo luchamos hombro con hombro bajo el liderazgo del rey Aiván II, cuya memoria honramos, y que ahora, habiendo emprendido el viaje eterno, disfruta de los Portales de Esplendor.
Y ahora seguimos disfrutando de la paz bajo el reinado de su hijo, el rey Aiván III, el «Justo».
Que viva para siempre. —Esta última frase la dijo casi en un susurro.
Se hizo un silencio. Nadie gritó ni un solo viva.
—Cinco años de paz hemos gozado. Sin embargo, antes de morir, el padre de nuestro rey hizo un acto de lo que le pareció correcto: perdonó la vida del emperador Glodiaga.
Silencio de nuevo. Caras serias, ceños fruncidos.
—Así que seguiremos gozando de esta paz… siempre y cuando al emperador no se le ocurra volver a tomar las armas.
Nadie siquiera se movió.
El general Kladen rompió el silencio. Aunque no gritó, su voz ronca fue oída por todos los presentes:
—Hay vientos de guerra en el este. Nuestras tropas, incluso vigilando de cerca la isla, no pueden tener sus ojos en todos lados.
—¿A qué te refieres, general? —preguntó el barón Frrojen. Era un hombre alto, de barba larga y gris, que tiempo atrás había sido un hombre fornido, pero ahora, en estos años de paz, había embarnecido significativamente.
—Me refiero —respondió el general— a que Ragidán prepara su contraataque. Glodiaga, a oscuras, prepara sus tropas en los lugares más remotos de los pantanos de la isla.
Alzó la voz un joven rubio y bien parecido, de unos treinta años: el vizconde Manadén Rabá.
—Con el debido respeto, general, pero esos son tan solo rumores. No hay evidencia.
—Sí la hay —rugió el duque, y todos los ojos se dirigieron a él—. He visto las tropas.
—¿Qué? —dijo el joven vizconde—. ¿Cómo que…?
—Lo que he dicho. Yo mismo fui al imperio caído. He visto las tropas. Se preparan para levantarse.
—¡Hay que informárselo al rey, entonces! —dijo el joven vizconde.
—¿Al rey? —irrumpió Frrojen, la cara roja—. El rey tiene quince años. Nunca ha empuñado la espada. Ni siquiera estuvo en el campo de batalla con su padre. —Eso era mentira, pero nadie se molestó en corregirlo—. ¿El rey nos va a proteger?
Parecía que todos se habían quedado sin aliento, y que nadie se atrevía a respirar.
El duque alzó las manos:
—Calma, amigos míos. Aquí todos somos fieles a la corona —agregó, aunque su voz denotaba cierto cinismo—. Que nunca se diga que dentro de las murallas del Hexágono se trama traición alguna.
Los ojos del barón Frrojen, sin embargo, brillaban. Una sonrisa en su rostro, enmascarada por sus bigotes.
—Así como fui protector antes —continuó el duque—, lo seguiré siendo. Si ustedes están conmigo, por supuesto. ¡No temeremos enemigo alguno! ¡Defenderemos a Tresden otra vez!
Frrojen tomó una copa de vino y la alzó:
—¡Larga vida al duque Aduli, protector del reino!
—¡Hey! —gritaron todos (menos el vizconde Rabá).
—¡Larga vida al duque Aduli, protector del reino!
—¡Hey!
—¡Larga vida al duque Aduli, protector del reino!
—¡HEY!
—¡Coman y beban, amigos míos! —exclamó el duque—. ¡Que comience el banquete!
—::—
Una hora después, con el banquete en pleno curso, con los músicos tocando alegremente en una esquina, el mayordomo del castillo se acercó cojeando al duque.
—Su excelencia —le dijo al oído—. Me dijo que quería verla.
—¿Está lista?
—Sí.
El duque Aduli se puso de pie y, seguido de su mayordomo, subrepticiamente abandonó la sala. Caminó por los pasillos, atravesando cámaras y salones, hasta llegar a las escaleras de piedra que descendían en caracol.
Habiendo encendido una lámpara, bajaron juntos, atravesando un frío corredor subterráneo hasta llegar al calabozo.
Había diez celdas en total, cinco de un lado del pasillo, cinco del otro. Estaban aseguradas con puertas gruesas de madera, cada una con una mirilla cuadrada, por la cual el duque se asomó en la primera puerta, aunque no vio nada por la completa oscuridad.
La puerta se abría con un pasador grueso, el cual el duque mismo descorrió.
Entró a la celda, y vio en la esquina a la muchacha.
Al verlos entrar, el semblante de ella se tornó en uno de angustia.
—No me hagan daño —dijo—. Mi padre…, mi padre tiene mucho dinero.
—Tu padre es un estafador y un sinvergüenza —le dijo el duque—. Pero de algo nos servirá.
—Te matará cuando se entere —respondió ella, repentinamente airada.
El duque sonrió:
—Será mejor que te portes bien, o terminarás como tu hermana: muerta.
—¿Mi hermana? —dijo ella, aterrada de nuevo—. ¿Binada… está bien?
—Ella está bien, querida mía. Está gozando del viaje eterno.
La muchacha gimió, la cara pálida, los ojos saltones, la boca abierta.
—Y ahora —continuó el duque—, necesito algo para que tu padre sepa que, a menos que acceda a lo que le pedimos, sucederá lo mismo contigo.
El duque extendió la mano, y en ella su mayordomo colocó unas tijeras.
Se acercó a la muchacha, quien lanzó un terrible grito:
—¡Déjame en paz, maldito perro, déjame en paz!
—No te preocupes —le respondió—. No dolerá mucho.