Mucho qué hacer
—¿CAPITÁN? ¿CAPITÁN?
Arjen no se concentraba. Una multitud de pensamientos cruzaba su cabeza como lluvia de flechas.
—¿Capitán? —escuchó de nuevo la voz de Alana.
Se puso de pie, mirando el cadáver de Roldán. Luego el de de Kande.
Agitó la cabeza y dijo:
—Nos ha ganado, sargento.
—¿Cómo?
—El asesino del Tulipán, el «Heraldo», quien quiera que sea, nos ha ganado.
Un silencio.
Arjen se puso de pie y dio un paso hacia atrás para que el círculo de sangre que crecía sobre el cuerpo de Roldán no le manchara las suelas.
—Yo… —dijo Alana—. Yo no sabía que… yo no quería matarlo.
—¿A de Kande?
—A ninguno, en realidad. No sabía que Roldán era traidor.
Yo tampoco. Me engañó. ¿Será que debí haberlo intuido? ¿Será que me estoy poniendo demasiado viejo para esto?
—Olvida eso, sargento. Olvídate de él. De ellos.
—Pero…
El capitán puso ambas manos sobre los hombros de Alana Verlán.
—Escúchame, sargento. Esto es daño colateral. Así es la guerra. Y el asesino nos lleva ventaja. Tendrás que olvidarte de lo sucedido. De Kande es un soldado caído. Si vamos a atrapar a ese maldito hijo de Doriatán, tendrás que concentrarte. ¿Sí?
Ella tenía los ojos perdidos.
—No merecía morir así —balbuceó ella.
Arjen volteó hacia el cuerpo del pelirrojo. Tenía un semblante triste y algo sorprendido. La muerte, como a todos, le había llegado en el momento inesperado.
Sintió que el estómago se le constriñó. ¿Qué era? ¿Pena por el caído?
«No merecía morir así». ¿Y por qué no? Él había visto morir a muchos buenos hombres y mujeres; hombres con hijos pequeños que dependían de ellos, con esposas que los necesitaban para cubrir las necesidades básicas. Hombres buenos, mujeres guerreras.
Hombres y mujeres valientes.
Hombres y mujeres honorables.
Aun así habían muerto en el campo de batalla. Algunos con el cráneo abierto por un hacha enemiga, otros atravesados por una flecha perdida, y unos más muertos por la culpa, estupidez o ignorancia de sus propios compañeros.
Los vio aullar. Los vio desangrarse. Los vio tirados con las entrañas de fuera. Los vio desmembrados, decapitados, violados, empalados.
¿Quién de ellos merecía morir así?
Recordó entonces una sentencia de uno de los Siete Libros:
«A las bestias y a los hombres sucede por igual: mueren los unos, mueren los otros. Vanidad es».
¿Quién, además de los asesinos y violadores, merecía una muerte como esa: violenta y triste?
Sin embargo, así posiblemente muera yo. En alguna esquina oscura y maloliente, acuchillado por la espalda por un enemigo desconocido, desangrándome lentamente mientras maldigo mi pobre y corta vida, mientras lamento el amor perdido y los años desperdiciados.
Mientras lamento no poder cambiar el camino de la espada por una cama acompañada por mujer e hijos
Entonces otro pensamiento lo invadió:
Vengaré sus muertes. Vengaré sus muertes.
—Ese hijo del infierno nos lleva la delantera —dijo Arjen—. Está un paso adelante. Está jugando con nosotros, y va ganando.
—¿Qué haremos con los cuerpos?
—Déjamelo a mí.
—¿Se lo diremos al marqués?
—Roldán tiene razón. Si vamos y le decimos que fuimos emboscados y que su hijo y el pelirrojo murieron en combate, sospechará de nosotros. Mucho más si le ofrecemos la verdad: que su hijo era miembro de la Sociedad y facilitó el secuestro de sus hijas. ¿Piensas que nos creerá?
—Nos colgará allí mismo, en su patio.
—Exactamente. No nos dejará salir con vida. Y nada nos salvará de su furia, ni siquiera la dama Gleani. Yo lo conozco. No es quien era, pero es feroz, es implacable, y no tiene piedad de quienes considera sus enemigos.
—Entonces…, ¿qué vamos a hacer?
—Lo que vamos a hacer es que iremos al cuartel, y allí pensaremos. Miraremos las piezas del tablero, y consideraremos bien la próxima movida. Si Eluvá nos es propicio, encontraremos con vida a la dama Vainán. Quizás así se apacigüe la ira del marqués.
—¿Pero no le diremos nada antes?
—Tendremos que decírselo, pero lo mejor será ir con un escuadrón. Solos no. Así no podrá atraparnos aunque quiera. Y después, encontraremos a la muchacha, viva o muerta.
—¿Cómo la hallaremos? No tenemos nada.
Tiene razón. No tenemos nada. ¡Nada!
—No lo sé. No lo sé, sargento. —Crujió los dientes—. Pero tenemos que detener al Heraldo, porque algo me dice que no parará.
—¿Y la Sociedad del Eclipse? Hasta hoy no pensé que existiera en realidad.
—Tampoco yo. Ya lidiaremos con eso. Primero encontremos al asesino. ¿Estás dispuesta?
Ella lo pensó un momento, pero no por mucho:
—Sí. Lo estoy.
—¿Estás segura? El asesino está cerca, alrededor de nosotros, como un monstruo marino listo para atacar la embarcación. Esto se volverá mucho más peligroso.
—Estoy segura. Quiero matar a ese maldito bastardo.
—::—
El Naret no llevaba tanta agua y cruzaron sin mucho problema por el puente «de los Carruajes». Llegaron al cuartel cuando atardecía.
Se dirigieron a la oficina del comandante, aunque solo entró Arjen. Alana esperó afuera.
El comandante Virlán Acklen escuchó con atención e hizo preguntas puntuales. Luego mandó despachar un escuadrón para encargarse de colectar los cuerpos.
—Habrá que informar al marqués sobre la muerte de su hijo —dijo el comandante.
—Lo haré yo —respondió Arjen—. Es mi responsabilidad. Es mejor que lo escuche de mí. Iré con mi escuadrón.
—Si lo que dices de la Sociedad del Eclipse es verdad, tendré que informar a mis superiores.
—Quizás al rey mismo.
—Me gustaría, pero no puedo saltarme la cadena de mando.
—¿Y si no le creen?
El comandante se encogió de hombros:
—Si eso sucede, ya veremos cuál es el próximo paso. Por ahora, sigue investigando y encuentra al asesino.
—Sí, mi comandante.
—Muy bien. ¿Algo más?
—Sí. Quisiera solicitar la incorporación de la sargento Alana Verlán a los sabuesos del rey.
—Lo consideraré. Tomará un poco de tiempo, por la burocracia. Pero si crees que ella sería un buen elemento entre nosotros, confío plenamente en tu juicio.
—::—
El sol asomó entre las nubes grises y dejó de llover.
Alana regresó a su cuartel, con la instrucción de estar atenta a cualquier mensaje de parte de Arjen.
Cuando el capitán, hambriento, se dirigía hacia el refectorio, vio a la distancia que lo esperaban Zark, Traco, Amaret Etán y Eladán.
—¿Qué noticias del frente, capitán? —le preguntó el sargento segundo Zark Sedare.
Al llegar hasta donde estaban, les dijo:
—Mucho que reportar.
—Íbamos a salir a buscarlo en la tormenta —dijo Traco—, pero recordamos que usted ya es hombre grande y puede cuidarse por sí mismo.
Todos se rieron.
—Comamos, caballeros, que tenemos mucho que hacer hoy —les dijo.
Antes de que entraran al comedor, se acercó apresurado un cabo:
—Capitán Dabidji, mensaje urgente para usted. —Le tendió un sobre con sello.
—¿Sí? —dijo, ceñudo.
Sintió un escalofrío al ver que el sello tenía el símbolo del círculo con la línea oblicua.
Zark se acercó:
—¿No es ese el símbolo de…?
—Sí. De la Sociedad del Eclipse.
Traco maldijo.
Rompió el sello y leyó:
«No hay rincón donde puedas esconderte. Mis ojos están por toda la ciudad. Te di oportunidad de vivir. La desperdiciaste. Te arrancaré el corazón».
El capitán guardó el pedazo de papel, sacó tabaco y pipa, miró a sus hombres y dijo:
—Mucho que hacer, caballeros, mucho que hacer.