Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Maldito bastardo
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Maldito bastardo

ALANA ESCUCHABA SU propia voz muy lejana.

Estaba arrodillada junto a de Kande, agitándolo por la túnica y dándole palmadas en las mejillas. Pero el espadachín pelirrojo era un muñeco de trapo.

—Despiértate, maldito, despiértate, de Kande, así no, así no…, Eluvá bendito, Eluvá, por qué, yo no quise, no, ¡de Kande, despierta, bastardo!

A su izquierda, un gemido.

Era el asesino, moribundo pero respirando.

Ella gritó algo que no pudo recordar, y ahora estaba encima del otro, le dio una cachetada y le arrancó el pañuelo.

Sintió como si se le saliera el espíritu.

—¿Qué…? —susurró ella.

Era Roldán.

—Maldita seas —dijo el hijo del noble, que tenía los dedos de la mano derecha alrededor de la hoja de la espada que le salía por el pecho, cortándole la mano—. Maldita seas, ¡me has matado, zorra!

Alana comenzó a temblar.

—No entiendo —dijo ella—. ¿Tú…?

Escuchó pasos acercándose y pensó:

Esto no se ha acabado. Hay más espadachines, y terminarán conmigo. Nunca sabré por qué. Nunca sabré qué está pasando.

Sin embargo, era el capitán Dabidji.

—Siete Profetas… —dijo—. Sargento, ¿estás bien?

—Lo maté, capitán.

—¿A Roldán? —dijo Arjen, viendo el rostro descubierto.

—Maté a de Kande.

—Eluvá bendito… —dijo al ver el cuerpo—. ¿Por qué?

—Sin querer. Yo no quise. Yo no quise, capitán. —Unas lágrimas le brotaron de las comisuras de los ojos.

—::—

Arjen trataba pensar sobre la escena frente a él.

En una esquina, de Kande, tirado, las piernas en un ángulo extraño, los párpados semiabiertos, la piel blanca, la boca torcida.

La sargento, temblando, a punto de entrar en algún tipo de crisis, respirando profundamente e intentando controlarse.

Roldán, vestido todo de negro, malherido. Recordó que el hijo del noble había salido del castillo con otro manto encima, completamente cerrado hasta el cuello, probablemente para ocultar la túnica negra que ahora llevaba puesta.

Se acercó al herido y le descubrió el hombro izquierdo.

—No es —dijo Arjen.

—¿No es qué? —preguntó la sargento, su voz apenas audible.

—No es el asesino del tulipán. Al asesino yo le incrusté mi navaja aquí —dijo, apuntando.

Roldán sonrió, abrió la boca para hablar pero le dio un ataque de tos, escupiendo sangre.

—Eran dos esa noche —continuó el capitán, reflexionando y cayendo en cuenta—. El que me atacó a mí traía un gabán y un sombrero. El que atacó a de Kande era él, Roldán: andaba en túnica y capuchón puesto. Por eso el tiempo de los ataques no cuadraba bien. Eran dos.

Roldán se reía:

—Bien pensado, perro del rey.

Alana dijo:

—Ayer en la noche vi a Roldán llegar al castillo, y aunque no alcancé a ver su manto, estaba empapado.

—Seguramente cuando huyó de ustedes se escondió primero, luego arribó al castillo, después de que nosotros llegáramos.

—Entonces ¿no es él el asesino del tulipán? —preguntó ella.

—Son unos estúpidos —dijo Roldán—. Lo arruinarán todo.

—¿Dónde está el asesino? —dijo Arjen—. ¿Quién eres, su ayudante?

—¿Su ayudante? —respondió Roldán—. Uno de ellos. Uno de muchos.

—¡Pero eran tus hermanas! —exclamó Alana.

—¡Hermanastras! —respondió él, dilatando las fosas nasales, iracundo—. Las dos eran unas sanguijuelas malagradecidas, siempre poniendo a la familia en vergüenza, siempre considerándose superiores. Además, era la única manera de que mi padre accediera. ¡La única!

—¿Accediera a unirse a la Sociedad del Eclipse? —dijo el capitán.

—Vaya, capitán. No eres tan tonto como pensé.

—Pero ¿por qué? ¿Por qué es tan importante que se una a la Sociedad?

—Es eso o la ruina —dijo Roldán, su voz apagándose—. Eso o la muerte. La Sociedad es poderosa. Mi padre pensaba que yo no sabía nada…

—Pero tú ya te habías unido a ella —dijo Arjen, adivinando.

Roldán asintió:

—Además… ¿qué ha hecho ese maldito rey por nosotros? Es un joven inepto.

—Entonces —dijo Alana—, ¿él fue el que atacó a de Kande? ¿Decía de Kande la verdad?

—Debí haberlos matado entonces —musitó Roldán.

Arjen dijo:

—Roldán estaba con el asesino del tulipán, siguiéndote, Alana.

No dudo que Roldán facilitó información para el secuestro de sus hermanastras.

Tú estabas investigando, haciendo las preguntas correctas.

Así que te siguieron incluso en medio de la tormenta.

Uno de ellos, o quizá ambos, nos espiaban desde la entrada secreta, pero los descubrimos.

Nos separamos, y Roldán atacó a de Kande; el asesino del tulipán, a mí. Pero el asesino me dejó vivo. ¿Por qué?

—No sé por qué —dijo Roldán, los dientes rojos de sangre—. El heraldo hace lo que el Ojo le dice.

—¿Quién es el Ojo? ¿Ojo Blanco?

El hijo del noble no respondió, sino que gruñó de dolor.

—¿Cómo pudo prepararnos esta emboscada? ¿Cómo supo que vendríamos aquí? —dijo la sargento.

—Tuvo tiempo, toda la mañana para enviar un mensaje.

Roldán no respondió, pero su semblante indicaba que habían acertado.

—¿Por qué mataste al mago? —dijo Arjen.

Roldán exhaló largo, como cansado. Dijo:

—Fue muerto con su maldita hechicería. Yo solo ayudé.

—¿Por qué? ¿Por qué matarlo así?

—Porque dijo demasiado, ese maldito hijo del infierno —susurró Roldán—. Y todo con tal de tener a mi padre de su lado, con tal de tener un poco más de dinero en el bolsillo. ¡Era un charlatán!

Así que el mago Ramdán sabía, pensó Arjen. De alguna manera sabía lo que venía, que las hijas del noble serían raptadas. Quizás era él también parte de la Sociedad del Eclipse, o de alguna manera se enteró. Pero habló de más, y decidieron matarlo.

—Si el asesino del tulipán me dejó vivo, por qué querías matarnos?

—Él te lo advirtió, capitán. Te dio una oportunidad. ¿Y qué es lo primero que hiciste? ¡Desaprovecharla!

—¿Dónde está tu hermana? —dijo el capitán, acercándose a la cara del moribundo—. ¿Dónde la tiene?

Roldán negó con la cabeza:

—No te lo diré, perro. Ella es la garantía.

—¡Dime dónde está! Se lo diré todo a tu padre. Él sabrá esto. Se acabó, Roldán, ¡dime dónde está!

—¿Le dirás todo a mi padre, capitán? Mi padre nunca te creerá. Mi padre pensará que tú eres el responsable por mi muerte y la de de Kande. Te matará en cuanto se le digas, no te dejará salir con vida. Nunca te creerá.

Usando su propio manto como guante para no cortarse los dedos, Arjen agarró la hoja de la espada carmesí que salía del vientre de Roldán.

—Te haré sufrir si no me dices.

—No diré nada.

Arjen empujó la hoja hacia abajo, desgarrando piel.

Roldán rugió de dolor.

—¿Dónde está?

El hijo del noble miró a Arjen y le escupió en la cara, sangre y saliva viscosa.

El capitán empujó más, cortando vísceras y vientre, la sangre emanando, manchando la túnica y el suelo. Un olor agrio, al vaciar Roldán su vejiga.

—Capitán… —dijo Alana—, no creo que deba…

—¿DÓNDE ESTÁ?

Roldán aulló, la herida abriéndose más. Miró de nuevo al capitán. Sus ojos desorbitados por el dolor. Su rostro se tornó en uno de ira, una ira que no parecía capaz de expresar y, entre dientes, dijo:

—Si hay un inframundo, te espero allí, perro.

Y se desvaneció. Luego expiró.

—Maldito bastardo. Púdrete en el infierno —dijo el capitán.