Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Yo no
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Yo no

ALANA PERSEGUÍA AL de negro por un pasillo, sin poder ver bien.

El perseguido se metió por una puerta a la izquierda, atravesó otro corredor largo, luego una puerta con unas escaleras hacia abajo, cruzó un comedor, salió por el umbral de una puerta localizada en el extremo del salón hacia una habitación rectangular, grande, llena de triques, como si fuera una bodega, la cual era pobremente iluminada gracias a tres ventanas de cristal que dejaban pasar un poco de pálida luz gris.

El hombre encapuchado corría rápido. Aunque ella tenía excelente condición física, no le daba alcance.

Ahora le sacaban la vuelta a mesas, cajas, armarios, jarrones, candelabros; incluso le pareció ver un par de escudos y algunas lanzas.

—¡Detente, en el nombre del rey! —le gritó.

El otro súbitamente dio un giro y le lanzó un espadazo que la tomó por sorpresa. Alcanzó a desviar el filo en el último momento, pero su contrincante arremetió inmediatamente con vehemencia, haciéndola retroceder.

Ella recuperó su equilibrio y contraatacó, maldiciendo entre dientes.

Ahora fue el otro quien dio pasos atrás. Además de la capucha, le ocultaba el semblante un pañuelo gris oscuro igual al que tenían los otros espadachines.

—¡Tira el arma, bastardo! —gritó ella—. Somos cuatro. Estás rodeado.

—¡No lo entiendes! ¡Lo arruinarás todo! —le respondió con una voz aguda y desesperada.

—¿Qué?

—Esta era la única manera. ¡La única!

—¿Dónde está la muchacha? ¡Dime, asesino!

—Ella está bien. Es solo garantía.

—¡Dime dónde está! Estás rodeado, ríndete.

Una sombra, a su espalda. Se dio la vuelta para ver a dos espadachines avanzando en silencio sobre ella.

El primero, a dos pasos de distancia, extendió su espada y la alcanzó en la axila izquierda.

Sintió el filo entrando y saliendo, lanzó un grito y, con instinto animal, usó el pomo de su espada para golpear al que tenía enfrente, tan cerca que olía su aliento agrio incluso a través del paliacate.

El enmascarado levantó el hombro para desviar el golpe, pero el pomo le dio en la sien.

Los ojos se le cruzaron, las piernas se le doblaron y cayó al suelo, un gemido saliendo de su garganta.

Ahora tenía que lidiar con el segundo, que ya levantaba la espada para atacar.

Me atravesará la espalda el asesino, pensó horrorizada, lanzando una rápida mirada sobre su hombro.

Una puerta lateral se abrió dando paso a de Kande, sudoroso y jadeando, con sangre bajándole de la cabeza y manchándole el cuello y la túnica. Al pelirrojo se le abrieron los ojos grandes, hizo una mueca de ira y, gritando una blasfemia, corrió con la espada al frente hacia el encapuchado.

Eso le dio tiempo a Alana de hacer espacio entre ella y su oponente, quien lanzó tres estocadas que solo cortaron el aire.

¿Dónde está el capitán? ¿Dónde está Roldán?

A su contrincante le brillaban los ojos, un color amarillo pálido. Ya lo había notado en los primeros, y no sabía lo que significaba, excepto que les daba una rapidez extraordinaria: la manera en que se deslizaban por el suelo, el vigor con el que contraatacaban, la fuerza de cada espadazo.

—Te destriparé, perra callejera —dijo su contrincante.

Las espadas chocaron. Las chispas volaron. Blasfemias fueron intercambiadas. Y Alana, con una finta baja y ataque alto, le metió la hoja de la espada por la boca, saliendo la punta por la nuca.

Atrás de ella escuchó un grito de dolor.

Alana no veía a de Kande porque estaba exactamente del otro lado del encapuchado. Pero solo le tomó a ella un palpitar del corazón para saber que el pelirrojo estaba en problemas, porque su enemigo lo tenía literalmente arrinconado.

Suprimió el grito que sentía atorado en su garganta y corrió lo más rápido que pudo, como un felino, sin hacer ruido.

Todo se convirtió como en un sueño; los objetos desaparecieron a su alrededor y, de pronto, su visión fue como de un túnel, en donde todo lo que veía era su objetivo: la espalda del asesino.

Cuando llegó hasta él, le incrustó la espada con tanta fuerza que la hoja se deslizó hasta la guarda, y luego ella se estrelló también contra su enemigo, fuerte, su cara contra la parte de atrás del cráneo, tan fuerte que vio puntos luminosos, perdió el agarre de su arma y se fue al suelo, cayendo sobre su sentadera y evitando con sus manos irse de espalda.

Frente a ella, a unos dos o tres pasos de distancia, el encapuchado, con la espalda arqueada y la espada incrustada. Se quedó de pie, tambaleándose, perdió su espada y cayó al suelo, de bruces, con la espada todavía incrustada.

Vio a de Kande.

Estaba de pie, recargado en la pared, sus ojos abiertos, sorprendido.

Al espadachín pelirrojo se le resbaló la espada de la palma y rebotó en el suelo. Se llevó la mano derecha al corazón y dijo:

—Creo que…, creo que…

Una mancha roja se extendía en su túnica, en el pecho a la altura del corazón.

Entonces Alana entendió lo que había sucedido. Su espada no solamente había atravesado la espalda del de negro, sino también el pecho del pelirrojo.

— Profetas … —gimió ella, aterrada.

Se puso de pie rápidamente y se acercó a de Kande.

Él la miró. La cara completamente pálida.

—Parece que… —dijo él, sus ojos temerosos.

Ella inspeccionó la herida. Inmediatamente supo que era mortal. Levantó la vista. Los ojos de ella apenas a un palmo de los de él.

—De Kande… yo… yo no …

El pelirrojo abrió la boca e intentó decir algo. Su mirada se perdió y se desplomó en el suelo. Dio un espasmo, y no se movió más.

Alana gritó. El aullido de un alma en pena.