Quién demonios
EL MAGO ESTABA completamente desnudo, con las manos extendidas y un clavo atravesándole cada muñeca.
El rostro, arrugado por la edad, mostraba cabellos blancos y enmarañados que le caían por los hombros.
No tenía barba, y los labios se tensaban en un rictus espantoso.
Parecía que su cara se hubiera quedado petrificada en un instante de terror puro: los ojos, muy abiertos, como si fueran a saltar de las cuencas; la boca entreabierta, mostrando los amarillos y retorcidos dientes, a punto de soltar un grito que se quedó atorado en la garganta.
Además de eso, tenía cardenales, magulladuras y cortadas por todo el cuerpo. Le faltaban varios dedos de los pies y de las manos.
Había sido torturado.
Por si fuera poco, el mango de una navaja sobresalía de su corazón, la sangre seca descendiendo de la herida por el cuerpo arrugado y lleno de cortes.
Es mi navaja, pensó Arjen. La que le enterré al de negro en el hombro izquierdo.
—Eluvá bendito —dijo de nuevo la sargento, y se llevó la mano a la garganta, intentando evitar vaciar el desayuno en el suelo.
Arjen se acercó y sacó la navaja. Un hilo de sangre nueva descendió desde la herida. Sacó un pañuelo de su cinturón de armas, limpió el arma y la guardó.
—No tiene mucho que lo mataron —dijo Arjen.
La sargento enfundó y sacó también un pañuelo con el que cubrió su nariz y boca. Se acercó al cadáver.
—Lo torturaron por mucho tiempo.
—Sí, sargento. Lo clavaron primero, vivo, y después lo fueron cortando.
—¿Cómo lo cargaron para colgarlo allí? Se necesita mucha fuerza.
O hechicería, pensó Arjen.
—Siete Profetas —exclamó la sargento, y puso el candelabro sobre un buró—. Parece que alguien está cubriendo sus pasos. Deshaciéndose de cabos sueltos.
—Sí.
—Pero si es el asesino del tulipán, ¿dónde está el tulipán?
—Mira —dijo el capitán apuntando—. La boca.
Algo tenía el cadáver atorado en la boca, algo negro, y no era la lengua.
Poniéndose sobre la punta de los pies, el capitán sacó el objeto pinchándolo con índice y pulgar.
Era un tulipán negro, sin el tallo.
Al capitán se le revolvió el estómago, y dejó caer al suelo la flor, húmeda por la saliva del muerto.
—Dios mío —dijo la sargento—. Llamaré a los otros. —Se giró sobre sus pies. Probablemente eso fue lo que los salvó, pues al hacerlo lanzó un grito ahogado y desenfundó.
Cuando el capitán hizo lo mismo, adoptando posición de defensa, vio que tres figuras vestidas con mantos oscuros —empuñando acero, y con la mitad inferior del rostro oculta tras una pañoleta negra— se habían introducido en la habitación sigilosamente.
Y algo más: los ojos de los tres brillaban.
El capitán identificó inmediatamente ese resplandor ocular.
Era diferente al de Farrajat de Ayul. Este más bien era el resplandor de aquel «polvo mágico», apodado «el zorro», que daba fuerza y rapidez a quienes lo inhalaban.
Por su mente cruzó un pensamiento fugaz: don Nadalo traficaba ese polvo con la Sociedad del Eclipse.
Detrás de los tres, en el umbral de la puerta, un cuarto hombre. Al igual que los tres, vestía todo de negro, con una capucha puesta y el rostro velado tras la pañoleta. Sus ojos, sin embargo, no brillaban.
—¿Quién demonios son…? —dijo la sargento.
—Atenta, sargento, serán veloces —dijo el capitán sin poder explicar más.
El cuarto hombre dijo:
—Mátenlos.
Los tres de negro se abalanzaron sobre ellos.
Uno se fue contra Arjen, dos contra Alana.
Uno contra mí porque piensan que soy el eslabón débil. Soy el viejo. Pues les demostraré lo contrario.
Recordaba bien que, aunque el polvo magnificaba la fuerza y rapidez de la persona, no la hacía más diestra con la espada. Simplemente más rápida.
Su contrincante, con un grito animal, dio un salto e hizo descender la espada en arco vertical.
Arjen se defendió con un fuerte espadazo que hizo saltar chispas y, aprovechando la proximidad de su enemigo, le dio un codazo justo por debajo de la barbilla, en el cuello.
El de negro trastabilló hacia atrás, los ojos amarillos bien abiertos, se llevó una mano a la garganta e intentó defenderse del contraataque.
Arjen, de un sablazo, lo dejó descubierto y le enterró la espada por el vientre, sintiendo el acero cortando carne y rozando el hueso de su columna.
Sacó el arma y remató destrozándole la cara; carne, sangre y dientes volaron por el aire.
Se apresuró para ayudar a la sargento, quien estaba en aprietos, luchando contra los dos y defendiéndose admirablemente, lanzando maldiciones, gritos y estocadas.
El capitán aprovechó que estaban distraídos con la sargento, confiados en que su compinche sería suficiente para deshacerse del más viejo.
Así que, para recompensarlos por dicha confianza, le metió al más cercano el filo de la espada por la espalda, a la altura del riñón, entrando la hoja como en mantequilla.
El herido arqueó la espalda y lanzó un grito que fue silenciado cuando la sargento le cortó el cuello, un chorro de sangre salpicándola en el pecho.
Escucharon el juramento de sorpresa del cuarto hombre, quien contemplaba la batalla desde el umbral de la puerta pero sin unirse a ella.
El tercer espadachín, sin amedrentarse, se lanzó contra el capitán haciendo una finta y logrando alcanzarlo cerca del muslo, cortando la túnica pero sin llegar a la piel.
No pudo contra los dos. La sargento lo hirió en el hombro del brazo que empuñaba la espada, y el capitán le dio un machetazo que, además de destruirle la oreja, le abrió la quijada.
Cayó al suelo, retorciéndose, la sangre borbotando desde las heridas.
El moribundo, que dejaba ya de moverse, tenía un tatuaje en el dorso de la mano, justo por debajo de la palma.
Era un círculo con una línea oblicua. El símbolo de la Sociedad del Eclipse.
Esto lo confirma. Son soldados de la Sociedad.
El cuarto hombre desapareció, huyendo a la derecha.
—¡Tras él! —gritó la sargento.
—¡Espera, sargento! —dijo el capitán, pero ella ya salía por la puerta.
Él había perdido su vela en el combate, y el candelabro de mano de la sargento seguía sobre el buró.
La sargento salió en persecución del otro sin luz alguna.
Así que, apresurándose, corrió al buró, tomó el candelabro y se detuvo al dar un paso.
Dos espadachines entraban al cuarto.
Maldita sea.