Los sabuesos del rey: Libros 1-5 La bienvenida
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La bienvenida

EL SEGUNDO ENCUENTRO interesante fue justo antes de salir al patio del castillo, cuando se ajustaba su cinturón de armas.

Escuchó una voz a sus espaldas:

—Capitán Dabidji…

Era la dama Gleani. Se le aceleró un poco el corazón al verla.

—Para servirle, mi señora.

—Solo quería…, solo quería decirle que no suelo ocultarle cosas a mi padre. Eso hacen todos mis hermanos y hermanas, pero yo no. Cuando me preguntó esta mañana, tuve que decirle sobre mi conversación con usted.

—No se preocupe por eso, dama. Lo entiendo. De todas maneras, no traicionó mi confianza. Nunca le dije que mantuviera nuestra conversación en secreto. No podría.

—Gracias por lo que hace. Por investigar.

—Es mi deber.

—¿Cree encontrar a mi hermana viva?

—Eso no lo sé, dama… pero eso espero.

—Yo también. La odiaba, sí. Pero es mi sangre. Sería una pena enorme perder dos hermanas así. Por el bien de la familia y el de mi padre. Usted mismo lo vio: no es el que era.

Arjen asintió lentamente.

—Espero no parecer atrevida o imprudente, capitán, pero me gustaría hacerle un obsequio.

—¿Un obsequio? No es necesario.

—Yo lo sé. Pero no me lo niegue. Es algo pequeño, lo prometo. ¿Lo aceptará?

—Yo…

—Por Eluvá se lo pido.

Ella se quitó el hermoso pendiente que llevaba al cuello. Era una exquisita piedra azul, del tamaño de una monedita.

—Este no es un zarcillo cualquiera —dijo—. Es un amuleto bendecido, capitán. Un sacerdote supervisor lo ungió con aceite sagrado en el Templo Mayor. Sirve para bloquear hechizos. ¿Usted cree en eso?

—No del todo.

—Pues yo sí, capitán. Quizás lo proteja a usted. El viejo Ramdán dijo que un hechicero y heraldo había llegado a la ciudad.

—Lo recuerdo.

—Algo me dice que usted está lidiando con maldad. Con mucha maldad.

Todo indica que tiene razón. Maldad. Traiciones. Usura. Poder. Una maldita mezcla infernal.

Ella puso el dije en la mano de Arjen, suplicándole que se lo colgara al cuello, oculto detrás de su túnica. Él accedió.

—Que Eluvá le proteja —dijo ella, y le extendió la mano, la cual él besó.

—::—

Salió al patio. La lluvia seguía descendiendo con persistencia.

Con el manto encima y el capote puesto, el capitán se dirigió a la sargento, a de Kande y a Roldán:

—¿Están listos?

Dijeron que sí.

Roldán, con el manto marrón abrochado hasta el cuello y poniéndose la capucha, dijo:

—Conozco el camino más rápido a la morada del viejo mago.

—Entonces guía —dijo Arjen.

Cruzaron el patio, pasaron la puerta de la muralla, descendieron la pendiente, cruzaron unas calles completamente abandonadas y continuaron por el camino mal adoquinado.

—Nos duró poco la ropa seca, capitán —dijo de Kande, bien arrebujado.

—Además de este maldito frío —replicó Roldán.

El hijo del marqués llevaba encima un manto largo que daba evidencia de haber sido bien usado, además de unas botas viejas. Eso era buena señal: significaba que estaba acostumbrado a salir, en lugar de pasar el día de palacio en palacio, como acostumbraban la mayoría de los hijos de los nobles.

Quizás no sea tan malo como su hermano mayor.

Habría pasado la mitad de una hora cuando Roldán se detuvo y apuntó:

—Es allí. Esa es la casa.

—¿Esa? —preguntó la sargento—. Pensé que era una teja.

—Hace años lo era —respondió Roldán—. Pero supongo que la plata que le da mi padre a ese viejo le ha servido para mejorar su morada.

Era, más bien, una casa grande de madera, de tres plantas, con varias ventanas y techos de dos aguas, además de una pequeña torre en la parte de atrás con un techo cónico de teja. No era la casa de un noble, pero definitivamente tampoco la de un hombre pobre.

La lluvia arreció, y los truenos regresaban.

—¿Qué es esto, una tormenta eterna? —dijo de Kande, acomodándose la capucha.

Se acercaron, cruzando una pequeña muralla de piedras que delimitaba el terreno. Llegaron al porche techado donde estaba la puerta.

—Supongo que habrá que llamar —dijo la sargento.

Roldán, sin embargo, probó el picaporte.

—Está abierto —dijo.

—¿Abierto? —dijo de Kande—. ¿Estaría esperando visita, en semejante tormenta?

Entraron.

Todos encendieron vela, pues ninguna lámpara alumbraba el interior. En lugar de una estancia, el recibidor era un pequeño cuarto redondo con tres entradas sin puerta que daban hacia un pasillo.

—¿Qué es esto, un laberinto? —dijo la sargento Verlán.

—Ese Ramdán es un lunático —dijo de Kande.

—¡Maese Ramdán! —gritó Roldán—. ¡Maese Ramdán!

Silencio absoluto.

—Yo buscaré por acá —dijo Roldán, acostumbrado a dar órdenes, y tomó el pasillo de la derecha.

—Yo iré por este —dijo de Kande, apuntando al de en medio.

El capitán y la sargento fueron por el de la izquierda, un pasillo lateral muy largo y sin puertas. Terminaba en una construcción semicircular con unas escaleras de caracol hechas de hierro.

Subió el capitán primero, seguido por Alana.

Al llegar arriba, se encontraron con una habitación rectangular de unos veinte pasos de largo por quince de ancho, llena de animales disecados.

La mayoría eran animales pequeños, como ardillas, tejones y zorrillos; algunos sobre mesas, otros encima de armarios y algunos en repisas en la pared.

También vieron el busto de un oso, varios coyotes y por lo menos cinco venados.

—¿Los habrá cazado él? —se preguntó en voz alta la sargento.

—A saber —respondió el capitán.

—¡Profetas! Tanto animal muerto huele horroroso .

—Ese olor no proviene de los animales disecados.

—¿No?

Arjen negó con la cabeza:

—Huele a cuerpo muerto.

La habitación tenía dos puertas: una al otro extremo y otra en la pared izquierda.

El capitán, por instinto, desenvainó su espada, la sargento haciendo lo mismo.

Caminaron hacia la puerta en la pared de la izquierda. Estaba entornada. El capitán la empujó y entró, seguido por Alana. Un poco de luz entraba por un ventanal grande de cristal.

—Eluvá bendito… —dijo la sargento, horrorizada.

El mago Ramdán les daba la bienvenida con ambas manos extendidas.

Manos que, por cierto, estaban clavadas a la pared.