Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Lo juro
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Lo juro

DECIDIERON SALIR POR la tarde, cuando parecía que la tormenta menguaba.

Antes de que eso sucediera, el capitán tuvo dos encuentros interesantes.

El primero fue con el marqués de Layún, quien le pidió sentarse junto a él cuando los demás abandonaban el comedor.

—Capitán —dijo—. De Kande me ha puesto al tanto de lo que sabe. Sé que están persiguiendo a un asesino, y que mi hija no es la primera víctima.

—Por el respeto que tengo por usted, y por las batallas que peleamos juntos, se lo diré, mi señor. Está en lo correcto. Que sepamos, su hija sería la tercera víctima.

—Cuarta, si también… mata a Vainán.

—Haremos lo posible para que eso no suceda.

—Pero ¿cuál es el motivo?

—¿Por el que ha matado? —preguntó el capitán.

Daner de Layún asintió.

—Todavía no lo sabemos. Quizás sea por demencia. Quizás haya algo más.

—¿Algo más? ¿Como qué?

El capitán lo dudó por un momento, pero decidió preguntar:

—Su hija me dijo que el mago mencionó algo sobre descubrir un secreto oculto.

El marqués palideció. Se rascó la barba, su mirada se perdió en algún punto del techo. Luego miró a su alrededor, asegurándose de que estaban completamente solos y que nadie escuchaba.

—Lo que estoy a punto de decirle, capitán, nadie lo sabe. Ninguno de mis hijos, excepto Roldán. Ni siquiera Gleani.

—Cuenta con mi discreción, mi señor.

El marqués se movió inquieto en su silla.

—Si algún día esta información sale a la luz, sabré que fuiste tú, capitán. No solamente negaré todo, sino que además usaré todos mis recursos para acabar con tu vida. ¿Me entiendes?

—Lo entiendo perfectamente, marqués.

—Sabes que lo haría, ¿cierto?

—Lo sé.

—Bien… bien… —dijo. Un sudor le había brotado en la frente—. ¿Has oído de la Sociedad del Eclipse, capitán?

Arjen entornó los ojos:

—Por supuesto. Una banda criminal. Personas de poder. Traidores al reino.

—Exactamente. Una sociedad secreta con mucho dinero. Y cuando digo mucho dinero, capitán, me refiero a mucho . ¿Sabes cuál es su misión?

—Desestabilizar el reino y quitar al rey del trono.

Daner de Layún afirmó con la cabeza.

—¿Y poner a quién? —preguntó el capitán.

—Eso no lo sé con certeza. Probablemente a alguien en su círculo cercano. A uno miembro de la Sociedad.

—¿Alguien como usted? —se atrevió a decir.

—No. Yo no. No acepté unirme, capitán. Hace casi dos años me visitó aquí mismo, en el castillo, un hombre de un ojo blanco.

Recordó Arjen que, cuando le cortaban el pulgar a don Nadalo, había gritado eso: «Tiene un ojo blanco».

El marqués continuó:

—El «Mensajero», se hace llamar. En aquel tiempo, cuando me visitó esa primera vez, yo tenía una deuda significativa con el duque de Nurani. Miles de escudos en deuda por un negocio fracasado.

—Y le ofrecieron pagar la deuda a cambio de algo.

—Exactamente. El del ojo blanco no me dijo que pertenecía a la Sociedad del Eclipse. Eso vino después. Primero, me dijo que representaba un grupo interesado en ayudar a personas importantes a cambio de pequeños favores.

—Espionaje, me imagino.

—Así es. Cosas insignificantes, al principio.

Cada vez que había una junta del consejo real, Ojo Blanco me visitaba y me hacía un par de preguntillas.

Inocentes, estúpidas, sin trascendencia.

Y siempre traía una bolsa llena de monedas.

Fui un tonto. Me tendían una trampa. No pude ver la red a mi alrededor hasta que fue demasiado tarde.

—Disculpe la pregunta, mi señor, ¿pero no es usted un hombre adinerado?

—La mayoría está invertido en negocios y tierras.

Tierras que no puedo ni vender ni mantener, y negocios que ya no dan la plata que daban.

No tengo dinero disponible, a la mano, como el que llegué a tener años atrás.

Así que, cuando me ofrecieron dinero fácil y rápido a cambio de un poco de información…

acepté. ¡Era como hacer un gran negocio!

Hasta que un día me pidieron informarles detalladamente el itinerario del rey, incluyendo sus entradas, salidas y las personas que lo estarían resguardando.

Me ofrecieron mucho dinero, muchísimo, pero me negué.

—¿Cuál fue la reacción del hombre del ojo blanco?

—Para entonces yo ya sospechaba que se trataba de la Sociedad del Eclipse.

Pero fue allí cuando me lo confirmó. Me dijo que no tenía opción.

Me dijo que, si no les daba esa información, sería considerado traidor a la Sociedad, y que la paga por mi pecado sería la muerte.

Primero la de mi familia, y después la mía propia.

Arjen se quedó pensando.

—Pero ¿cómo sabemos que esto tiene que ver con la Sociedad del Eclipse? —dijo—. Quizás el asesino no está relacionado con ellos.

—El tulipán negro, capitán.

—¿El tulipán? ¿Qué tiene que ver?

—La Sociedad tiene sus códigos y señales secretas. El círculo con la raya oblicua es el símbolo de la Sociedad. La rosa roja, símbolo de la vida. Y el símbolo de la muerte es…

—El tulipán negro.

—Exactamente. Ojo Blanco me lo dijo en su última visita, antes de que lo expulsara de este castillo y le dijera que jamás regresara.

Si esto es verdad, pensó Arjen, significa que las muertes son mensajes de la Sociedad. Están cobrando deudas con la vida de mujeres.

—Estoy maniatado, capitán. Si digo algo, o si el secreto es expuesto, seré enjuiciado como traidor. Si no hago nada, matarán a mi segunda hija, y probablemente al resto de mi familia, poco a poco. Y luego a mí.

—¿Cómo lo sabía el mago?

—No tengo idea. Pero es un profeta del Viviente. Quizás fue por revelación.

—¿Se lo preguntó usted al mago?

—No. Como dije, desde ese día no lo he vuelto a ver. Lo mandé llamar, pero su casa estaba deshabitada, según mi hijo. No tengo idea de dónde está ni adónde fue.

—Pues lo buscaremos. Si no lo hallamos en su casa, lo buscaré, y lo encontraré.

—¿Encontrarás al asesino?

—Lo juro por Eluvá.

—¿Qué harás con él cuando lo encuentres?

—Lo mandaré al calabozo. Y que la justicia del rey se encargue.

—¿Morirá en la horca?

—Probablemente.

—Yo podría ser esa horca, capitán. Cómo me gustaría retorcer ese cuello con mis propias manos. Daría tierras por ello.

El capitán guardó silencio.

—Sé que usted no es uno de ellos, capitán. No es de los que se deja comprar. Eres un maldito despiadado, pero tienes un código.

Arjen se encogió de hombros:

—Así fui enseñado.

—Bien enseñado, diría yo. Pero de todas maneras, capitán… piénsalo.

El capitán no se atrevió a responder.

El marqués interpretó el silencio.

—Solicito permiso para retirarme, mi señor.

Daner de Layún asintió con la cabeza. Antes de que el capitán cruzara el umbral de la puerta, escuchó la voz grave del hombre:

—Encuéntralo, capitán.