Otros tiempos
AL SIGUIENTE DÍA, Arjen se levantó con dolor en el vientre y, al inspeccionarse, tenía un horrible cardenal. Además, seguía sintiendo un diente flojo (un premolar izquierdo) y dolor en la cara, aunque mucho menos que ayer. Al parecer, la dama Gleani había hecho un excelente trabajo de curación.
Al abrir la puerta, encontró un banquillo con sus ropas limpias y secas, incluyendo las botas.
—Vaya —musitó.
Encima de sus túnicas, una hoja de papel que decía:
Almuerzo a la segunda campanada.
Recordaba vagamente escuchar la primera, así que se apresuró a cambiarse, pues tenía mucha hambre.
Afuera todavía llovía a torrentes, aunque ligeramente menos que ayer.
Sin embargo, unas nubes negras cubrían el firmamento.
Por lo menos ya no tronaba. La noche había estado llena de truenos y relámpagos, tan fuertes y cercanos que lo despertaron un par de veces.
Por fortuna, pudo conciliar el sueño de nuevo.
Encima de un armario reposaba un espejo pequeño, redondo. Allí se inspeccionó la cara. Tenía un cardenal en la mejilla izquierda que su barba ocultaba parcialmente. El labio hinchado, pero solo un poco. Sí, la curación había hecho efecto.
Sonó la segunda campanada, que anunciaba la segunda hora desde el amanecer.
Descendió a la primera planta hasta encontrarse con un criado, quien le apuntó al comedor en donde se serviría el desayuno.
Fue el segundo en llegar. En la cabecera de la mesa larga estaba sentado un hombre que reconoció.
Era el marqués Daner de Layún.
Sin embargo, era apenas una sombra del hombre que había sido.
Conservaba aquellos hombros anchos, pero se le notaba el peso perdido.
La barba roja, antes orgullosa y bien cuidada, estaba ahora desaliñada, con parches grises que la apagaban.
El cabello rubio mostraba también abundantes canas.
Pero los ojos… esos seguían siendo los mismos: azules, sagaces, inteligentes; aunque ahora marcados por la falta de sueño, con esas manchas grises bajo los párpados que dejan las noches en vela.
—El mismísimo capitán Dabidji —dijo el marqués, su voz grave, sus ojos centelleando.
—Para servirle, mi señor —respondió el capitán inclinando el cuerpo.
—Han pasado los años desde la última vez que nos vimos.
—Así es, señor de la marca. Varios años ya.
—Si mi memoria no me falla, la última vez fue en el campo de Alimond, al norte de mis territorios, unas cinco leguas al oeste del Canal.
—Es así mismo, mi señor.
Entró el mayordomo al comedor y le indicó dónde sentarse, a la derecha del noble, a dos sillas de distancia.
La comida no había sido servida, pero en la mesa ya estaban puestos varios cuencos de frutas y una jarra de aguamiel que Baín le sirvió en una copa.
—Siéntate, siéntate, capitán. Eres huésped honorable en esta casa —dijo de Layún.
—Sumamente agradecido por su hospitalidad —respondió el capitán—. Lamento haber llegado sin avisar y tan tarde.
—Espero hayas sido atendido de una manera digna —dijo el marqués mirando de soslayo a su mayordomo, quien tragó saliva.
—Fuimos bien atendidos.
—¿Recibieron comida, ropa y cama?
—Sí. Muy generoso de su parte.
—Me dicen que ha venido acompañado por una sargento de la guardia.
—Así es. Y por Ogirán de Kande, quien usted ya conoce.
Como por arte de invocación, por el arco de entrada apareció el espadachín pelirrojo, seguido por la sargento Verlán. Ellos también, tras ser saludados por el señor del castillo, tomaron asiento donde les indicó el mayordomo.
Entraron entonces tres personas más. El primero, un joven alto y bien parecido, de barba roja y vestido con una espléndida túnica carmesí, quien fue presentado como Roldán, hijo.
Luego la dama Gleani, con un vestido púrpura ceñido al cuerpo, sencillo y elegante. Llevaba en el cabello una diadema plateada hecha de finas ramas de metal que imitaban el laurel, y un hermoso pendiente de piedra azul le descendía por el cuello.
Finalmente, un muchacho delgado y apuesto, de cabello rojo y sin barba, presentado como Jonaste, hijo.
—¿Dónde están Kleande y Rinde? —preguntó de Layún.
—Indispuestos, padre —respondió Gleani.
El marqués frunció el ceño, pero no dijo nada.
Entonces trajeron el desayuno: simple, pero abundante. Pan blanco caliente, una bandeja de jamón curado, queso blando y un cuenco de miel espesa. También trajeron huevos revueltos, un guiso de avena y unas cuantas truchas pequeñas.
Daner de Layún levantó las manos, palmas arriba, y dijo:
—Bendito eres, Eluvá de los ejércitos celestiales, por darnos de comer hoy. Te alabamos. Así sea.
Todos repitieron: «Así sea».
Entonces, comieron.
Apuesto que al sargento Zark le gustaría estar aquí en este momento. Nunca rechaza un buen plato.
La conversación fue escueta. El marqués comía distraído, aunque preguntó sobre el clima, la tormenta y si los establos estaban siendo bien atendidos, a lo cual Roldán respondió de manera afirmativa.
De Kande parecía haberse despertado muy recientemente, y abría y cerraba los ojos con fuerza, como si intentara enfocar la mirada. Además de eso, se hacía un masaje en la sien con la yema de los dedos.
El marqués de Layún se cruzó de brazos y se reclinó sobre la silla grande en la que estaba sentado, la cual tenía las pieles de un oso sobre ella.
—Ah, la guerra, capitán —dijo dirigiéndose a Arjen—. Algunos días la extraño. Esa batalla en Alimond. ¿La recuerda, capitán Dabidji?
—La recuerdo, mi señor.
—Por supuesto que sí. ¡Cómo olvidarla! Dos mil quinientos hombres éramos, pero el enemigo más numeroso. Debía aventajarnos por lo menos por cuatrocientos. Esos malditos ragidianos pensaron que tenían la batalla hecha. Ah, pero ese día les dimos una probada del acero tresdino, ¿eh, capitán?
—Así fue.
—¿Recuerdas contra quién peleamos?
Arjen asintió.
—¡Contra el maldito hechicero del emperador! —exclamó el marqués.
¿Cómo olvidarlo? El emperador Glodiaga tenía a su servicio sacerdotes hechiceros, algunos de ellos como generales de ejército.
Pero el más temido de todos era Jarg Marjash, el «metamorfo», y su lugarteniente, cuyo nombre no recordaba.
Ambos evadieron la captura y escaparon, aunque de acuerdo a algunos testigos, Jarg Marjash había sido herido en el rostro. Arjen solo logró ver al brujo de lejos.
Me hubiera gustado matarlos yo mismo, pensó. Clavarles la espada en el corazón.
Se decía que Jarg Marjash y sus sacerdotes podían controlar mentes y mutar ellos mismos a cuerpos de osos, tigres y lobos, y aunque Arjen había sido muy escéptico en aquel entonces, el rumor era que ambos lograron evadir la captura al transformarse en animales y huir.
El marqués puso su mano sobre el hombro de su hijo Roldán:
—Me hubiera gustado que estuvieses allí, hijo mío. Estabas muy chico en ese entonces. Ese día tu padre luchó como un león. ¡Ese día corté muchos cuellos!
Por un momento le pareció a Arjen que veía aquel marqués con quien había luchado.
Rememorar la guerra despertaba algo en el alma de Daner de Layún.
El capitán lo recordó en el campo de batalla, con su regia armadura, galopando hacia el enemigo con lanza al frente, sus hombres detrás de él, lanzando un grito de batalla.
—Me habría gustado estar contigo, padre mío —dijo Roldán.
—Lo sé. Eres valiente, como yo. Y mejor espadachín, también, por Eluvá que no miento. ¿Sabes quién sí estuvo allí?
—El capitán Dabidji —dijo la dama Gleani, mirándolo.
—¡Sí! —exclamó el marqués—. Ese canijo —dijo meneando el dedo índice, una sonrisa en la cara— es el soldado más despiadado que he visto en mi vida.
Un escuadrón de unos cincuenta hombres, liderados por el capitán, se escabulló entre las líneas enemigas y llegó hasta el puesto de mando.
¿Y sabes qué hizo con el comandante enemigo cuando le pidió cuartel?
Arjen bajó la mirada.
Le corté el cuello. Y después de eso degollamos a todos los que se rindieron. Sin dejar uno solo vivo. Dejamos sus cuerpos tendidos en la llanura, alimento de cuervos y chacales.
—¡Le cortó el cuello! —El marqués lanzó una carcajada—. Maldito bastardo, capitán. Por si eso no fuera poco, terminada la batalla, el capitán Dabidji tenía la espada pegada a su mano derecha.
—¿Cómo dices, padre? —preguntó Jonaste.
—Como lo escuchas, hijo mío. ¡La mano se le atrincó a la maldita empuñadura! ¡Tuvo que dormir con la espada! ¿Oyeron eso? ¡Qué maravilla!
Arjen se llevó la copa a los labios para evitar ver las miradas de todos. Por encima del borde alcanzó a notar que Baín, el mayordomo, tenía los ojos abiertos de admiración… o espanto.
—Por los Siete Profetas —dijo el joven Jonaste, quien debía tener unos quince años de vida—. Eso nunca lo había oído. La espada pegada a la mano. ¡Por Eluvá!
En realidad, esa noche los huesos y articulaciones se suavizaron gracias al agua caliente, aceite y un masaje, y pudo enfundar su arma. Pero la leyenda de que había dormido con su espada se divulgó por el ejército.
—Sí —continuó el marqués—, cuando llamaron al capitán Dabidji al sur, a defender las llanuras, lo lamenté mucho. Buenos tiempos, ¿eh, capitán?
—Otros tiempos, mi señor. Agradecido a Eluvá por la paz que ahora nos concede.
Daner de Layún afirmó con la cabeza, pero respondió, serio:
—Por un tiempo, por lo menos. Por un tiempo. —Repentinamente el semblante del señor del castillo se ensombreció. Sus ojos se perdieron. La piel pareció pegársele a los huesos.
Una de sus hijas ha muerto y la otra está desaparecida , pensó Arjen. Para él, éstos no son tiempos de paz.
El marqués respiró hondo y dijo:
—Mi hija me ha informado sobre el plan de ir a visitar al mago.
Ahora fue ella quien bajó la mirada e intentó ocultar que se sonrojaba.
—No quería decírmelo, pero ella no sabe mentirme. Pues bien, capitán, ¿ese es el plan?
—Lo es, mi señor. Iremos para hacerle algunas preguntas.
—Espero que lo encuentren. Yo mismo lo he estado buscando, sin éxito.
—Eso no lo sabía, padre —dijo la dama Gleani, sorprendida.
—¿Pues qué, un padre debe decirle a su hija todos sus asuntos? Sí, lo he mandado buscar, pero no está en su casa. Así que, si la Providencia está de su lado, lo encontrarán.
—Esperemos que así sea —respondió Arjen.
El marqués se pasó la lengua por los dientes, una mirada intensa e inescrutable en su rostro.
—Pero tengo una condición para ello —dijo—. O más bien, una petición. ¿Negarás la petición de tu antiguo comandante de guerra?
Maldita sea. Odio cuando me ponen en situaciones como estas.
—Por supuesto que no, mi señor.
—Bien. Yo fui bueno contigo. Ahora sé bueno conmigo. Mi petición es sencilla. Si irás a ver al mago, llevas contigo a de Kande y a mi hijo Roldán. Quiero que ellos escuchen cada palabra y me informen. Al final, soy yo el que ha sido afrentado. Es mi honor. Son mis hijas.
Arjen maldijo para sus adentros. ¿Llevar a su hijo? Mala idea. Solo los retrasaría. Además, este era un asunto oficial. Ya de por sí traer al pelirrojo le fastidiaba, ¿pero ahora al hijo del noble? ¿Y si resultaba ser como el otro? ¿Un bueno para nada?
Pero ya no podía echarse atrás, por lo que respondió:
—Está bien.
—¿Cuándo saldrán?
—En cuanto la lluvia lo permita.