Encuentro
ALANA SEGUÍA AL criado por un pasillo húmedo y oscuro. El joven caminaba con familiaridad, alumbrándose el camino con una lámpara de aceite, al igual que ella.
Subieron por unas escaleras de caracol angostas y continuaron por otro corredor más ancho.
Pasaron por un pasillo con barandal a la izquierda, desde donde se podía ver hacia el piso de abajo, que era un gran salón cuya puerta daba hacia el patio exterior.
Allí, alumbrado por una lámpara, un joven se quitaba el manto exterior de encima, muy mojado, y lo colgaba en un gancho clavado a la pared.
Era rubio, barba roja bien recortada, más o menos de la edad de ella, y vestía una túnica sencilla de algún color oscuro.
Cuando avanzaron unos quince pasos, ella preguntó al criado en voz baja:
—¿Quién era?
—¿Cómo dice, mi señora?
—El joven que acaba de llegar. ¿Quién era?
—Lo lamento, mi señora, no vi.
—Un joven rubio.
—Debe ser el maese Roldán, hijo del marqués. Está encargado de los establos, mi señora.
Siguieron caminando hasta que finalmente el criado se detuvo y apuntó a una puerta.
Le dijo que eran sus aposentos, que encontraría la llave adentro y que la letrina estaba al final del pasillo.
Si al día siguiente deseaba agua caliente, debía avisarle a alguno de los criados con un par de horas de anticipación.
—¿Dónde duerme el capitán?
El muchacho la miró con unos ojos que apenas traicionaban su curiosidad.
—En el ala opuesta, mi señora.
—¿Me muestras? Necesito decirle algo con urgencia.
—Lo que usted desee, por supuesto.
Así que la guió hasta el final del pasillo, dando vuelta a la izquierda, pasando una estancia, seguido de otro pasillo con varias puertas cerradas.
El joven apuntó:
—La tercera puerta es la del capitán, mi señora.
—Gracias.
El muchacho se retiró por donde habían venido.
Era un castillo grande. Por fortuna, regresar a su cuarto no sería difícil.
Se acercó hasta la puerta de la habitación del capitán y, antes de tocar con los nudillos, dudó.
Es muy de noche. Quizás ya está dormido.
Entonces escuchó voces del otro lado de la puerta y, para su sorpresa, una de ellas era femenina.
Siete Profetas, está con una mujer. Debo retirarme de inmediato.
Justo en ese momento la puerta se abrió.
Delante de ella, una joven de piel blanquísima y ojos tan azules como el mar. Era bella, como imaginaba sería la princesa perdida, la hermana del rey.
Alana abrió la boca, pero no tenía idea de qué decir.
—¿Sus aposentos han sido de su agrado, sargento? —dijo la joven mujer.
—Yo…, todavía no…, todavía no los veo.
—Entiendo.
—Yo solo venía porque hay algo que debo, eh, conversar con el capitán.
—Entiendo —repitió.
En ese momento se sintió muy consciente de su aliento a alcohol. ¿Estaba ebria? No. Un poco mareada, pero nada más.
—Pero puedo volver después —dijo Alana.
—Lo que usted decida —respondió la joven—. Si algo necesita, déjeselo saber a alguno de los criados.
Debe ser hija del marqués. O algún miembro de la familia.
Dicho eso, la joven se retiró, caminando con tal gracia que parecía flotar sobre el suelo.
Adentro del cuarto, el capitán, de pie frente a la ventana, la veía con una mirada perpleja.
—Lo siento, capitán. Sé que es tarde. Disculpe mi impertinencia. Regresaré mañana.
Él sacudió la cabeza:
—No, no. Mejor de una vez. ¿Todo bien? ¿Hizo algo de Kande? —El capitán se acercó a la puerta para que hablaran sin elevar la voz. Ella se quedó allí en el umbral, sin entrar al cuarto.
—De Kande es un truhan —dijo ella—, pero no es tan estúpido como pensé. Ha estado investigando al asesino del tulipán con más cuidado de lo que uno pensaría.
—Es astuto. Inteligente y astuto.
—Sí.
—¿Te dijo algo relevante?
—Me parece que sí, capitán.
Entonces ella le resumió la conversación que acababa de tener con el espadachín pelirrojo, con cuidado de enfatizar los detalles que le parecían importantes.
—Vaya —dijo él—. Ese malparido es más sagaz de lo que pensé. Puede ser que tenga razón.
—¿Lo cree?
—Sí, pudiera ser. Cuando vimos a la primera víctima, a las afueras de la Universidad Real, pensamos que no podía ser una mujer de alta alcurnia.
Asumimos que había sido capturada dentro de la ciudad.
Sin embargo, si fuera la hija de un señor de la marca, las cosas pudieran ser diferentes.
No necesariamente, pero pudieran. Yo no sabía que el cuerpo de esa primera víctima había desaparecido misteriosamente.
Esa información nunca me llegó. Me fue ocultada, supongo.
—¿Y la segunda víctima?
—No la pude ver. Cuando fui al mortuorio, ya no estaba. También había desaparecido. O más bien, su cuerpo fue reclamado. Sin embargo, el que lo reclamó se aseguró de no dejar rastro.
—¿Sobornos?
—Así es.
—El cuerpo de Binada, la hija del marqués de Layún, ya fue enterrado.
Una ceremonia fúnebre completamente cerrada.
Solo la familia cercana lo supo. El patrón con ella fue similar que con el de las primeras dos.
En este caso, de Kande estuvo involucrado.
Reclamaron el cuerpo con mucho cuidado de que nadie supiera que la mujer era hija de un noble.
—Entonces el asesino podría estar matando a mujeres de familias poderosas. La pregunta es por qué.
—Y lo peor es que no tenemos ninguna información para continuar las pesquisas.
—No del todo, sargento.
Entonces el capitán le contó la conversación que acababa de tener con la dama Gleani, hija del marqués.
—Hay que visitar a ese mago —dijo la sargento.
—Lo haremos mañana por la mañana. Por ahora, descanse. Es una orden.
—Sí, mi capitán. —Lo saludó con el golpe al pecho y se retiró.