Los sabuesos del rey: Libros 1-5 El oráculo del mago
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El oráculo del mago

ARJEN MIRÓ A la dama Gleani, asintió con la cabeza y dijo:

—Me parece bien, mi señora. Cualquier información que pueda darme será de gran ayuda. Estamos investigando lo sucedido.

—La muerte y la desaparición.

—Así es. Lo siento.

—¿Qué es lo que sientes?

¿Qué es lo que siento? No mucho. Quiero encontrar a la muchacha desaparecida, sí, pero no tanto por ella, sino con tal de detener al asesino.

A veces se preguntaba si todavía sentía algo. Pero luego pensaba en el dolor que sentiría cuando el padre Darió hiciera el viaje eterno y entrara a los Portales de Esplendor. Recordaba el terror cuando pensó que Zark había muerto. ¿Su último amigo? ¿Su único amigo?

—Es decir… —dijo el capitán—, lo siento por sus hermanas.

—Yo odiaba a Binada y Vainán —dijo ella sin la menor dubitación en la voz—. Mayores que yo por tres veranos, pero doce veces más estúpidas. Mi hermana la más grande todavía vive en la marca. Además de seis hermanos varones, tres mayores que yo, tres menores.

—Ya veo. Diez hermanos en total, contando a las gemelas.

—Éramos doce. Dos mujeres han muerto. Riali, esa hermosa flor, falleció teniendo tan solo tres años.

Nunca supimos la razón. Simplemente un día amaneció sin respirar.

Y la más pequeña, Julinadani, murió una semana después de haber nacido.

Mi madre falleció al darla a luz. Eso fue hace diez años ya.

Pienso que todavía no nos hemos recuperado de esas pérdidas.

La luz de la lámpara iluminaba una cara triste. Ojos que lagrimaban. Labios ligeramente inclinados hacia abajo.

—¿Todos de la misma mujer?

—No —respondió ella—. Los primeros cinco son mis hermanastros, y nacieron de Burela, la primera esposa de mi padre, incluyendo las gemelas.

La dama Burela falleció hace muchos años de la fiebre amarilla.

Mi padre se casó de nuevo. El nombre de mi madre fue Jandelana, y tuvo primero a mi hermano Roldán, luego a mí, después a Jonaste, a Klande y a Rinde.

—¿Excepto por tu hermana mayor, todos viven aquí en el castillo?

—No. Mi hermana mayor vive junto a mi hermano Karna, el segundo, quien es ahora el señor de la marca.

Es a él a quien recuerdo. Un perfecto idiota .

—Mi hermano el tercero es comandante del ejército, apostado en la frontera del norte inexplorado.

—Ya veo.

—Después las gemelas, que vivían aquí en el castillo, al igual que el resto de nosotros.

—¿Tu padre se ha casado de nuevo?

Ella negó con la cabeza:

—Desde la muerte de mi madre, no. Aunque… mi padre es un hombre, capitán. Cada semana hay mujeres que entran y salen de su habitación. Él intenta ocultarlo, pero todos lo sabemos.

—Entonces, las únicas hijas de la primera esposa de tu padre que vivían en el castillo eran las gemelas.

—Así es. Sólo ellas. El resto de nosotros somos hijos de mi madre.

—¿Eso causaba conflictos entre ustedes?

—Por supuesto. Como dije, yo las odiaba.

Para empezar, nos veían como inferiores.

Como si ser hijos de la segunda esposa nos convirtiera en descendientes de segunda categoría.

Semejante estupidez. Además, siempre actuaban de manera que ponían a mi padre en vergüenza.

Él no es un hombre perfecto, capitán. Tiene muchos defectos, entre ellos uno de los peores, que parece ser una característica indispensable de la nobleza de esta ciudad…

y de este reino: una sed insaciable de poder y riqueza.

Mi padre fue un hombre rico y poderoso. Su cercanía al rey le ha dado poder en la ciudad.

El rey confía en él. Pero mis hermanas… todo lo que les interesaba era comer, beber y, sobre todo, pasar la noche con hombres.

—¿«Fue rico»?

La dama exhaló.

—Las finanzas de hoy no son las mismas de antes, capitán.

Mi padre es un hombre en ambicioso, e invirtió mucho dinero en diversos negocios.

Por alguna razón, Eluvá no prosperó algunos de esos negocios, y las pérdidas han sido…

—Ella negó con la cabeza—. Sin embargo, usted sabe cómo es la nobleza.

Hay que aparentar que todo sigue igual, que todo está bien.

Así que mi padre ha estado gastando dinero que no tiene, tanto para pagar deudas como para financiar sus casas, sus siervos y, por supuesto, sus hijos.

—¿Sus hermanas… salían con frecuencia?

—Sí, porque nunca se atrevieron a traer sus fiestas y a sus hombres aquí al castillo.

Mi padre tiene un carácter fuerte, y aunque siempre las consintió, nunca admitiría eso aquí dentro.

Solamente una vez se atrevieron ellas, y mi padre metió al calabozo por un tiempo a los dos hombres que las acompañaron. Eso les sirvió de lección.

—¿Eran ellas las favoritas de tu padre?

—No. La verdad es que no.

—Era usted, ¿cierto?

Ella arqueó una ceja:

—¿Es obvio?

—Lo es para mí.

La dama Gleani sonrió.

—Incluso a pesar de mi juventud —continuó—, me he convertido en la señora del castillo, a falta de una mujer para mi padre. Así que mis hermanas me odiaban por ello. Era yo quien tenía que recordarles lo que significa ser hijas del marqués de Layún.

—Pero ellas no escuchaban.

—No. Nunca. Pero hace un mes, algo nos dejó desconcertados.

—¿Sí? ¿Qué?

—La visita del mago Ramdán.

—¿El adivino? —preguntó el capitán.

Ella asintió.

Hace mucho tiempo que Arjen no escuchaba sobre Ramdán ayateño.

Era un conocido mago y adivino en aquella región de la ciudad.

Había sido un ermitaño por muchos años, viviendo en la plataforma superior de un pináculo justo en las afueras de la gran muralla externa, al suroeste.

La gente le llevaba comida, la cual le subían por una polea.

Desde allí, una vez a la semana, proclamaba alguna profecía o hacía alguna señal mágica. Llegó a tener muchos seguidores.

Después, hace unos diez años, se había mudado a la ciudad, a unas dos millas del lago Argalón, donde era consultado por muchos en su casa, que era un viejo tejar en la cima de una colina.

Arjen sabía sobre él porque muchos lo consideraban un santo, e incluso le rendían culto.

Las Hermanas del Ojo Sagrado, que eran un grupo de mujeres religiosas con mucho poder, intentaron capturarlo para llevarlo ante el tribunal de la Santa Hermandad y verificar su ortodoxia.

Pero no pudieron hacerlo porque el pueblo no lo permitió.

Lo defendían como si fuera uno de los Siete Profetas.

—Algunos dicen que es un charlatán —dijo el capitán.

—Quizás lo sea. Aunque lo he visto hacer cosas… inexplicables. Por lo menos para mí. No solo desaparecer animalitos y adivinar cartas, sino descifrar sueños y proclamar oráculos.

Hasta hace poco Arjen había sido escéptico de todas esas cosas. Sí, creía en Eluvá y se consideraba devoto de la fe. Pero ¿magia y hechicería? ¿Poderes y reliquias? De eso no estaba tan seguro.

Sí, hasta hace poco, cuando se enfrentó a Farrajat de Ayul en el palacio condal.

—¿Dice que hace un mes el mago visitó este castillo?

—En realidad, capitán, el mago viene cada semana. Mi padre le tiene confianza y lo ha convertido prácticamente en su consejero. Le pide que consulte a Eluvá de su parte, y el mago aconseja y predice.

—A cambio de dinero.

—No, capitán. Nunca le ha cobrado a mi padre ni un solo escudo. Sin embargo, mi padre lo protege y provee para él. Estoy segura de que, sin decirme, mi padre le ha dado al mago mucha plata.

No me sorprende. Detrás de un charlatán siempre hay plata involucrada.

—Pues bien —continuó la dama Gleani—; como dije, hace unas cuatro semanas estábamos todos en el comedor, incluyendo el mago, que siempre come en una esquina cuando nos visita.

De repente, éste se puso de pie, habiendo entrado en una especie de trance, y gritó: «¡Oíd, moradores de Ikse!

Vosotros que os pensáis seguros tras las murallas.

La muerte, ¡la muerte se avecina! Un hechicero y heraldo ha llegado a la ciudad, un vengador de la injusticia.

En una mano lleva la balanza y en la otra la espada, para vengar la traición infame.

El secreto oculto será descubierto, y el sacrificio será en proporción al pecado.

He aquí, de aquí a cuarenta días, Binada y Vainán no serán más. ¡Palabra de Eluvá!».

Arjen se pasó dos dedos por el bigote.

—¿Cuál fue la reacción de los presentes? —preguntó.

—Las gemelas lanzaron una tremenda carcajada, porque ellas siempre han considerado a Ramdán como un lunático. Mi padre, sin embargo, estaba pálido. Nunca lo había visto así. Una cara de miedo.

—Tomó en serio el oráculo, entonces.

—Sí. Algo en la profecía lo espantó. Le gritó a mis hermanastras que se callaran y, al no hacer caso, las expulsó de la mesa.

El capitán se quedó pensativo. Luego dijo:

—¿Qué significa «el secreto oculto será descubierto»?

—No lo sé, capitán. A mí también me llamó la atención, y se lo pregunté a mi padre al día siguiente. Me ignoró, diciendo que era una de las locuras del mago. Pero lo noté evasivo.

—Entonces hay que ir a donde el mago Ramdán y preguntarle. ¿No vive cerca de aquí?

—A pie, una mitad de hora. Pero con esta tormenta sería imposible llegar.

—Habrá que hacerlo. Habrá que intentarlo. Mañana mismo visitaremos al mago. Quién sabe, quizás nos diga algo útil.