Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Puerta abierta
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Puerta abierta

CUANDO EL CAPITÁN se retiró del comedor esa noche, la sargento Alana Verlán pensó: Mejor irme yo también y descansar un poco.

Sin embargo, todavía tenía hambre. Les habían servido buen vino, carne seca, nueces, y acababan de traer un cuenco con manzanas. Ella no estaba acostumbrada a comer así. Es verdad que para un señor de la marca y su familia esta comida sería considerada apenas un piscolabis.

Pero la carne estaba crujiente y dorada, las almendras salpicadas con azúcar, el vino rezumaba un aroma a madera húmeda que jamás había olido, y por lo que podía ver, las manzanas habían sido sumergidas en miel. ¡Siete Profetas!

Estaba acostumbrada a disfrutar de la delicada comida del cuartel de la guardia, que provenía del caldero que hervía en la cocina común, lleno de un guiso aguado donde flotaban nabos blandos y algún que otro trozo de carne dura.

Lo acompañaban con pan negro del día anterior, tan duro que la mayoría lo mojaba en el caldo para no dejar un diente incrustado.

A veces añadían una cebolla cruda, un trozo de queso rancio o unas lonjas de pescado tan saladas que daban sed.

Para beber, un jarro de vino aguado (muy aguado), que sabía más a cubo de agua.

Era comida áspera, monótona, pensada para mantener a una persona de pie y nada más.

Por lo tanto, no se retiraría a dormir hasta que tuviera la tripa llena. Si eso significaba tener que aguantar por un poco más de tiempo a de Kande, que así fuera.

Afortunadamente, el pelirrojo tenía la vista perdida y meneaba su copa de vino pensativo, balanceándose sobre la silla de tal manera que en cualquier momento se iría de espaldas, cosa que a Alana le encantaría ver.

La sargento terminó de beber su copa, sintiendo ese agradable cosquilleo en la cabeza, y lanzó una mirada de soslayo a uno de los criados, quien inmediatamente se acercó a rellenarla.

Luego se levantó, extendiéndose sobre la mesa para tomar una de las manzanas mieladas, que tenían un palito de madera incrustado para agarrarla.

Le dio una mordida. Una explosión de sabor en su boca que le abrió los ojos y la remontó a su niñez, al mercado de Burdán-akesh, donde su padre le compraba una manzana con miel una vez a la semana, si ella se portaba bien.

Vaya, había olvidado eso. ¿Hace cuánto…? Hace muchos años, antes de que todo se fuera al maldito carajo.

Se comió la manzana como una niña chiquita, masticando con fuerza. Casi escuchaba a su abuela reprendiéndola y diciéndole que masticara con la boca cerrada.

Cuando terminó, eructó, lo que le ganó una miradita de de Kande, pero no le importó. Tomó la copa y se la terminó.

Corazón lleno, tripa contenta , pensó. ¿O cómo iba el dicho? Profetas, qué importa. La cabeza le daba vueltitas por el alcohol. Pero se sentía satisfecha. Estaba segura de que dormiría bien.

Hizo la silla para atrás, determinada a retirarse.

—¿A ti no se te hace raro, sargento? —dijo el pelirrojo, que la miraba con atención.

—¿Qué cosa?

—Pues eso, con el capitán.

—¿Que el asesino lo dejó con vida?

—Precisamente.

Ella se encogió de hombros:

—Su explicación me parece suficiente y razonable. Si lo piensas, tiene sentido. Si el asesino matara al capitán, ¿qué pasaría? Los sabuesos redoblarían sus esfuerzos por capturarlo. Si matara al capitán Arjen, tendría al mismísimo comandante de los sabuesos buscando atraparlo.

—Quizás.

—No me digas que sospechas del capitán.

El espadachín entrecerró los ojos, pensativo:

—No, supongo que no. Pero quería confirmarlo. Contigo. Lo he estado meditando todo este tiempo.

—¿Todo este tiempo? Apenas menos de un cuarto de hora que se retiró.

—Pues todo ese tiempo lo he estado pensando. Y también otra cosa: al asesino le interesa matar a cierto tipo de personas.

—¿Mujeres bellas?

—Y de la nobleza. De alta alcurnia.

—Eso no lo sabemos bien. Por lo que entiendo, no se ha logrado confirmar que las primeras dos víctimas eran mujeres nobles o plebeyas. Vi el informe de la primera muerte, y la conclusión fue que no era noble —dijo, y se lamentó por dar tanta información. Maldito vino.

—Yo también vi el informe. Me costó un escudo conseguir verlo, pero hey, el dinero hace maravillas.

Mira, sargento, el capitán es inteligente, brillante, pero creo que cometió un error.

Concluyó que la primera víctima no era una mujer noble debido a la planta de los pies; parecía una mujer que había crecido descalza, y esa no es la costumbre entre las mujeres de la nobleza.

—Sí.

—Pero ¿y si era la hija de algún marqués? No una mujer citadina, sino acostumbrada al campo.

—Pudiera ser —dijo Alana—. Pero entonces el asesino la habría tenido que traer desde algún lugar del reino, incluso un lugar lejano.

—¿Y por qué no? El asesino, posiblemente, no mata solamente aquí en Tresden. Pudo traerla en algún carretón, inconsciente o recién asesinada.

—Ningún marqués reclamó el cuerpo.

—Piénsalo un poco, sargento. Si las mujeres desaparecidas son hijas de poderosos, quizás quieran mantenerlo en secreto.

Ningún noble querría que saliera a la luz la muerte de su hija, mucho menos bajo esas circunstancias.

Por ejemplo, por lo que he investigado, la primera víctima la encontraron en la Universidad Real.

—Eso tengo entendido —dijo ella, que también había hecho algo de investigación por su parte.

—¿Sabías tú que el cuerpo de ella, de esa primera víctima, fue reclamado de manera anónima y secreta? Con dinero de por medio para mantener la cosa en silencio.

Me pregunto si el capitán sabe eso.

—Y algo similar sucedió con la segunda —continuó de Kande—. Su cuerpo: desaparecido por medio de un soborno.

—¿Alguien está reclamando sus cuerpos? ¿El asesino?

—El asesino, o los padres de las víctimas que quieren mantenerlo en secreto.

Ya sabes: «Mi hija se fue en un viaje largo a Erkande», qué sé yo.

Pero lo que sabemos a conocimiento cierto es que la tercera víctima, o por lo menos la tercera que nosotros sepamos, es noble.

Sin duda. Eso significa que o el asesino rompió su patrón, o tal vez no hay un patrón excepto que son mujeres bellas, o la investigación se equivocó al principio, al pensar que el florero demente mató a una mujer plebeya como su primera víctima.

Alana estaba absolutamente sorprendida de que el pelirrojo pudiera decir todo eso y pensar así, con las mejillas rojas y el habla lenta por la bebida.

Sabe beber. Y quizás… tiene algo de razón.

—¿Tienes una teoría? —preguntó ella.

—Sí. Mi teoría es que el florero está demente y está matando a mujeres nobles. ¿Por qué? No sé, además de lo que ya dije: es un loco pervertido. Y es por eso que lo voy a encontrar.

—¿Por eso, o por los reales que cobrarás?

—Por ambas cosas —dijo, con seguridad, y a Alana se le hizo que decía la verdad.

—El problema es que estamos en un callejón sin salida —dijo ella.

—Ningún callejón es sin salida, sargento. Siempre hay una ventana mal cerrada, una puerta que puedes tumbar, o una abierta. Solamente debemos encontrar esa puerta abierta. Y la encontraremos.