Una visita
VARIOS PENSAMIENTOS PASARON por la cabeza de Arjen al ver a la joven.
¿Quién era? ¿Qué hacía allí? ¿Con qué propósito?
La iluminaba una lámpara en una mesita junto al taburete. Iba vestida con una túnica de lino celeste, un cordel dorado por cinto, y el cabello avellana le descendía por los hombros hasta la cintura.
Él seguía de pie en el umbral de la puerta, mirándola como estatua, y ella le regresaba la mirada con unos ojos azules y penetrantes. Su piel era tan blanca como la de algún fantasma, la nariz y las mejillas salpicadas de pecas.
—Bienvenido al castillo de Ikse, capitán Dabidji —dijo ella.
—Gracias, mi señora. No creo saber quién es usted…
—¿La comida fue de su agrado? No pudimos ofrecer algo mejor, debido a la hora. Pero nuestra carne seca es deliciosa y el vino excelente.
—La cena estuvo muy bien. Muchas gracias. Llegamos de improviso por la tormenta.
—Sí. —Ella miró por una ventana cercana, cuyas dos hojas de cristal transparente estaban cerradas, pero vibraban por el aire y el agua que azotaba contra ellas—. La tormenta arrecia.
Se quedó ella mirando hacia afuera, perdida en algún pensamiento. Luego dirigió su vista al capitán.
—Soy la dama Gleani. Hija del marqués de Layún.
—Un gusto conocerle, dama de Layún —respondió con una inclinación del cuerpo.
—¿Y usted?
—¿Yo?
—¿Estoy en lo correcto al pensar que usted es el capitán Dabidji? —preguntó con el acento característico de los habitantes de Anumá, con las erres más suaves.
—Arjen Dabidji, capitán de los sabuesos del rey, para servirle.
Ella sonrió. Una sonrisa elegante, sin mostrar los dientes. Sus ojos brillaron.
—He leído todas sus historias. Mi padre me reprende por ello, así que lo hago a escondidas.
Brisbán el Bardo publicaba mensualmente un folletín titulado Los sabuesos de Tresden , basado en las investigaciones del capitán y el sargento Zark.
Esos cuentos los catapultaron a la fama, pero en opinión del capitán eran por muchas razones más un problema que una ventaja, una de ellas siendo que el Bardo se tomaba demasiadas libertades artísticas.
Además, al sargento Zark le fastidiaba la manera en que era representado, como un compañero medio torpe y pasado de peso.
No había leído ninguna entrega excepto quizá las primeras, y esto solo para ver qué demonios estaba escribiendo ese maldito bardo. Dejó de hacerlo porque siempre terminaba malhumorado.
—Lamento decirle que esas historias están llenas de fabricaciones.
—No lo dudo —respondió ella—. Pero ¿es toda una ficción? ¿O hay algunas cosas ciertas?
—Algunas solamente.
—Por ejemplo, su descripción.
Él entrecerró los ojos.
—¿Mi… descripción?
—Sí, capitán. La descripción que el Bardo hace de usted, me parece, es acertada. Un hombre maduro pero fuerte, con nariz estrecha y barba bien recortada, negra. Algunas cicatrices. Piel tostada por el sol, y unos ojos marrones e intensos. Muy guapo.
El capitán, para su propia molestia, sintió un ligero ardor en la cara. La dama frente a él era joven, pero era extremadamente hermosa. Y le hablaba con la naturalidad de una mujer madura y acostumbrada a lidiar con hombres.
—Bueno, eso pienso yo —dijo ella poniéndose de pie.
Al dar unos pasos en dirección de él, dijo el capitán:
—Mi dama, quizás sea buena idea conversar afuera, en alguno de los salones.
—No será necesario —le respondió caminando junto a él y cerrando la puerta—. Siéntate, por favor, capitán. —Le señaló una silla junto a la cama, a un lado del buró con la jofaina, paños, un frasco de aceite y otros utensilios de curación.
Él no se atrevió a moverse. Quería salir de allí porque no estaba seguro de lo que sucedía. Y no le gustaba estar en situaciones en donde no sabía qué pasaba.
—¿Rehusarás la instrucción de la dama del castillo?
—De ninguna manera —contestó y obedeció, sentándose.
Ella se acercó a él y le inspeccionó el rostro, muy de cerca. Olía a flores y miel silvestre. Sus labios, rojos y llenos, le recordaban a aquella mujer a quien había amado, pero cuyo amor le era no solamente imposible, sino prohibido.
—¿Alguna otra herida además de esta?
Muchas. Algunas sangrando, otras abiertas, otras cicatrizando. Pero todas internas.
—Solo esta —contestó—. Pero yo puedo…
—He curado las heridas de mi padre y mis hermanos muchas veces. Son aficionados de la caza y cada mes organizan un torneo de espadas. Al principio eran de madera, hasta que se aburrieron. Ahora lo llevan a cabo con espadas de poco filo, pero estas aún cortan y hieren.
El golpe había abierto la carne desde el canto lateral del labio hasta casi la comisura. Dolía, pero no tanto como admitir delante de una dama que la patada lo había tomado por sorpresa.
Gleani de Layún humedeció un paño en la jofaina y lo escurrió con movimientos lentos, ceremoniales. Después le tomó el mentón con firmeza y acercó la luz de una vela para ver mejor.
—Esto va a escocer —advirtió.
El paño tibio tocó la herida y Arjen soltó un suspiro tenso. Ella trabajó con calma, limpiando la sangre seca alrededor del labio. Luego mojó en un cuenco otro paño, en una mezcla de agua y hierbas —romero y un toque de salvia—, y lo pasó con precisión sobre el corte.
—No fue un golpe ligero —dijo Gleani, sin apartar la vista.
—He recibido peores —gruñó Arjen.
Ella alzó una ceja y tomó una cuchara de madera para aplicar un poco de aceite dorado que olía a consuelda. Lo extendió con cuidado, como si temiera romperlo más.
—Debería dejar que le cierre un punto, capitán —murmuró.
Arjen negó con la cabeza:
—Estaré bien.
La dama suspiró, resignada, y siguió trabajando. La vela iluminaba su rostro concentrado. El capitán sintió el calor del aceite, el alivio, la vergüenza y algo más difícil de nombrar.
Cuando terminó, ella limpió sus manos, se retiró un paso y dijo:
—Ya está. —Sonrió, esta vez enseñando su perfecta dentadura blanca—. No vuelva a dejar que le rompan la cara.
Arjen esbozó una sonrisa torcida:
—Haré lo posible, mi dama.
Pensó que este extraño encuentro había llegado a su fin, y que la dama Gleani le desearía las buenas noches y se retiraría. En lugar de eso, ella regresó a sentarse en el taburete.
Arjen se puso de pie, pues era incómodo permanecer sentado al otro lado del cuarto. Se detuvo a unos tres pasos de ella, con la ventana a su izquierda.
—Dama, le agradezco profundamente sus atenciones.
—Fue un placer, capitán.
Un momento de silencio.
—Esa no es la razón principal por la que vine, aunque es una de ellas —continuó ella—.
Cuando ustedes llegaron, yo me encontraba en la biblioteca leyendo.
Es mi lugar favorito y paso muchas noches allí.
Escuché las voces, y también el murmullo fastidiado de Baín cuando cruzaba el pasillo.
Así que decidí ver lo que sucedía, y escuché la conversación, escondida detrás de una puerta.
Así supe su nombre, y al inspeccionar las ropas mojadas que encargó a los criados, me percaté de que eran las túnicas de uno que pertenecía a la Honorable Compañía.
Así que conecté las dos cosas, y asumí que era Arjen Dabidji, de quien he leído todas sus aventuras.
—Aunque no son mías, propiamente hablando.
—Cierto. De todos modos.
—Si la razón principal no era curar mi herida… ¿me permitirá preguntar, si no ofende, cuál es la razón?
Después de un momento, ella dijo:
—Está aquí por la cuestión de mis hermanas. Lo sé porque viene acompañado de una sargento de la guardia y de ese… de ese espadachín a sueldo.
—Así es.
—Pues bien, capitán. —Lo miró, muy seria—. Hablemos de mis hermanas. Probablemente hay detalles que debería saber y, quién sabe… tal vez ayude a resolver el porqué de lo sucedido.