El castillo
Arjen entendía que los mirara así. Era casi la medianoche, llegaron sin avisar y con necesidad de comida, abrigo y cama.
El anciano, con la ayuda de tres criados, ordenó primero traerles túnicas secas. Aunque el capitán andaba con un manto largo sobre su túnica, estaba completamente empapado hasta el sayo interior. Incluso salió agua acumulada cuando se quitó las botas.
Habiéndose vestido los tres con túnicas nuevas, sencillas, de lana —las cuales, sorprendentemente, les quedaban bastante bien tanto a él como a la sargento y a de Kande—, fueron invitados al comedor, cerca de una chimenea recién encendida, mientras les preparaban el cuarto para pasar la noche.
Allí les sirvieron carne seca, pan frío, una rebanada de queso y un cuenco con almendras. Además, una jarra de vino fino.
Arjen mordió un pedazo de carne antes de que sus tripas lo traicionaran con un rugido. Hizo una mueca, pues el golpe en la boca le ardía. Alana y Ogirán comieron también mientras los criados servían las copas.
El castillo de Ikse, aunque mucho más pequeño que el castillo real, seguía siendo una construcción hermosa con sus murallas externas, cuatro torres de vigía, una entrada grande al patio exterior, y la fortaleza interior, de cuatro pisos.
La guardia de la garita los dejó pasar al reconocer al espadachín pelirrojo.
Comieron sin hablar mucho, de Kande sirviéndose una copa tras otra, de modo que el mayordomo, llamado Baín, mandó rellenar la jarra, no sin antes lanzar otra mirada recelosa en dirección del trío.
—Cuando mis señores y dama terminen de cenar —dijo el mayordomo—, los criados los llevarán hasta sus aposentos, los cuales están ya casi listos.
—Gracias, Baín, buen hombre, hombre de Eluvá, bendito de los Profetas —le dijo de Kande levantando su copa en dirección del mayordomo, con una inflexión que denotaba el alcohol haciendo ya su influencia.
—Estoy para servirles —respondió Baín—. Mi señor el marqués está ya dormido, pues la hora es muy tardía. Sin embargo, el día de mañana seguramente les dará la bienvenida a la morada de Layún.
—Claro que sí, hermoso Baín —dijo de Kande—, mañana le daremos nuestro saludo, abrazo y beso al marqués, tenlo por seguro.
Además, se refugian bajo su techo un hombre y una mujer de renombre.
—Miró a uno de los criados—. Ven aquí, buen mozo, y relléname la copa, que la noche es corta y la sed extensa. ¡Este vino está divino!
—Estaré yo en el salón contiguo —dijo el mayordomo—. Si algo necesitan, hágame el favor de decírmelo. —Se dirigió al capitán—: Encontrará en su cuarto una jofaina con agua tibia, paños limpios y el mejor ungüento de la casa, para su herida.
Arjen asintió. Aunque ya se había limpiado la sangre, el labio seguía hinchado.
Baín se retiró.
—Será mejor ir a dormir —dijo el capitán—. Mañana, si lo permite Eluvá, continuaremos la investigación.
Estaba por ponerse de pie cuando dijo de Kande:
—¿Por qué tanta prisa, capitán sabueso?
—No hay prisa, pero sí cansancio.
—La noche es joven, capitán. Además, ¿quién más que tú está acostumbrado a pasar noches de vigilia? ¿No fue esa tu vida por años, en la guerra?
Sí que lo había sido. Años de dormir mal, con turnos de vigilia, en frío y en calor, bajo techo o a la intemperie, con el sonido del bosque o los ronquidos de los compañeros, con las ratas que se escurrían cerca buscando alguna migaja.
Se había unido a la guerra a los quince años, y llevaban apenas cinco de paz.
Eso significaba que pasó veinte años en campaña.
Veinte largos años. Veinte años subiendo los rangos hasta llegar a capitán primero, enterrando a casi todos sus amigos y luchando contra un enemigo que al final se replegó, un emperador que burló la horca y escapó a su maldita isla.
Y luego cinco años de paz…, pero cinco años sin dormir bien.
La guerra le atrofiaba el sueño. Todavía se levantaba con frecuencia a mitad de la tercera vigilia, por pura costumbre.
Eso sin contar las noches en que se despertaba bañado en sudor, con un grito atorado en la garganta y la imagen de algún compañero muerto, la cara destrozada, desmembrado, destripado, torturado…
Maldita guerra. Maldita paz.
—¿Capitán? —dijo el espadachín.
—¿Qué?
—¿Por qué tanta prisa, digo?
—Ya te lo dije, de Kande.
—Tenemos fuego, tenemos comida, tenemos vino, tenemos tiempo. Mañana tendrá su propio afán, capitán. Venga, beba conmigo hasta el amanecer.
—Estás borracho, de Kande —dijo Alana.
—¿Y qué? Emborráchate conmigo, hermosa, hasta que ya no sepamos quién es quién.
—Vuelve a decirme hermosa y te juro por los Siete Profetas que te clavaré una daga en el pecho.
—No digas eso, sargento —dijo de Kande repentinamente serio—. Eluvá podría escucharte y cumplir tu petición.
Ella lo ignoró y se lanzó a la boca un par de almendras.
Arjen hizo para atrás la silla y se puso de pie. Apenas dio un paso cuando dijo el pelirrojo:
—¿Por qué no te mató, capitán?
De Kande, recargado en el respaldo de la silla que oscilaba sobre dos patas, con la copa entre los dedos y la mano siniestra casi rozando el piso, lo miraba con una singular expresión en el rostro. Le pareció que era sospecha.
—¿Qué, de Kande? ¿Acaso crees que yo y el asesino nos pusimos de acuerdo? ¿Que somos del mismo bando?
—Yo solo pregunto, mi estimado capitán. Algo tengo por cierto: si tú y ese florero demente estuvieran de acuerdo, sería una historia interesantísima. Ese folletín haría rico al Bardo.
—Eres un estúpido, de Kande —dijo Alana.
—Es solo una pregunta, sargento. No es una afirmación. Ninguno de nosotros vio la pelea. Encontramos al capitán indefenso y aparentemente inconsciente.
—Y con la boca abierta —dijo ella.
—Y con la boca abierta, sí —secundó el pelirrojo—. Pero la pregunta sigue en pie: ¿por qué demonios ese florero desquiciado no lo mató?
—¿Y cómo vamos a saberlo? —preguntó la sargento—. Tú mismo lo has dicho: está demente. Debe estar completamente loco para habernos seguido en medio de la tormenta.
Arjen recordó que el del sombrero negro le había dicho que llegó hasta allí siguiendo a Alana. Pero prefirió no decirlo en ese momento.
—Me amenazó —comentó Arjen.
Los dos lo miraron, ceñudos.
—¿Cómo? —preguntó el pelirrojo.
—Que lo dejáramos en paz o me mataría. A mí y a mi tropa.
Alana levantó las cejas:
—Entonces era él.
—Sospecho que sí, sargento.
El espadachín pelirrojo no se atrevió a protestar cuando el capitán se retiró. Tomó sus armas, que había dejado sobre una mesa afuera del comedor, y uno de los criados lo guió por varios pasillos y unas escaleras hasta finalmente detenerse ante una puerta y decir:
—Aquí sus aposentos, mi señor. Encontrará la llave del cerrojo adentro, por si decide echarlo.
—Gracias —le dijo. El joven le dio una lámpara de aceite pequeña y, habiendo encendido la punta, se retiró.
Abrió la puerta, sintiendo en la cabeza y en los hombros el peso del cansancio.
Entonces, con un sobresalto, se percató de que no estaba solo.
En una esquina, sentada sobre un taburete, lo esperaba una hermosa joven.