Cual fantasma
—… NO, NO ESTÁ muerto.
—¿Estás segura? Está pálido.
—No está muerto, te digo. Tiene pulso.
—Despiértalo, entonces.
—¿Qué, crees que es tan fácil?
—Dale unas cachetadas, o algo.
—Mira...
Arjen abrió los ojos. No veía nada excepto un resplandor.
Siete Profetas, ¿estaré de camino al viaje eterno?
Su vista se fue enfocando. Estaba en el suelo, con un tremendo dolor de cabeza. Se llevó la mano a la boca y sintió la sangre, cálida y viscosa, del labio reventado.
—Revisa si no tiene otras heridas —escuchó una voz, la cual reconoció como de Kande.
Entonces unas manos lo palparon en el pecho y piernas.
—Parece que solo la cara —respondió una voz femenina. La sargento, debía ser. ¿Cómo se llamaba? Ya lo recordaría. Si no tuviera tanto dolor…
Parpadeó varias veces, y entonces distinguió que, arrodillada junto a él, estaba la sargento… Alana . Sí, Alana Verlán. De pie detrás de ella, mirándolo con curiosidad, Ogirán de Kande.
—¿Dónde estoy? —preguntó al mismo tiempo que recordaba todo. Con la ayuda de la sargento se sentó en el suelo.
—¿Está bien, capitán? —preguntó ella.
—Tengo un diente flojo.
—Y el labio reventado —dijo de Kande.
—Además de eso, parece que estoy bien —dijo el capitán, ahora él mismo inspeccionándose el cuerpo.
Estoy vivo. ¿Por qué me dejó vivo? ¿Por qué no me mató?
Recordó las palabras: «Última oportunidad».
Ahora estaba seguro de que el de negro era el asesino del tulipán. Si no él, estaba directamente relacionado. Tenía que ser. Todo apuntaba a ello.
Se llevó las manos a la cintura.
Mis armas…
La sargento intuyó la pregunta que haría, pues dijo:
—Encontramos su espada y daga en el suelo. Las puse sobre la mesa.
—Ayúdame a ponerme de pie.
Gruñó de dolor y se llevó la mano izquierda a la boca del estómago, donde había recibido la patada.
Enfundó su espada y daga, agradecido de no haberlas perdido.
—¿Mi navaja?
La sargento y el pelirrojo se miraron.
—No encontramos ninguna navaja, capitán —dijo ella.
Se la enterré en el hombro , recordó. Buscó alrededor, por si la hallaba en el suelo, pero no la vio por ningún lado.
—¿Qué fue lo que pasó, capitán? —preguntó el espadachín pelirrojo.
—Lo atacaron, ¿no te das cuenta? —dijo Alana.
—¡Por el Viviente-que-me-ve, sargento! —respondió el pelirrojo, exasperado—. Pienso que ya es hora de que dejes de tratarme como a un niño estúpido. Podremos tener nuestras diferencias, pero ya estoy comenzando a cansarme.
—Tú a mí no vas a venir a decirme… —comenzó ella.
—Me atacó el asesino.
Alana lo miró:
—¿El asesino del tulipán?
—Creo que sí. Pienso que sí. Que es él. ¿No lo vieron salir?
—Salir de aquí, no —respondió ella—. Sin embargo, atacó a de Kande. Lo estuvimos buscando por toda la casa.
—Gracias por referirte a mí por nombre.
Ella sacudió la cabeza, ignorando el comentario:
—Buscamos por toda la casa, pero no lo encontramos. Se esfumó.
—Cual fantasma —dijo el pelirrojo.
—Momento —dijo el capitán frunciendo el ceño—. Entonces… ¿también los atacó?
—Solamente a mí —dijo el pelirrojo—. Y por poco me manda al siguiente mundo.
La sargento me ayudó a hallarlo, pero nada.
Entonces decidimos buscarlo a usted, capitán.
Para eso entramos de nuevo al pasadizo por la biblioteca, y seguimos el camino hasta llegar aquí.
Al entrar, vimos que estaba en el suelo, y pensamos que muerto, al verle la cara ensangrentada.
—¿Cómo era el hombre?
—No tengo idea —respondió el espadachín—. Un manto oscuro. Gris, negro o marrón. No lo vi bien en la oscuridad.
—¿Le viste la cara?
—No. Iba con la capucha puesta. Además, intentó acuchillarme por la espalda. Salió corriendo cuando me defendí, y luego nos topamos la sargento y yo en el segundo piso, mientras le daba alcance. Pero se nos escurrió de las manos.
—Muy bien —dijo Arjen.
—¿Y usted qué puede decirnos, capitán? ¿Lo vio de cerca? —preguntó Alana.
—Sí. Pero llevaba el rostro encubierto. Iba vestido con un gabán largo y elegante, negro. Ojos grises. Espadachín experto.
—¿Será que es el asesino que buscamos? —insistió ella.
—Algo me dice que sí. Me dio un ultimátum. Me dijo que lo dejáramos en paz.
—Maldito —dijo la sargento—. Si no ha matado a Vainán, solo Eluvá sabe lo que estará haciéndole.
—Si la mató, ya lo sabríamos, ¿no? —dijo de Kande.
—No necesariamente —respondió la sargento—. La ciudad es enorme. Podría estar en algún lugar sin ser descubierta todavía. ¿Qué piensa usted, capitán?
—Pienso que posiblemente siga viva. Como dijo de Kante, si ya hubiera acabado con su vida, lo sabríamos. Al asesino del tulipán le gusta que descubran a sus víctimas cuando las acaba de matar.
—Maldito demente —dijo el pelirrojo—. ¿Y ahora qué hacemos? No podemos ir tras él con semejante tormentón afuera.
—Habrá que descansar —dijo el capitán—. Dormir y pensar.
La idea evidentemente no le gustaba al espadachín pelirrojo, que puso las manos en la cintura. Sin embargo, ¿qué podían hacer?
—Busquemos un mesón cercano —dijo el capitán—. Con fortuna, no habrán cerrado la puerta todavía.
—Tengo una mejor idea, capitán, si me lo permite —dijo el espadachín—. El castillo del marqués de Layún está a menos de media milla. Mucho más cerca que cualquiera de sus cuarteles. Además, capitán, cruzar el Naret será imposible.
No era imposible si lo hacían por el gran puente de piedra, llamado «de los carruajes». Pero Arjen se sentía cansado, y no estaba seguro de querer caminar hasta el cuartel.
—Está bien, de Kande. Vayamos allí. ¿Nos acogerán?
—Tenlo por seguro, capitán.
—Vamos, antes de que nos dé la tercera vigilia.