Última oportunidad
EL CAPITÁN ESTABA intentando no morir.
Su contrincante era extremadamente habilidoso con la espada. Incluso siendo un hombre grande, se movía como bailarín, deslizándose hacia los cuatro puntos cardinales con la elegancia de un cisne y la ferocidad de un puma.
Por si eso no fuera poco, Arjen había perdido su fuente de luz —o más bien, la había dejado caer para empuñar con ambas manos—.
Después de un par de estocadas bajas, seguidas por un corte lateral que el capitán defendió con efectividad, pero no sin preocupación creciente, el hombre del sombrero negro se replegó y dijo:
—Pondré mi vela en esta mesa. —Colocó el candelabro de mano—. Así será más fácil pelear, ¿no cree, capitán?
Por lo menos está jadeando igual que yo , pensó. Respondió:
—Sí, mejor.
Aunque apenas podía verle los ojos grises y fríos, alcanzaba a notar que sonreía por la manera en que se arrugaban las comisuras externas de sus ojos.
—¿Dónde aprendiste a pelear, capitán? Seguramente no fue en el ejército. No, en el ejército no enseñan a combatir así. ¿Maestro privado?
Pasó por su mente el recuerdo fugaz de las cientos de horas entrenando con don Artemes, maestro de armas.
El sudor, la sangre, los golpes, la memorización de secuencias de ataque y defensa.
La euforia de aquella primera vez que logró desarmar a su tutor.
De hecho, la hoja que ahora blandía, con ese elegante pomo plateado, el puño recubierto con tiras de cuero azul y el acero levemente azulado y forjado en la montaña del Gavilán, había sido regalo de su maestro hacía mucho tiempo, cuando cumplió quince inviernos y entró al ejército como criado de armas, luego paje, más tarde escudero, hasta ganarse el rango de cabo…
Arjen movió el pie derecho en dirección de su enemigo y este, con rapidez pero sin dejar atrás la elegancia, se puso en posición de defensa.
—¿No me vas a decir? —preguntó el del sombrero.
—¿Decirte qué?
—Lo que te pregunté. Es de mala educación no responder a las preguntas. Esto es una pelea entre caballeros, ¿no?
—La educación no es mi fuerte, digamos.
—¿No? Supongo que tiene razón. «El capitán más condecorado de la guerra», dicen por allí. Un hombre duro, de calle. Sin embargo, pocos saben que pasaste algo de tiempo en la Universidad Real.
Sintió un escalofrío. ¿Cómo demonios sabía eso?
—No he podido investigar todavía qué fue lo que estudiaste. Pero tarde o temprano lo sabré. Me da curiosidad.
—Me has estado espiando. ¿Por qué tanto interés?
El del sombrero negro se encogió de hombros:
—Te metes en mis asuntos, me meto en los tuyos.
—¿Y dónde descubriste esa información? ¿En la universidad misma?
—A Arjen le interesaba ese dato, pues la primera vez que el asesino del tulipán había matado a una víctima fue precisamente cuando investigaban el caso del asesinato del rector de la Universidad Real.
Eso significaría que el de negro había estado en el lugar donde encontraron a una mujer asesinada, con la flor en las manos entrelazadas.
—Por aquí y por allá —respondió el extraño, evasivo.
—¿Qué hacías aquí?
El hombre de negro lo consideró por un momento.
—La sargento es una dama excepcional. Me ha estado siguiendo la huella, al igual que tú.
Todavía está ella lejos de llegar a mí, pero presiento que se acercaría eventualmente.
Tiene ese carácter, ya sabes, como el de un sabueso.
—Lanzó una carcajada—. ¡Ja! Imagino que debes de estar pensando reclutarla.
—Así que admites haber matado a Binada.
—¿Admitirlo? ¿Por qué haría yo algo así?
Sí, ¿por qué? ¿Porque estás demente?
Aunque no parecía estar frente a un lunático. Todo lo contrario, su enemigo daba aires de un hombre calculador.
—¿Dónde está la otra muchacha? —dijo Arjen.
—¿Cuál otra?
—Sabes de quién hablo. La hermana. Está desaparecida.
—No lo sé, capitán sabueso. Lo único que sé es esto.
Hay mucho trabajo en esta ciudad. Pero éste no es uno que te convenga involucrarte.
¿Me entiendes? Soy paciente, pero no tanto.
Te estoy dando una última oportunidad. Si no la tomas, vendré por todo lo que consideras tuyo. Y al final, te mataré a ti también.
Si esa no es una admisión de culpa, no sé qué es.
La casa retumbó por a un trueno tan fuerte que el techo se sacudió.
Arjen se encogió de hombros y miró hacia arriba. La distracción fue minúscula pero suficiente: el de negro atacó como relámpago, un golpe certero al recazo de la espada, justo encima de la guarda. El puño de su arma se le deslizó de las manos y la espada cayó al suelo.
Sabiendo que el contraataque sería mortal y viéndose desarmado, le propinó un izquierdazo a puño cerrado que conectó con la mandíbula, haciéndolo retroceder, pero cuando el capitán intentó recuperar su espada, el otro ya se abalanzaba con un corte diagonal que llevaba como blanco su cuello.
Saltó hacia atrás, evitando el mortífero golpe, al mismo tiempo que desenvainaba la daga.
Para su horror, su enemigo recogió su espada y la empuñó en la mano izquierda. Ahora tenía dos.
Maldición. Mi daga contra dos espadas. Soy hombre muerto.
El de negro pesó la espada y la acercó a su rostro.
—Muy buen acero, capitán. ¿Dónde la conseguiste? En Erkande, seguramente.
Por costumbre, el capitán iba armado con su espada, una daga y un par de navajas. Así que sacó una de las navajas, de hoja cuya longitud era apenas la de un dedo índice. De haber más luz, estaba seguro de que se vería absolutamente ridículo.
Interpuso entre ellos la mesa donde estaba el candelabro. Dio pasos a la izquierda, con su contrincante imitándolo, hasta tener a sus espaldas las escaleras por las que había descendido hasta esa bodega subterránea.
—¿Y cuál es el plan de retirada, capitán? ¿Huir por esos angostos escalones? ¿Realmente crees que podrás dar cinco pasos antes de que te atraviese los riñones?
No, probablemente no. A menos que haya otra salida…
Pero no alcanzaba a ver bien en la oscuridad.
—Supongamos que, por puro milagro, logras evadirme. ¿Dejarás aquí tu espada? Lo admito, sería una excelente adición a mi colección.
—Dame mi espada —replicó el capitán, sabiendo que era una expectativa ridícula.
—Ven a por ella.
—¿No dijiste que esta es una pelea entre caballeros? Regrésame la espada, y peleemos como hombres.
—No, capitán. Tú la perdiste. Si fuera un torneo, otras reglas serían. Pero si insistes, habrá que batirnos no a primera sangre, sino a muerte.
¿Dónde está la sargento y ese maldito pelirrojo bueno para nada?
—¿Quieres tu espada, Arjen Dabidji? Ven a por ella. —El del sombrero negro la dejó caer. Ta-clang-clang-clang.
Si he de morir hoy, pensó, que Eluvá me reciba como valiente guerrero.
Con eso, y gritando de ira, corrió hacia su enemigo, alcanzando a —por milagro— encajarle la navaja en el hombro izquierdo.
Pero este lo golpeó en el mentón con la guarda de la espada (una explosión de luz en sus ojos), lanzó una estocada violenta que por segunda vez desarmó al capitán, para después darle una patada con tremenda fuerza en la boca del estómago.
Arjen se dobló, y recibió una patada en la cara. Su cabeza latigueó hacia atrás, y las piernas se le doblaron.
En el suelo, aturdido y con un intenso dolor en el rostro, logró abrir los ojos a duras penas, pero veía todo borroso. La cabeza le quería reventar.
Entonces vio la silueta del de negro, de pie delante de él.
—Última oportunidad, capitán. Aleja a tus sabuesos de mí, o te mataré, y a ellos también.
La vista de Arjen se oscureció, y perdió el conocimiento.