Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Alana Verlán
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Alana Verlán

Debía estar cerca del techo superior de la mansión, pues escuchaba la lluvia descendiendo con fuerza, como los aplausos de un millar de gentes.

Además de la mirilla, encontró un picaporte. Intentó girarlo, pero estaba oxidado, inservible o con llave.

Maldición . ¿Estaré atrapada aquí? Si no puedo abrir esta puerta secreta, tendré que descender las escaleras y buscar otra salida.

Lo intentó de nuevo, y el picaporte cedió un poco.

Necesitaba ambas manos. Puso con cuidado la palmatoria en el suelo y luego asió el pomo con determinación.

Apretando los dientes y con todas sus fuerzas, la perilla metálica fue girando hasta que finalmente hizo clic . Empujó con el hombro y la puerta oculta se abrió.

Tomando de nuevo la vela, entró a lo que parecía haber sido alguna habitación principal, muy grande, aunque parte del techo había desaparecido y entraba por ahí no solo el agua, sino también un fuerte aire que silbaba.

No vio nada más en el cuarto, excepto una mesa pequeña de madera que, al faltarle una de las patas, estaba inclinada en el suelo.

Sacó su espada, aunque evidentemente el espía no había seguido esta ruta. De todas maneras, mejor ser precavida.

La entrada a la habitación era una puerta de madera doble, pero solo quedaba una de las hojas. Pasando por el umbral, llegó a un pasillo ancho hacia su izquierda.

Extendió la luz. El pasillo se perdía en la oscuridad.

Definitivamente esta había sido la casa de una familia muy adinerada. Completamente diferente a su experiencia de vida.

Alana se sentía orgullosa de su familia. Eran oriundos del pueblo pesquero de Burdán-akesh, en la región de Anumá, en una pequeña península al norte del Canal de las Tormentas.

Allí su tatarabuelo y después su abuelo hicieron una modesta fortuna familiar en el negocio de la pesca. Burdán-akesh había sido (y todavía era, por lo que ella alcanzaba a recordar) un hermoso pueblo de tamaño mediano, unos mil habitantes.

Sin embargo, todo cambió cuando estalló la Gran Guerra. Por años, la familia de Alana se quedó allí, incluso estando la isla enemiga de Ragidán a unas cuantas leguas marítimas de distancia, al sureste.

Anumá y Erkande habían sido conquistadas por Ragidán unos dos milenios atrás, rigiendo con vara de hierro por casi mil años esa parte del continente hasta que el ejército de Jadán el Conquistador, seguido por Jadán II el Bello, recuperó ambas regiones en la Reconquista.

Debido a ese pasado histórico, durante la Gran Guerra los habitantes de las regiones norteñas temían que Ragidán intentaría inmediatamente recuperar aquellos territorios que consideraba suyos.

Sin embargo, la guerra, en lugar de comenzar en el norte, arreció primero en el este, en las llanuras entre Anumá y Nurani.

Después hubo unos años de relativa tranquilidad, y cuando las batallas se reanudaron, estas fueron más feroces; fue entonces cuando comenzaron las invasiones terrestres a los pueblos y villas cerca de la costa de Anumá.

Los ragidianos hurtaban, mataban y destruían todo a su paso. Aprovechaban la cercanía para esclavizar a mujeres y niños y llevarlos a su isla, mientras que los varones eran impalados a las puertas de las ciudades y pueblos.

Alana tenía cinco años cuando junto con su familia y abuela (su abuelo falleció tres años antes) huyeron de su pueblo natal, esquivando tropas enemigas asentadas en campamentos a lo largo del continente.

Se fueron acercando a la capital del reino, hasta que finalmente su padre decidió que lo más seguro era vivir en la ciudad de Tresden, o irse lo más lejos posible, a la península de Ayatán. Al final, se decidieron por Tresden.

Allí tuvieron que rehacer su vida, viviendo en pobreza por un tiempo, hasta que su padre logró establecerse de nuevo en la pesca, poco a poco consolidándose como un jefe de pescadores en el lago de Argalón.

Ella, sin embargo, decidió tomar un camino diferente al de su padre y sus dos hermanos mayores, en parte porque —aunque no le gustaba admitirlo— le tenía miedo al mar.

Para sorpresa de la familia, ingresó al ejército, a la división de la guardia real de la ciudad, siendo admitida como cabo. Al par de años fue ascendida a sargento segundo, y después a lo que ahora era: sargento primero.

Su meta: ser capitana.

Ascender a una posición más arriba sería difícil para una mujer como ella, sin conexiones, sin dinero y sin sangre noble. Pero no imposible. Los tiempos cambiaban. Cada vez más mujeres se unían al ejército y a la guardia, y además de capitanas, algunas ya eran comandantes y mayores.

Sí, los tiempos eran otros, y ella pensaba ser parte de ese cambio.

Siguió andando por el pasillo oscuro, asomándose en cada habitación. Todas estaban en similar condición: vacías, húmedas y con el techo agujereado.

Al llegar al final del pasillo, dobló a la izquierda y, a los quince pasos, optó por descender una escalera hacia el segundo piso.

Salió a lo que probablemente había sido una sala de estar, con una salida al frente y otra a la derecha.

Estaba por cruzar el umbral de la derecha cuando un trueno resonó cerca.

Sin embargo, creyó haber escuchado un grito.

Sí, ahí estaba, de nuevo:

—¡Detente, maldito! —exclamó una voz.

Se le aceleró el corazón. Cuando atravesó el marco, de repente, alguien se aproximaba hacia ella corriendo y con espada en mano.

Sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia el frente buscando atravesar el pecho del desconocido. Este, reaccionando, desvió la punta de la espada que, aunque no le perforó el corazón, le rasguñó el hombro.

— ¡Aghhhrr! —gritó el herido.

Alana se preparó para montar su contraataque cuando el otro dijo:

—¡Sargento, soy yo!

Ella se detuvo, con la espada en alto.

Reconoció el semblante: era de Kande.

Adoptando posición de defensa, dijo:

—¿Qué haces aquí, de Kande? ¿Por qué me atacas?

—No te ataqué, venía persiguiendo al asesino. ¡Maldición, me sacaste sangre! —dijo inspeccionándose la herida.

—¿Cómo…? ¿El asesino…? —dijo ella, poniéndose alerta y mirando a su alrededor—. ¿Dónde está?

—No lo sé, le venía pisando los talones cuando decidiste intentar matarme.

—Pero ¿dónde está? ¿A dónde se fue?

—No estoy seguro, no pude ver. El ángulo de la escalera no me lo permitió. Debe estar aquí cerca. ¿No lo viste pasar?

—¿Qué crees, que estoy ciega? ¡Por supuesto que no lo vi pasar!

—Maldición… pues debe estar por aquí.

—¿Estás seguro de que no era el capitán?

—Completamente.

—¿ Estás seguro , de Kande? —insistió ella levantando apenas la punta de su espada.

—Estoy seguro, sargento. No era él. Era alguien más.

—¿Armado?

—Definitivamente, pues intentó emboscarme. Me parece que blandía un puñal, o una daga.

—¿Y el capitán?

—¿Yo qué sé? ¿No estaba contigo?

—Nos separamos. No tengo idea de dónde está ahora.

—Pues busquemos juntos al que me atacó. Debe andar cerca. Será más fácil capturarlo entre los dos.

—Está bien —accedió ella.

Me pregunto dónde estará el capitán , pensó.