Los sabuesos del rey: Libros 1-5 En el vientre
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En el vientre

LOS TRES DESENVAINARON sus espadas por instinto y corrieron hacia el rincón de donde provino el ruido.

Al acercarse, Arjen dijo:

—Con cuidado.

Es verdad que habían escuchado pasos que se alejaban, pero no sabían si eran espiados por una o más personas, ni qué tipo de armas tenían. Una flecha en la oscuridad podía acertarles.

—¿Dónde estará el pasadizo? —dijo de Kande.

—Atrás del librero, seguramente —respondió la sargento.

Con dolor por tener que hacerlo, Arjen empezó a tirar códices al suelo, pensando que quizás descubrirían un librero falso.

Pero no fue así.

Detrás de las repisas de madera había pared.

—Aquí no hay nada —dijo el capitán.

—¡Momento! —dijo Alana, quien junto con el espadachín pelirrojo lanzaba tomos al suelo rápida e indiscriminadamente. Metió la mano entre un par de libros—. Esto es… parece una polea.

Se escuchó un tlic , y una sección del librero se movió un par de pulgadas hacia afuera.

Una puerta secreta .

La sargento abrió el portal hacia el pasadizo, con la espada lista. De Kande y Arjen alumbraron hacia el frente, revelando un pasillo angosto, largo y vacío.

—Andando —dijo el capitán.

—Yo revisaré las puertas de salida, para que no se nos escape —dijo de Kande. Antes de que nadie pudiera objetar, el espadachín salió corriendo hacia la entrada de la biblioteca, en la esquina opuesta.

Maldita sea. Solo espero no lamentar perderlo de vista.

Antes de entrar, la sargento sacó una palmatoria con anillo y una vela algo gruesa y más larga que la que tenía el capitán. La encendió con su ayuda.

Entonces entraron al pasillo, primero él y ella detrás.

—Tenía yo razón —murmuró Alana mientras avanzaban—. Alguien nos espiaba.

Aunque no se tomaron el tiempo para verificar, no le quedaba duda de que la puerta secreta tuviera alguna mirilla.

—El maldito asesino nos veía todo el tiempo —continuó ella.

—Pero ¿qué hacía aquí? —dijo el capitán en voz baja.

—¿Cómo?

—Es decir, estamos en medio de una tormenta. ¿Cómo pudo haber estado aquí? ¿Cómo supo que veníamos?

—Buena pregunta, capitán.

—¿Alguien te siguió?

—No lo sé… Demonios infernales, pudiera ser. Con semejante torrente no fui muy cuidadosa.

—Yo tampoco. Alguien pudo habernos seguido.

—¿Y si fuera un compinche de ese maldito pelirrojo? No dudaría que todo esto fuera obra de él.

—Pudiera ser…

Sí, podía ser. De Kande, aunque joven, era en realidad como un viejo zorro. Era posible que tuviera un segundo compañero que desde lejos vigilara la situación en caso de que el espadachín necesitara ayuda.

Pero su tripa le decía que no. Que se trataba de alguien más. El semblante del pelirrojo había sido de sorpresa, y le parecía genuina. Aunque quizá era un buen actor.

Si se trataba de otra persona, ¿quién podía ser?

El asesino del tulipán . Sintió un escalofrío. De ser así, ese maldito hijo del infierno no solo era más astuto de lo que pensaba, sino bastante atrevido.

Llegaron al final del pasillo, que ahora doblaba hacia la derecha.

Siguieron el corredor, que se hizo más angosto por unos diez pasos y, de nuevo, llegaron a un tope.

Esta vez tenían dos opciones: seguir a la izquierda o subir unos escalones incrustados en la pared que ascendían verticalmente, perdiéndose en la oscuridad.

—Tendremos que dividirnos —dijo el capitán.

—Yo puedo subir —dijo ella—. Soy más ligera.

—Está bien.

La sargento Verlán envainó la espada y subió. No era fácil, pues en la mano izquierda llevaba la palmatoria y la vela encendida. Sin embargo, ascendió con la agilidad de su juventud.

Qué daría yo por tener veinte años otra vez.

—Suena la alarma si te encuentras con alguien.

—Lo haré, capitán.

Arjen reanudó la marcha por el pasillo que, después de unos treinta pasos, descendía por unos escalones de piedra muy angostos que, imaginaba, bajaban hacia el corazón de la tierra, por debajo de la mansión.

Los últimos peldaños eran de madera. El último crujió, un sonido suave que, en ese silencio, sonó demasiado fuerte.

El capitán descendió a un aire más frío, espeso, cargado de humedad.

La luz de su vela apenas alcanzaba a desgarrar la oscuridad.

El techo bajo era sostenido por vigas ennegrecidas y muros cubiertos de hongo.

El olor era una mezcla de vino rancio, madera podrida y un dejo metálico imposible de identificar.

El vientre de la mansión .

Para su sorpresa, no estaba saqueado. Ese sótano había logrado de alguna manera evadir a los ladrones.

Barriles antiguos, hinchados por la humedad. Cajas selladas. Cajones rotos de los que asomaban platos de barro agrietados y copas de vidrio soplado, cubiertas por una capa gruesa de polvo.

Más adentro, sobre una repisa carcomida, descansaban vasijas de arcilla cubiertas de moho verde, cuencos volcados y cántaros que habían dejado marcas circulares en la piedra. Un saco deshecho, que alguna vez guardó trigo, era ahora solo un montón de fibras y polvo.

Entonces vio las huellas: pisadas recientes en la tierra, demasiado definidas para pertenecer a un sirviente muerto hacía décadas.

La bodega estaba abandonada… pero no estaba sola.

—Muéstrate —dijo el capitán—. Sé que estás aquí.

En respuesta, solo silencio.

Dio varios pasos hacia el medio del lugar, buscando alguna puerta de salida. Allá, al fondo, a unos diez pasos de distancia, percibió una puerta de hierro, ancha y cerrada, aunque no lograba distinguir si tenía algún candado o barrote puesto.

No veía alguna otra salida.

—Muéstrate, dije, en el nombre del rey.

A su izquierda escuchó el chispear de un pedernal, y luego una luz emanó de detrás de un librero viejo.

Entonces, la silueta de un hombre.

Era alto, más que el capitán, lo cual no coincidía con la información recabada. Sin embargo, el cabo que lo había visto afuera de la segunda zona del crimen podía haberse equivocado, pues lo vio a lo lejos.

Llevaba puesto sobre el pecho de barril un gabán largo de paño negro, cerrado con botones del mismo color.

Dicho manto iba ceñido al cuerpo, pesado, elegante.

La prenda tenía un collar de diseño especial que subía sobre los hombros y le cubría la mitad de la cara, hasta la nariz.

Además, le cubría la cabeza un sombrero de tres picos con una pluma que parecía azul, por lo que apenas se le notaban los ojos.

Blandía una espada larga de cazoleta plateada.

—Tira el arma —dijo el capitán—. Estás arrestado en el nombre del rey.

—¿Cuál es el cargo, capitán Dabidji? —Una voz grave y suave, de alguien acostumbrado a ser obedecido. La voz de un noble, o de un capitán, de un mercader poderoso, de un hombre educado. Su dicción era perfecta, como la de un instructor de gramática.

—Estás arrestado por sospecha de asesinato. Tira el arma.

—¿Sospecha de asesinato? ¿Y qué evidencia tiene de que yo haya estado involucrado en algo así?

—Ya lo hablaremos en el cuartel.

—Hablémoslo ahora. Además, con la tormenta fuera, prefiero no mojarme más de lo necesario.

—Me encargaré de encender un buen fuego en el cuartel.

—No, capitán. Hablemos. Envaina tu espada y conversemos.

—Escúchame bien: el único que da órdenes aquí soy yo. —Arjen dio un paso y el hombre de negro levantó su espada, cruzándola a pulgadas de su cuerpo, en posición de defensa.

—Yo no daría un paso más, capitán.

—¿Qué hacías aquí? ¿Nos vigilabas?

—Solo daba un paseo por este barrio.

—Ya veo. Un paseo por una casa maldita en medio de una tormenta.

El hombre del sombrero negro se encogió de hombros:

—¿Y por qué no? Es tan solo lluvia, como dijo la sargento Verlán.

Sabe mi nombre. Sabe el de ella.

—Si no tiras el arma —dijo el capitán—, lo tomaré como signo de agresión.

—Tómalo como quieras, capitán. Intenté evitar este momento, pero era cuestión de tiempo.

Ya era hora de jugar, aunque sea un poco.

El reino está lleno de ineptos, y lamento decir que es lo mismo entre los sabuesos del rey.

¿Por qué tardaste tanto? Pensé eras más astuto.

Quizás me equivoqué contigo. De todos modos ya era hora de conocernos, ¿no crees?

—¿Quién eres?

—Un forastero en tierra ajena. Un heraldo de la venganza.

—Menuda estupidez —dijo el capitán.

Para sorpresa de Arjen, el de negro se abalanzó sobre él, cruzando el espacio entre ambos en cuatro largas zancadas. Apenas tuvo tiempo para desviar el espadazo que tenía por blanco su pecho.

El de negro atacó de nuevo con violencia, y el capitán supo inmediatamente que estaba ante un experto espadero.