Malentendidos
ANTES DE IR hacia la biblioteca, de Kande encendió una vela propia usando el fuego de la que tenía Arjen.
Para llegar a esa habitación tomaron un pasillo a la izquierda de la gran escalera, doblando hacia la derecha y pasando un par de umbrales cuyas habitaciones permanecían en la oscuridad, hasta llegar al fondo. Entraron.
Indudablemente había sido un salón espléndido. Rectangular, con un techo elevado y todas las paredes, desde el piso hasta el techo, cubiertas de libreros de madera que todavía sostenían cientos de libros. Las repisas estaban ahora llenas de polvo, telarañas, e incluso hongos.
—Se llevaron todo menos los libros —dijo el capitán.
—Probablemente habrán robado algunas copias, las fáciles de revender.
Arjen se acercó a una repisa y examinó el lomo de los códices.
—Aquí todavía hay tesoros —dijo—. Cientos de escudos 14 en libros. No dudo que esta biblioteca valga más que mucho de lo otro que se robaron.
El espadachín se encogió de hombros:
—Entre robar un códice y robar una alhaja de oro, cualquiera escogería lo último, ¿no?
—Un comentario sobre nuestra sociedad, sin duda.
—¿Tú qué habrías hecho, capitán?
—Yo sería feliz con una biblioteca así. ¡Tantos libros! Tanto conocimiento, tan poco tiempo para leer —se lamentó.
—Pues mira, aquí tienes una biblioteca gratuita. Un milagro que estos libros no hayan terminado incendiados o completamente inservibles por la humedad. Quizás seas tú quien los salve de su inevitable destrucción.
—Quizás…
En medio de la biblioteca había una mesa de madera grande, rectangular, pesada.
Su anchura era tal que no cabía por la puerta; había tenido que ser armada dentro.
Alguien intentó convertirla en leña, porque uno de los extremos estaba medio destrozado a hachazos, pero el leñador se dio por vencido debido a la dureza de la madera.
—¿Aquí fue? —preguntó el capitán—. ¿Donde estaba la víctima?
—Sí, allí, encima de la mesa.
—¿Tú la viste?
—No, de hecho yo…
El capitán percibió demasiado tarde la sombra que avanzaba sobre ellos.
Alcanzó a dar un salto para alejarse del posible asaltante y, cuando desenvainó su espada y alargó la mano que sostenía la vela, la luz reveló el semblante sorprendido de Ogirán de Kande: una sombra detrás de él le había puesto el filo de una daga en el cuello, mientras decía:
—Si te mueves, te cortaré el pescuezo.
Arjen no distinguía la cara del asaltante porque tenía la capucha de la capa puesta. Además, en su sorpresa, de Kande soltó su vela, la cual se apagó en el suelo.
El espadachín pelirrojo alzó las palmas con los dedos extendidos:
—Tranquilo, amigo.
—Cierra el hocico —le respondió la sombra—, o te mataré. Por Eluvá.
El capitán dio un medio paso en dirección a ellos, pero se detuvo cuando el atacante siseó:
—¡Alto, o lo degüello!
—Por mí, adelante —dijo el capitán—. Me harías un favor.
—¿Te crees muy gracioso? ¡Lo haré! Y después te mataré a ti.
—Hazlo. Mátalo.
—¡Hey, hey, hey! —dijo de Kande, cuya cara se había vuelto pálida. Por primera vez, Arjen notó verdadero miedo en los ojos del pelirrojo.
—Hagamos todos una pausa —continuó el espadachín, con la voz ronca—. Ni siquiera sé quién eres, ni por qué me quieres cortar el cuello.
—Te lo dije, malnacido, que si te volvía a ver, te clavaría la espada en los riñones. Pues aquí estás, y aquí estoy. Y puesto que soy mujer de palabra…
—¡Ah! Sargento Verlán —dijo de Kande.
—Así es. ¿No fui clara contigo? Te lo advertí.
—Yo no vine a buscarte.
—Eso no importa.
Arjen, sonriendo, envainó la espada y se dirigió a de Kande:
—¿No me dijiste que la sargento te dio la información sobre el asesinato?
—Eso dije. Pero nunca afirmé que me lo dijo ella misma, o por su propia voluntad.
—Olvidaste decirme esa parte.
—Digamos que seleccioné qué decir.
—¡Cierren la boca, si no…! —gritó la sargento. Mirando al capitán, añadió—: Y tú ¿quién eres? ¿Qué haces aquí?
—Nos conocemos. Soy el capitán Dabidji.
Una pausa.
—¿El capitán… de los sabuesos?
Arjen acercó la luz a su rostro:
—El mismo.
—Por los Siete Profetas —dijo ella—, juro que no lo reconocí, capitán. La oscuridad era tal que no pude distinguir bien. Pero ¿por qué…? ¿Qué hace usted con…?
—El capitán Dabidji y yo estamos trabajando juntos —dijo rápidamente el espadachín pelirrojo.
—Vuelve a decir eso, de Kande, y le daré a la sargento la orden de decapitarte.
—Yo solo decía…
—¡Cállate! —le gritó la sargento dándole una fuerte palmada en la sien. El golpe sonó fuerte y seco.
—Maldi… —murmuró de Kande, pero pensándolo mejor, guardó silencio.
—Y dime, sargento, ¿por qué quieres deshacerte de él? —preguntó el capitán.
—Precisamente por eso. Para deshacerme de él. Me ha estado pisando los talones, espiándome y, lo peor de todo, sobornó a uno de mis cabos para que le diera información confidencial.
—No fue soborno, solamente un incentivo.
—Escúchame, pedazo de gusano —le dijo ella entre dientes—. El cabo Rulande es un perfecto hijo de Doriatán. Si fuera por mí, lo mandaría al calabozo por corrupto.
—Si tan solo me permites, sargento, te puedo explicar la situación —dijo el espadachín—. Cuando sepas quién es la persona que me emplea, lo entenderás todo.
—A menos que sea el mismísimo rey Aiván, viva para siempre, me interesa un bledo.
—¿Y si fuera un noble? —insistió el pelirrojo—. ¿Si fuera el mismísimo padre de la víctima, el marqués de Layún?
La sargento guardó silencio, y su postura se suavizó casi imperceptiblemente.
—¿Es eso cierto? —preguntó ella.
—¡Por supuesto que lo es!
—No te pregunto a ti, perro. Le pregunto al capitán.
Arjen se encogió de hombros:
—No me consta. Puede ser que mienta. Pero si insistes, mi tripa me dice que está diciendo la verdad. Pero si lo matas, por mí está bien. Me harías un favor. Si lo dejas con vida, quizás tenga algo que aportar. Lo que decidas, está bien.
Ella se quedó pensando.
Gotas de sudor descendían por la cara del espadachín pelirrojo, que miraba al capitán con unos ojos que mezclaban una petición de clemencia con una intensa rabia.
Finalmente, ella lo soltó y lo empujó hacia adelante. Cuando de Kande se dio la vuelta, ella lo apuntaba con la daga.
—Espero que me des una excusa para clavártela en el corazón.
La cara pálida del pelirrojo estaba ahora roja de ira. Sin embargo, respiró hondo, se controló y esbozó una sonrisa que más bien parecía la mueca de un cráneo.
—Todo esto no es más que un malentendido —dijo, palpándose el cuello, asegurándose de que no había sido herido.
—¿Un malentendido, eh? —dijo ella—. Sé quién eres, de Kande. Eres un mercenario, un vendido, un espadachín a sueldo, una rata asquerosa.
—Acepto todas las designaciones, excepto la última. No hay razón para ofender.
—Tienes razón —continuó ella—. Eso fue demasiado ofensivo. Ofensivo para las ratas.
Me caía bien, ahora me cae mejor, pensó Arjen.
—Sargento, si me permites, la situación es así. El marqués me contrató para encontrar a su hija perdida. Eso es todo. Cuando la encontremos no volverás a verme el resto de tu vida.
—Bendito será ese día —dijo ella.
—La razón por la que estamos aquí, en medio de esta maldita tormenta de los mil demonios, es porque el capitán me lo pidió. Quería ver el lugar donde la encontraron. Jamás hubiera imaginado que tú estarías aquí, mucho menos en medio de semejante tempestad.
—¿Y por qué no? Es tan solo lluvia.
—Es una tormenta .
—Es lluvia. ¿Qué, no te gusta mojarte, rojizo?
De Kande sacudió la cabeza, exasperado. Se dirigió al capitán:
—Pues aquí estamos. Allí la encontraron —apuntó—. Y mira la casualidad: la persona que nos puede dar más información está aquí. Así que, si les parece bien, yo me iré a aquella esquina y dejaré que ustedes conversen.
—Te quedarás aquí, donde te veamos —dijo el capitán.
El espadachín hizo una mueca de satisfacción:
—Mejor para mí. Prefiero escuchar.
—De todas maneras ibas a hacerlo —respondió el capitán.
Hubo un momento de silencio incómodo. A lo lejos, un trueno.
—Sargento —le dijo el capitán a Alana Verlán—, imagino que viniste buscando algo.
—Sí —respondió, mirando al pelirrojo con sospecha.
Finalmente añadió, aunque más para sí misma—: Cuando encontramos a la mujer aquí, muerta, todo el tiempo que la inspeccionamos tuve un extraño sentimiento.
Como si alguien me observara. Era ridículo, pues ocho soldados anduvimos aquí.
Sin embargo, cuando retiramos el cuerpo y nos fuimos, no podía quitarme esa impresión.
Entonces tuve una corazonada. Fui al salón concejal y, aunque busqué por largo tiempo, finalmente encontré los planos originales de la construcción de esta casa.
—Interesante —dijo Arjen—. ¿Encontraste algo?
—Puede ser.
—¿Qué hallaste? —preguntó de Kande.
Ella ni siquiera lo volteó a ver.
—Encontré que hay una habitación secreta en este lugar, en la biblioteca. Así que vine para ver si, de pura casualidad, alguien nos podía haber estado vigilando mientras inspeccionábamos el cadáver.
—Vaya —dijo el capitán—. Pudiera ser. El cabo que encontró a una de las mujeres con el tulipán entre las manos mencionó que el asesino estaba cerca. Asumimos que la razón era que huía del lugar, pero quizás, más bien, tenía la esperanza de vigilar desde lejos.
—¿Y dónde estaba ese lugar secreto? ¿En qué parte de la biblioteca? —intervino de Kande.
La sargento sacó un pedazo de pergamino de su túnica. De Kande recogió su vela del suelo y la encendió.
—Copié un pedazo del plano aquí. —Lo extendió sobre la mesa, examinándolo a la luz de la vela que acercó Arjen—. Si entiendo correctamente, el pasadizo secreto estaría allí. —Apuntó a la esquina derecha de la biblioteca.
En ese momento escucharon algo: un sonido que provenía desde ese lugar.
Eran pasos alejándose rápidamente.