Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Una casa maldita
61%

Una casa maldita

—ANTES DE IR a la zona del crimen, pasaré por el cuartel —dijo Arjen.

—¿El cuartel de la Compañía? —preguntó de Kande mientras sacaba de su bolsillo unos cuartos de cobre para pagar la comida.

—Así es. Será bueno que el sargento Zark nos acompañe. Él está allí.

—No hay tiempo, capitán. La tormenta nos encontrará y el tiempo apremia. Podríamos quedar varados en algún lugar.

—De todas maneras iremos.

—El río no nos dejará llegar —dijo de Kande poniéndose de pie.

Tenía razón. Desde donde estaban, la única manera de llegar al cuartel rápidamente era atravesando un viejo puente de madera sobre el río Naret, cuyo cauce descendía desde el lago de Argalón.

Salieron en dirección noroeste, con la lluvia cayendo a torrentes y dificultando no solo el caminar, sino también la vista. Los callejones se convertían en pequeños ríos, y aquellas calles que no estaban adoquinadas eran intransitables por el lodo.

Tomaron vías alternas, pero al llegar al puente, era imposible cruzar.

—Se va a caer —dijo el pelirrojo—. Ese puente tembeleque no sobrevivirá más de media hora.

Arjen maldijo para sus adentros. Podían arriesgarse e intentar atravesarlo, pero era peligroso. Si el río se los llevaba, probablemente morirían.

—Podemos intentar con el siguiente puente, al norte, pero será lo mismo —dijo de Kande—. Y el que le sigue, el de piedra, está demasiado lejos. Perderemos mucho tiempo.

De nuevo, el espadachín tenía razón.

—Está bien —dijo el capitán—. Llévame a la zona del crimen.

El lugar al que se dirigían, según el espadachín pelirrojo, estaba como a un cuarto de milla.

El barrio donde encontraron muerta a la gemela le llamaban «del Ojo», debido a un ojo de agua que hasta entonces seguía proveyendo agua a la comunidad cercana.

Era un barrio bajo; sin embargo, tenía la particularidad de estar adjunto a un sector rico de la ciudad.

El contraste era notable y característico de la capital del reino.

De un lado, edificios grandes, templos hermosos y casas de arquitectura elegante.

Del otro, los barracones de los más desafortunados, con sus callejones malolientes e infestados de ratas.

Lo que dividía un sector del otro era el acueducto.

Por la gracia de Eluvá, la lluvia aminoró en fuerza, aunque no cesó. Eso les permitió avanzar. Llegaron entonces al barrio del Ojo, asentado al oeste del río Naret.

Las calles estaban prácticamente vacías, excepto por algunos que se apresuraban a llegar a sus casas antes de que la tormenta arreciara.

Entraron al barrio y caminaron por las calles angostas y oscuras.

Arjen iba alerta. Este era el tipo de lugar que en cualquier otra circunstancia sería muy peligroso.

Solo los locales entraban, y cualquier forastero sería visto no solo con sospecha, sino como una amenaza, en especial un soldado vestido con las túnicas sombrías de los sabuesos del rey.

—Es allí —apuntó de Kande.

—Vaya, no me esperaba eso.

Una mansión antigua se alzaba ante ellos, de piedra y en ruinas. El techo hundido, los muros resquebrajados. Donde antes hubo una puerta imponente, quedaba un hueco negro que al capitán le pareció la boca de un monstruo titánico.

Entraron, agradecidos de ya no tener el aguacero encima. Estaban en el vestíbulo principal, que daba impresión de ser amplio, pero la oscuridad no les permitía ver.

—¿Tienes luz? —preguntó el espadachín.

De un bolsillo interior Arjen sacó un pequeño estuche de cuero donde guardaba varias velas, además del pedernal y yesca. Momentos después, usó la vela encendida para iluminar a su alrededor.

Efectivamente, un vestíbulo grande, con unas escaleras anchas que daban hacia la segunda planta. Encima de ellos un candelabro oxidado y torcido, todavía sujeto por una gruesa cadena. Del techo de madera caían goteras por todos lados. Además de eso, el lugar estaba completamente vacío y saqueado.

—Habrá muchos vagabundos viviendo aquí —murmuró Arjen.

—No, está abandonada.

—¿Sí? ¿Por qué?

—Porque está maldita —afirmó de Kande, como si nada.

—No me digas.

—Ya sabes, una leyenda urbana, muy famosa en este condado. ¿Nunca la has escuchado? La maldición de la Casa Caladán.

—Nunca.

El pelirrojo miró las paredes alrededor, como esperando que ellas, mudos testigos, hablaran.

—Generaciones atrás aquí vivió el barón Sargasan Caladán con su esposa y tres niños, los tres varones. No recuerdo sus edades, pero todos pequeños. El barón construyó la casa cuando este barrio aún era habitado por gente acomodada, sobre todo familias mercantes y dueños de negocios de pesca.

—Tiene sentido. El lago de Argalón está cerca.

—Y por lo que escucho, en aquel tiempo era un sector hermoso de la ciudad, no la pocilga que es hoy. Pues bien, una noche en el tiempo de la fiesta de la Revelación, el barón dio permiso a la servidumbre para que fueran al templo más cercano a llevar sus ofrendas. Y cuando regresaron…

—Estaban muertos —dijo el capitán.

—Sí… ¿cómo lo supiste?

Arjen se encogió de hombros:

—No es tan difícil de adivinar.

—Supongo que tienes razón, capitán. Sí, los encontraron sin vida. De hecho, solo encontraron sus cabezas, en la biblioteca, sobre una mesa central: la cabeza del padre, la madre y los tres niños.

—¿No encontraron los cuerpos?

—Los encontraron después. Habían sido arrojados a la noria del patio.

—¿Se halló a los culpables? Imagino fueron varios, por el tipo de crimen.

—Siempre hubo sospechas. Aparentemente el barón Caladán se encontraba enfrascado en una feroz riña con un contrabandista y líder de una banda de ladrones. Dicen que ese bandido lo mandó matar y que, de hecho, ordenó degollar primero a los hijos frente a él, después a su esposa, y al barón al final.

Quisiera decir que eso me sorprende, pensó Arjen . Pero la verdad es que no. He visto eso e incluso cosas peores. Este mundo, a veces pienso, ha sido olvidado por Eluvá.

—Desde entonces surgió una leyenda que se fue pasando de boca en boca: que la casa estaba maldita porque en este terreno había vivido una bruja a la cual despojaron de su casa para construir la mansión. Supuestamente ella maldijo al barón y a su familia.

—¿Y desde entonces ha estado abandonada?

—La han habitado un par de veces, pero siempre terminan yéndose de aquí.

Algunos dicen que, por las noches, se pueden escuchar los gritos de los tres niños, los cuales van guardando silencio uno por uno, como si les estuvieran cortando el cuello.

La maldición de la casa es una de las razones por las que este lugar se fue convirtiendo en lo que ahora es.

Los habitantes del barrio se fueron largando.

Y otros llegaron en su lugar. —De Kande miró al capitán—.

¿Crees en las maldiciones, capitán Dabidji?

Ya ni siquiera sé lo que creo.

—Creo más en la maldad humana que en las maldiciones demoníacas —respondió.

—Yo no creo en nada de eso. ¿Ángeles? ¿Demonios? Nunca he visto uno. Creeré cuando lo vea.

—¿Dónde encontraron el cadáver? ¿Aquí?

—No —dijo el espadachín—. En la biblioteca.

—Por supuesto. Vamos, entonces.