Las gemelas
SE DIRIGIERON HACIA la taberna con la condición de que Ogirán de Kande caminara un par de pasos por delante del capitán.
El pelirrojo accedió.
Así que, habiéndose abrochado la espada al cinto (que seguía en el vestíbulo), y con la capa arrebujada y la capucha bien puesta, salieron a la lluvia afuera.
Maldición, ya está arreciando, pensó mientras andaban.
Por fortuna el mesón con taberna estaba cerca, y cuando llegaron el posadero terminaba de encender un fuego en la chimenea. Dieron dos pasos adentro y el hombre los miró con expresión de asombro, pues no esperaba comensales a inicios de una tormenta.
Se acercó a ellos y dijo:
—Eh…, ¿se les ofrece algo, mis señores? ¿Un cuarto? Tengo uno solo disponible, pequeño, pero si no les importa que…
—¿Tienes todavía el horno encendido? —preguntó de Kande.
—Sí. Mi mujer acaba de terminar de hacer la cena para mi familia. Puedo ofrecerles jamón, pan caliente con tocino, y vino.
El pelirrojo le pidió unos panes con tocino y una jarra del mejor vino que tuviera.
—Donde tú prefieras, capitán —dijo de Kande en referencia a dónde sentarse.
—Pues aquí me parece bastante bien —apuntó a una mesa no tan lejos de la puerta de salida, pero suficientemente cerca del fuego para sentir el calor.
El espadachín pelirrojo dijo que sí con la cabeza, y tomaron asiento, Arjen más cerca de la salida.
De Kande, para ser un enemigo, se veía bastante relajado.
Miró el capitán con esos ojos esmeralda:
—No hay nada que pueda hacer para convencerte de que yo no maté a tu camarada.
—Ciertamente.
—Pero soy un hombre de palabra. No me importa si me crees o no. No tengo pensado sacar la espada esta noche, por lo menos no para usarla contigo. Así que si tú quieres matarme, tendrás que hacerlo así, conmigo desarmado.
El capitán se rascó por debajo de la nariz:
—No lo haré. Habrá tiempo para emparejarnos con respecto a nuestros asuntos del pasado.
—Bien. ¿Mantendremos la paz por ahora, entonces?
—Está bien.
—¿Me tenderás la mano? —dijo de Kande extendiendo la diestra.
Arjen lo pensó. Dijo:
—No significa que nunca nos arreglaremos. Significa que después.
—Así es. Después.
Arjen la estrechó.
—Bien —dijo el espadachín—. Sé que eres hombre de palabra, así que confío.
El tabernero trajo la jarra de vino y un par de copas de cerámica. De Kande sirvió y le dio un buen sorbo a su vaso.
—Nada mal —dijo, lamiéndose los labios.
El capitán hizo lo mismo, pero más moderado con su sorbo.
Tenía hambre y sed, mucha sed, pero necesitaba la cabeza bien concentrada.
De Kande podía verse muy tranquilo, sí, pero el capitán sabía perfectamente bien qué tipo de persona era: un espadachín a sueldo, un astuto matón, una comadreja humana.
Trajeron la comida. Inmediatamente el pelirrojo se puso a comer sin decir nada. El capitán tomó un pedazo de pan y tocino, y se lo echó a la boca.
Vaya que la noche había cambiado de rumbo. A esta hora ya estaría a medio camino del cuartel, para luego dormir un poco. Aunque todavía no era tan de noche, debía ser apenas la mitad de la primera vigilia; sin embargo, las nubes oscuras aparentaban como si fuera mucho más tarde.
Al terminar de comer, el espadachín pelirrojo rellenó su tercer vaso y pidió otra jarra de vino, aunque Arjen apenas terminaba su primera servida.
De Kande sacó su pipa, una bolsita con tabaco y la cajita de cerillos. Rellenó el hornillo y, antes de encenderlo, dijo:
—¿Tabaco?
Esta vez, el capitán accedió. Mientras llenaba su propia pipa, le llegó el aroma del tabaco, que tenía un ligero toque dulce, como a manzana. La encendió con un cerillo ofrecido también por el espadachín, y pronto ambos echaban bocanadas de humo.
Afuera, el aire silbaba y la lluvia pegaba fuerte contra los postigos de las ventanas de madera, que vibraban y dejaban entrar un poco de agua.
—¿Cómo sabes del tulipán? —dijo Arjen.
De Kande se pasó la lengua por los dientes y luego la uña del índice, quitándose un pedazo de comida atorado.
—Si te digo, ¿me darás información?
—¿Sobre qué? —preguntó el capitán.
—Sobre las muertes. Sobre el asesino.
Arjen negó con la cabeza:
—No puedo compartir eso, no contigo. Es una investigación en curso.
—Sin embargo, si queremos colaborar juntos, tendremos que confiar el uno en el otro. Sobre todo para encontrar a la mujer perdida.
—Escucha, de Kande. No somos colaboradores. No confío en ti. Pero estoy dispuesto a ignorar mi deseo de perforarte las costillas con tal de saber más sobre la situación que me has dicho. Así que si no quieres que me largue de aquí pronto, comienza a dar detalles.
De Kande se encogió de hombros:
—Está bien. La cuestión es así como lo dije. Una mujer muerta, con un tulipán entre las manos. Su hermana, desaparecida.
—Dijiste que son hijas de un hombre para quien trabajas.
—Así es.
—¿Quién es ese hombre?
—El marqués de Layún. ¿Lo conoces?
—Algo —respondió Arjen, arrugando la frente.
—Pues él te conoce a ti. Dice que pelearon juntos.
—Lo ayudé en la guerra a defender sus territorios en la marca, cerca del Canal.
Un hombre valiente , se dijo Arjen. Daner de Layún era el tipo de noble que había peleado hombro con hombro junto a sus soldados.
Diestro con la espada, también. Arjen lo vio matar a muchos ragidianos.
Había sido una guerra sin piedad, sobre todo en los últimos años de ella.
Al marqués no le gustaba tomar prisioneros.
Cuando capturaban al enemigo, los encerraban en alguna bodega, rociaban alrededor aceite y pólvora, y…
—Sí, algo así me dijo el marqués —dijo de Kande, el humo envolviéndole el rostro—. Me contó algunas historias, cuando estaba pasado de copas. Algunas de las cosas que hicieron. Algunas cosas que hiciste.
—Tiempos de guerra —comentó Arjen, serio.
El pelirrojo esbozó una mueca:
—Por supuesto. —Hizo una pausa, luego agregó—: Quizá ya sepas que el marqués lleva casi cinco años viviendo en Tresden.
Arjen levantó las cejas:
—No lo sabía. ¿Dejó su castillo?
—Bueno, se mudó de un castillo a otro. Dejó a su hijo en la marca, su hijo mayor, que aparentemente es un gran líder.
Un perfecto idiota y cobarde, recordó.
—El marqués ahora reside en el castillo de Ikse, como a dos millas al sureste del castillo real.
—Me sorprende que haya dejado sus tierras.
—Bueno. No soy quién para decirlo, pero muchas de esas tierras las vendió. Pero la razón para venirse a Tresden, por lo que entiendo, es que el rey mismo, que viva para siempre, le pidió ser parte de la corte.
—¿Consejero real?
—Asimismo. Así que vive en el castillo de Ikse junto con varios miembros de su familia.
—Incluyendo las dos hijas.
—Sí, las gemelas. Binada y Vainán. La primera es la que encontramos muerta, la segunda está perdida.
—¿Dónde encontraron a la muerta, y cuándo?
—Hace diez días las dos salieron por la noche y no regresaron. Al principio eso no causó alarma, pues las dos jovencitas son…, ¿cómo decirlo…?, les gusta la vida nocturna. Eso ha causado tremendo dolor de cabeza al marqués, pero puesto que son jóvenes, es difícil domarlas, si me entiendes, capitán.
Arjen no contestó.
—Pues bien —continuó—, no regresaron tampoco el segundo día.
Para el tercero, el marqués tenía a todos sus siervos buscándolas, sin éxito.
Al cuarto día, me habló a mí. Yo conozco la ciudad como pocos, así que finalmente di con el cuerpo de Binada.
Había sido encontrado por una sargento que, interesantemente, dijo que era la segunda vez que ella se enteraba de una víctima con un tulipán entre las manos.
—¿Sargento, dices?
—Sí. Y muy capaz. Ella, casi solita ha estado investigando sobre el asunto.
—¿Su nombre?
—Se llama… hmm… Verlán, me parece. Rubia, joven, un ojo café y otro azul. Hermosa.
Alana Verlán , pensó Arjen. Era ella quien había encontrado el cuerpo de Elric Arbanda, maestre atalaya asesinado —precisamente— por el antiguo jefe de Ogirán de Kande.
No solo eso, sino que le debían a ella la vida, en parte.
Era la sargento quien reclutó a varios soldados aquella noche en la que pelearon contra Nadalo y sus hombres.
Le sorprendía que la sargento Verlán hubiera colaborado con de Kande. Aunque ahora que lo pensaba bien, no estaba completamente seguro si ella lo vio aquella noche. Quizás no.
—Aunque la sargento no me dio mucha información —dijo el espadachín—, fue suficiente para que yo investigara por mi propia cuenta. Tengo contactos, además de dinero, gracias al marqués. Me costó una pequeña fortuna en sobornos, pero fui trazando una historia. Fue allí que salió tu nombre, capitán.
—¿Mi nombre?
—Sí. Eres tú, junto con tu sargento, los que han estado involucrados en por lo menos dos casos de muertes de mujeres que son encontradas con una flor negra entre las manos. ¿Cierto?
Arjen no respondió.
—Pues bien —continuó de Kande—. El marqués está dispuesto a pagar una enorme suma de dinero por encontrar a su hija con vida, la que está desaparecida.
Y si logramos encontrar al responsable de la muerte de su otra hija gemela, y si traemos al asesino con vida al marqués, está dispuesto a pagar mucha plata.
—¿Llevar con vida al responsable al castillo del marqués? ¿Para qué?
—Para que él haga lo que quiera con ese degenerado.
—Ya veo. —El capitán tomó la copa y se terminó el vino. La regresó a la mesa y se quedó pensativo. Se acercó el tabernero para ver si querían un poco más de comida, pero le dijeron que no.
—¿Y qué sigue, entonces? —preguntó el capitán—. ¿Qué plan tienes?
—No estoy seguro. La gemela desapareció, y no tengo ninguna pista. No sé dónde buscarla. Así que soy todo oídos.
—Pues hay dos cosas que inmediatamente se me vienen a la mente. Primero, quiero ver el lugar donde encontraron el cadáver.
—Hecho. ¿Y lo segundo?
—Quiero ver el cadáver.