Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Muertos y desaparecidos
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Muertos y desaparecidos

DE KANDE CHUPÓ su pipa y exhaló el humo.

Descendía ya un aguacero que resonaba en el techo de madera. Algunas goteras caían en distintos puntos. Era un templo viejo.

Con cuidado de no delatarse, Arjen sacó la daga de la bota.

¿Estaré rodeado? Si son cinco o seis, soy hombre muerto.

—Sé lo que estás pensando, capitán —se oyó la voz del pelirrojo desde el extremo del salón rectangular.

—¿Será que, además de asesino, eres adivino?

De Kande chupó la pipa y lanzó otra bocanada larga de humo. Se aclaró la garganta y dijo:

—¿Estás seguro de que no quieres fumar? Este tabaco está, uf, muy bueno. No es de Augur, pero no siempre se puede, ¿no le parece?

—Estoy bien así. —Trataba de escuchar cualquier ruido que pudiera delatar más enemigos.

Los únicos dos accesos al templo eran la entrada principal y la puerta lateral por la que salió el padre Darió.

Dicha puerta tenía cerrojo, pero el sacerdote no lo había echado al salir, así que alguien podría entrar por allí blandiendo acero, y entonces se vería rodeado en un lugar prácticamente sin salida, excepto por las ventanas, las cuales estaban todas cerradas excepto un par.

No eran estrechas, pero tampoco amplias; no sería fácil salir por ellas.

Si a eso llegaban las cosas, tendría que usar esa vía de escape.

—Yo no lo maté, capitán —dijo de Kande—. Yo no maté a tu soldado.

—Arran era un buen chaval. Y le cortaste el cuello.

No solo el cuello. La cabeza entera, maldito.

El hornillo de la pipa apenas alumbraba la barba del otro. Negó con la cabeza y dijo:

—No lo maté yo.

—La punta de tu espada estaba manchada. Yo la vi.

—No estoy diciendo que no lo haya herido. Sí, yo herí al muchacho. Pero se lo entregué vivo a Nadalo. Él lo degolló.

Arjen crujió los dientes. Le retumbaba la sangre en las orejas, le ardía la cara y sentía un cosquilleo en la piel: la ira que afloraba.

—¿Te parece si resolvemos el asunto afuera? A espada.

—¿Qué te hace pensar que encontrarás tu espada en el vestíbulo, capitán Arjen?

Maldición. Habrá escondido mi acero, el muy cobarde. Tendré que defenderme con el cuchillo.

Arjen se puso de pie y dio un paso hacia el pasillo, la daga en la mano derecha.

De Kande no se movió.

—Tranquilo, capitán, no he venido para trabar aceros.

—¿Ah, no? ¿Y qué te hace pensar que no es lo que yo quiero?

—Usted es sumamente diestro con las armas, lo he constatado. Pero soy buen espadachín. Estoy dispuesto a apostar mi espada contra su daga. Si mal me va, que no creo, por lo menos lo dejaré con alguna buena tajada en el cuerpo.

—Averigüemos, pues, si la apuesta es buena. —Dio otro paso.

De Kande, con la velocidad de un gato, ya estaba de pie y con una mano alrededor del pomo de su arma.

—¿No me escucharás, capitán? No he venido para matarte. He venido para hablar. Si quisiera matarte, habría venido con cinco o seis.

—¿Vienes solo?

—Completamente solo, capitán sabueso.

¿Será cierto? ¿O me engaña?

—¿Y qué demonios querrías hablar conmigo? —dijo Arjen.

—Hay una taberna cercana, el Marinero Cansado. ¿La conoces?

—La conozco.

—Yo invito el aguardiente y el pan con tocino.

—De repente perdí las ganas de partir el pan con un enemigo.

—Maldita sea, capitán. ¡Ya basta! —dijo exasperado—. Yo también he arriesgado mi vida al venir. Si he venido, y lo he hecho en paz, es porque tengo algo que decir.

El capitán de los sabuesos lo pensó. Era cierto que, si quería matarlo, habría venido con más personas. También, de querer enviarlo al viaje eterno, el pelirrojo se habría evitado tantos preludios.

—Habla, pues.

—Vayamos a la taberna antes de que nos caiga la tormenta.

—Habla, y decidiré si te acompaño o si aquí se bifurcan nuestros caminos.

De Kande se acarició la barba. Era un hombre apuesto y, si bien se veía un poco más delgado que la última vez, seguía siendo fuerte.

—Está bien, capitán. Te lo diré aquí, aunque el tema que traigo no es uno para tratar en suelo santo.

—¿Ahora resulta que eres un devoto de la Santa Fe?

—La cuestión es de una muerte y una desaparición. Sé que la muerte es tu especialidad, ¿no?

—Esclarecerla, sobre todo.

—Bien. Hay una persona para quien trabajo de cuando en cuando, un hombre poderoso. Tiene muchos hijos. Entre ellos, dos hijas gemelas, de unos veinticinco años de edad. Una está muerta y la otra desaparecida.

—¿Y qué tiene que ver esto conmigo?

—Quiero que me ayudes a encontrar a la desaparecida.

El capitán agitó la cabeza:

—Lleva el caso con la guardia.

—Imposible. Mi patrón no lo permitiría. No confía en la guardia.

—Entonces trae tu caso al cuartel de los sabuesos.

—No, capitán. Esto se tiene que tratar con discreción. Por eso he venido personalmente para hablar contigo.

—Pues lamento que te hayas tomado la molestia. Si quieres que investigue la desaparición, te espero mañana en el cuartel junto con mi comandante.

—No creo que sea necesario. Pienso que te interesará el «caso». Así le dicen ustedes, ¿no? «Casos».

—¿Y por qué me va a interesar?

—Porque he escuchado por ahí, ya sabes que las lenguas se sueltan de repente, que tú y el sargento andan buscando a un asesino en particular.

Arjen entrecerró los ojos:

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a que una de las gemelas, la que encontraron muerta, la hallaron en una casa abandonada, con un tulipán negro entre las manos.